Templarios

Pax vobiscum. Os ofrezco un artículo -algo largo- con objeto de desmitificar algunos falsos mitos sobre la orden del Temple. Para ello he tomado como modelo un estupendo artículo al respecto de Juan Carlos Losada en la revista «Historia y Vida» nº 497 y lo he ampliado con algunas citas y referencias bibliográficas. Espero con ello aportar algo de luz con respecto a tanta gilipollez como se dice y se oye por ahí sobre los templarios -siempre y cuando la gente se lea este modesto texto y le saque algún tipo de provecho, obviamente-.

Debo añadir algo: he utilizado los textos proporcionados por Barbara Frale -gran templarista, por otra parte- en su publicación «Los Templarios» (Alianza Editorial). Los he utilizado por ser unos datos relativamente nuevos y publicados tras sus investigaciones sobre el manuscrito de Chinon, en el pasado 2001. -la publicación es del 2008, muy reciente-, pero esta señora y Hellen Nicholson (otra buena investigadora sobre el Temple) tienden a tirar de especulación y extrapolación un tanto «temeraria», aunque bien razonada, y no me gustan mucho. Pero, aún así, plasmaré algunas cosas relativas a su punto de vista.

Espero vuestras opiniones, aportaciones y preguntas. Gracias a todos.

Mi intención con este trabajo es desmontar, de forma documentada, los falsos mitos más conocidos sobre esta orden militar tan controvertida. Nos centraremos en las acusaciones de sacrilegio, sodomía, idolatría, cobardía y corrupción.

1.- ¿Eran sacrílegos los templarios?

La herramienta principal que esgrimieron para atacar a la orden del Temple fue el sacrilegio. Ello motivó que estos soldados-monjes fueran detenidos y juzgados. Los enemigos del Temple fomentaron los rumores al respecto, que crecían debido al aura secretista que envolvía a la orden. Trascendió, merced a los espías introducidos por Felipe IV en la orden, que los novicios estaban obligados a escupir sobre la cruz y a renegar de Cristo al aceptar el ingreso en la orden.

Obviamente, los templarios procesados negaron tal hecho, pero es leyendo el trabajo de la ya mencionada Bárbara Frale “Los Templarios”, publicado por Alianza Editorial el año 2008 cuando apreciamos el hecho en su debido contexto: los templarios eran la élite de los soldados de Cristo, luego sólo los mejores, más abnegados, obedientes y sacrificados podían entrar en la orden. Por ello, tras todas las promesas rituales, se le decía al novicio:

¿Prometes […] que […] ayudarás a conquistar, con la fuerza y el poder que Dios te ha dado, la Tierra Santa de Jerusalén; y que aquello que los cristianos poseen ayudarás a mantenerlo y salvarlo dentro de lo que esté en tu mano?”.

Tras ello se le exigía, sobre la base de su voto de obediencia, algo imposible: que renegase de Cristo y escupiera sobre la cruz. Tal impropio comportamiento tiene su explicación: eso era lo que podría esperar al templario si caía en manos musulmanas, siendo decapitado si se negaba. No parece raro en tal caso que se les pidiese lo mismo que le exigiría el enemigo. Podemos imaginarnos el estado de shock en el que quedaría el novicio: debía obediencia a sus superiores a causa de su voto, pero por otra parte no podía traicionar la fe que había jurado defender hasta las últimas consecuencias… Muchos se negaban a hacerlo –a pesar de ser amenazados-, otros escupían poniendo especial cuidado en no acertar y otros se quedaban simplemente bloqueados. En función de la reacción, los superiores podían decidir si aceptaban o no su ingreso en la orden y en calidad de qué (en primera línea de combate, o en tareas de retaguardia). Tras esta ceremonia, eran enviados a confesarse con los hermanos capellanes de la orden, que los tranquilizaban sobre lo sucedido, a la par de darles la absolución.

Insisto: estas son las conclusiones que saca Barbara Frale en la obra antes citada, basada en su investigación sobre el “manuscrito de Chinon” mencionado en la introducción de este trabajo. En esta obra se aclara que esta “novatada” no tiene más de 100 años de antigüedad (hablamos del año 1308, y la orden fue fundada en el 1119, según el cronista Guillermo de Tiro) contando desde el momento en el que Clemente V le pidió explicaciones al Maestre. Si nos atenemos a la Regla Templaria –cuyos primeros estatutos datan aproximadamente del año 1118-, no aparece ninguna mención expresa al “ritual del escupitajo”, lo que confirma la teoría de Frale de que no se trataba más que de una prueba de valor o rito de paso realizado por templarios de segundo orden jerárquico.

Templarios

2.- ¿Se dedicaban los templarios a la sodomía?

Esta fue una acusación harto conocida por todos, pero si bien la primera que hemos tratado –el sacrilegio- podía tener una cierta base, esta se fundamenta en términos más que dudosos. Según los testimonios en contra de la orden, el recién ingresado recibía un beso en la boca. A este respecto, no puedo más que mostrar mi perplejidad, pues tras examinar todos los artículos recogidos en “El código Templario”, de J.M. Upton-Ward –obra que recopila el retrais templario basándose en la copia más completa que existe de momento: el manuscrito de Curzon- relativos a la acogida en la orden, no aparece mención alguna a dicho ritual. Tras documentarme al respecto, resulta que el rito del “ósculo” era típico de la clase caballeresca dentro de la ceremonia de vasallaje (“La Caballería”, de Maurice Keen. Ed. Ariel, año 2008), así como símbolo de fraternidad entre órdenes monásticas.

Según los acusadores y detractores de la orden, este beso era seguido por otro en el ombligo y uno más en las posaderas como muestra de total obediencia a los superiores. Tras este ritual, exhortaban al nuevo hermano a abstenerse de mantener relaciones sexuales y, en caso de que le supusiera demasiada renuncia, aceptase relaciones homosexuales con sus hermanos (“El juicio de los Templarios”, Malcom Barber.Ed. Complutense. 1999). Tampoco he localizado nada al respecto en la completa regla templaria, pero sí en lo tocante al mantenimiento de relaciones homosexuales:

Y estas son las penitencias que se les pueden imponer a los hermanos que las han merecido […]. La primera es ser expulsado de la casa para siempre. Además, puede y debe serle impuesta a cualquier hermano por nueve cosas […]. La cuarta es si un hermano se mancha con el sucio y hediondo pecado de la sodomía, el cual es tan sucio y hediondo y repugnante que no debería ser nombrado”.

Y ya no sólo se aplica a las relaciones homosexuales. Las heterosexuales se llevan también lo suyo:

Creemos que es peligroso que un religioso tenga demasiadas ocasiones de contemplar el rostro de una mujer. Por esta razón, que ninguno de vosotros ose besar a una mujer, ya sea viuda, joven, madre, hermana, tía o cualquier otra; y de ahora en adelante los caballeros de Jesucristo deberían evitar a toda costa los abrazos de las mujeres, por los que los hombres han perecido en tantas ocasiones, para que así puedan permanecer eternamente ante el rostro de Dios con una conciencia pura y una vida segura”.

De lo que se desprende que un templario se cuidaría mucho de ser sorprendido en la práctica de tales actos so pena de ser expulsado de la orden.

De nuevo Barbara Frale sale al paso intentando ubicar este posible comportamiento en el marco histórico y social: indica en su obra que posiblemente estemos de nuevo en un “acto de ultraje iniciático” de los veteranos para poner a prueba la capacidad del novicio para integrarse en la orden. Pero, a diferencia del acto del esputo sobre la cruz, no había petición concreta de acto homosexual y todo quedaba en meras palabras, con lo que no era más que un acto de “broma cuartelera”, común en sociedades cerradas como las conventuales o militares aún en nuestros días. Realmente, al final, esta acusación pesó más bien poco en comparación con la de sacrilegio, que sustentó el ataque frontal contra los templarios.

3.- ¿Los templarios eran idólatras y herejes?

Otra acusación tradicional sobre los templarios fue la de adorar secretamente a un ídolo en forma de cabeza barbuda llamado “Baphomet” (“Mahoma” en lengua occitana). Esta idolatría habría sido presuntamente adquirida por los templarios en Tierra Santa al entrar en contacto con los infieles. Es cierto que los templarios mantenían relaciones cordiales con los musulmanes: les permitían orar en la mezquita de Jerusalén y, posiblemente, copiaran el modo de rezar tocando el suelo con la frente, tal y como atestigua el cronista damasceno Usama Ibn Munqidh:

Cuando visitaba Jerusalén, solía ir a la mezquita Al-Aqsa donde estaban mis amigos templarios. En uno de los laterales, había un pequeño oratorio donde los frany habían instalado una iglesia. Los templarios ponían este lugar a mi disposición para que orara en él”.

En lo tocante a la asimilación de costumbres, se desprende de su declaración al llamar “amigos” a los templarios que piensa que sus costumbres “bárbaras” se han pulido en contacto con oriente. De hecho, incide sobre el tema:

Hay algunos que han venido a afincarse entre nosotros y que han cultivado el trato con los musulmanes. Son, con mucho, superiores a los que se les han unido recientemente en los territorios que ocupan”.

Podría ser posible que, incluso, adoptasen ritos de las primitivas comunidades cristianas, de peculiares liturgias, pero nunca pudieron sustentarse seriamente las acusaciones de herejía o idolatría sobre los templarios en base a esto. Es más, en un mundo en el que las herejías eran muy frecuentes (mencionemos el catarismo, por ejemplo), los templarios no sólo tuvieron especial cuidado en no caer en ellas, sino que las combatieron, o –caso de los cátaros- simplemente las ignoraron.

4.- ¿Los templarios eran cobardes y malos soldados?

Los templarios han sido hechos a menudo responsables de la pérdida de Tierra Santa, cosa que no es cierta. Templarios y hospitalarios fueron siempre la punta de lanza de las fuerzas cristianas en la franja Sirio-Palestina y los combatientes más decididos de cuantos actuaron contra los musulmanes, tal y como recoge el insigne medievalista de la UAM Carlos de Ayala Martínez en su obra “Las Cruzadas”, Sílex ediciones, año 2004.

De hecho, cuando los templarios eran capturados, eran generalmente asesinados, pues el enemigo musulmán sabía que ni abjurarían de su fe, ni podrían obtener rescate por ellos, pues los templarios tenían prohibido emplear el dinero en ellos mismos o en cualquier cosa que no fuera sustentar los esfuerzos bélicos en Tierra Santa.

De todas maneras, dada la gran influencia que ejercieron, tuvieron parte de culpa en el clima de rivalidades que se dio en los territorios conquistados de Tierra Santa, así como cometieron algunos graves errores en el plano militar, como en la batalla de Hattin, en 1187, donde cayó prisionero el mismo maestre de la orden:

Gerardo de Ridefort nos ha sido presentado como un hombre orgulloso y terco. También se le atribuye la responsabilidad de haber persuadido al rey de Jerusalén, Guido de Lusignan, de que atravesara tierras desprovistas de agua para llegar a los cuernos de Hattin, donde se libró la batalla en la que perdió el reino. Una vez más, Gerardo escapó, perdonado por Saladino, quien ordenó personalmente la ejecución de todos los otros caballeros del Temple y el Hospital”.

Otra muestra de su valor se encuentra en el asedio de la fortaleza de Darbsak por parte de Saladino en 1188, donde los templarios taponaron una brecha en el muro con sus cuerpos. Cuando un hermano caía, otro ocupaba su lugar, aún sabiendo que moriría en breve.

Pese a todos los esfuerzos militares, era evidente que las divisiones de las facciones cristianas habían minado la resistencia cruzada lo que, junto a la astucia política y militar de Saladino, permitió la progresiva recuperación del terreno por parte de los musulmanes.

Vistas estas reflexiones, sería injusto atribuir a los templarios la principal responsabilidad de esta debacle, pues fueron más sus esfuerzos económicos y militares para el mantenimiento de los reinos francos de ultramar que los errores cometidos en su defensa. Sin las órdenes militares, se habrían perdido mucho antes los enclaves cristianos. Cuando en 1291 cayó el último bastión cristiano, San Juan de Acre, los templarios fueron sus últimos defensores.

Templarios

5.- ¿Los templarios estaban corruptos?

Otro reproche típico a la orden del Temple es el de haber dispuesto de una gran fortuna fruto del expolio, la avaricia, el robo, la simonía y la usura, lo que demostraría el grado de corrupción imperante en la orden.

Ciertamente, eran poseedores de una fortuna descomunal, pero toda –casi toda, no pongamos la mano en el fuego- fue obtenida por medios legales para la época (fundamentalmente donaciones y cesiones temporales). Fue acumulada gracias a las donaciones recibidas por particulares, aportaciones de la Iglesia o procedente de los reyes, tanto en metálico como en edificios, pueblos y feudos o encomiendas. Su explotación y administración les permitía, junto con las exenciones fiscales que disfrutaban, recaudar numerosos bienes.

También extraían beneficios de Tierra Santa, pues exportaban a Europa un gran número de reliquias, un comercio tremendamente lucrativo en aquella época, pero de forma fraudulenta. Algunas de estas reliquias se creían auténticas, pero los templarios no ocultaban, por ejemplo, que los pedazos de la vera cruz que vendían no eran auténticos, sino astillas comunes que, al haberse puesto en contacto con el auténtico Lignum Crucis –custodiado en Jerusalén- habían adquirido todas sus propiedades milagrosas.

Recurriremos de nuevo al retrais templario para demostrar que la simonía estaba duramente castigada:

La primera cosa por la que un hermano del Temple puede ser expulsado de la casa es la simonía, pues un hermano que entra en la casa a través de la simonía debería ser expulsado a causa de ella; pues ese hermano no puede salvar su alma. Y la simonía es cometida mediante regalo o promesa a un hermano del Temple o a otro que pueda ayudarle a entrar en la orden del Temple”.

Sin embargo, no existía afán de lucro. Los beneficios eran enviados a Oriente para financiar la guerra contra los musulmanes. Nada quedaba en su poder. Su voto de pobreza era riguroso y conocido por la manera estricta en la que se aplicaba.

Los miembros apenas tenían derecho a poseer bienes propios, salvo su ropa (que era proporcionada por el hermano pañero) y, si acaso, una insignificante cantidad de dinero, cuantificada en cuatro denarios. El resto pertenecía a la orden. En caso de robo, la pena era la expulsión.

La honradez con la que gestionaban sus bienes resultaba también modélica y reconocida. Muchos nobles, comerciantes y reyes confiaron en los templarios para la custodia de sus tesoros. El ser los depositarios de tanto dinero les llevó a constituirse en una especie de red bancaria europea, incluso son los inventores del concepto de letra de cambio, emitían pagarés y prestaba dinero, cuidando de que los intereses y comisiones de servicio fueran siempre muy bajos, con objeto de no caer en la usura.

Durante el siglo XIII, los templarios fueron los banqueros de reyes y papas. De hecho, la corona francesa convirtió a la sede central del Temple en París en su administradora y en la tesorería del reino. Sin embargo, pese a manejar tan ingente fortuna, sólo el Papa, única autoridad reconocida por la orden como representante de Dios en la tierra, podía disponer libremente de sus riquezas.

Obviamente, a lo largo de los años, y a la vista de la fortuna administrada y la enorme influencia política y social acumulada, tuvieron que darse forzosamente casos de corrupción, pero merced a la estricta reglamentación templaria sus desviaciones fueron mucho menos apreciables y en menor grado que las cometidas por el propio papado y el conjunto de la Iglesia.

6.- Siendo los templarios los más fieles servidores del Papa… ¿Clemente V los abandonó a su suerte? ¿En qué circunstancias fueron detenidos?

Las relaciones de Felipe IV con el predecesor de Clemente V, Bonifacio VIII, eran muy malas. El monarca galo, muy necesitado de fondos, pretendía hacer pagar impuestos al clero, a lo que el Papa se negaba.

Ello provocó que se entablara una dura disputa sobre las atribuciones de los respectivos poderes, agravada por las rivalidades que el Papa mantenía con varios miembros del Colegio Cardenalicio. Felipe ejecutó en 1301 a un obispo que osó criticarle, con lo que levantó las iras del Pontífice… Como respuesta, Bonifacio redactó una bula de excomunión para el rey francés. Éste respondió acusando al Papa de hereje y capturándole. Bonifacio consiguió huir, pero murió al poco tiempo. La bula de excomunión no llegó a ver la luz, pero eso no implicaba su derogación, luego podía hacerse vigente en cualquier momento, así que necesitaba que el pontificado cayera en alguien afín al reino: Bertrand de Got, entonces Arzobispo de Burdeos.

Bertrand ascendió al trono de San Pedro como Clemente V en 1305. Heredó las querellas con Francia. Tampoco las relaciones entre el papado y el Temple estaban en su mejor momento, pues la pérdida de Tierra Santa no justificaba su existencia. La Iglesia planeaba unificar las órdenes del Temple y la del Hospital. El Papa pensó en esa solución para acallar las críticas y denuncias. No obstante, los templarios eran reacios a aceptar la fusión, pues temían un mayor control por parte de las monarquías cristianas –sobre todo, la francesa-.

El mismo Temple estaba dividido en dos facciones: una centrada en Francia, sumisa al rey y centrada en tareas financieras, administrativas y políticas; y otra centrada en Chipre, que procuraba mantener vivo el ideal de la Cruzada y la independencia de la orden.

Clemente V se vería pronto atrapado por las circunstancias políticas. Fue un Papa débil. En 1306 llegaron las acusaciones contra el Temple. Clemente inició una investigación, la orden era un objeto de disputa cada vez más evidente entre Felipe IV y el papado y, aunque desconfiaba de las denuncias francesas, tampoco podía ignorarlas.

El 1307, el monarca francés detuvo a los jefes templarios de Francia, en lo que todavía hoy supone la mayor acción policial coordinada de la Historia, aprovechando un decreto del Papa Honorio III que permitía a la Inquisición investigar incluso a las órdenes sometidas en exclusiva al papado. La medida no le gustó nada a Clemente, pero sabía que gran parte de la curia cardenalicia apoyaba a Felipe, y tendría que moderar sus protestas si quería evitar un cisma. Consiguió, no obstante, celebrar una audiencia en Chinon, de la que los templarios salieron absueltos de los cargos más graves tras pedir perdón por algunas faltas.

La consigna fue que la orden debería reconvertirse y regenerarse, pero para el rey francés no era suficiente. Felipe acusó de brujería al obispo de Troyes y lo hizo quemar en la hoguera. Clemente vaciló. Sabía de los rastreros intereses del rey de Francia, pero también asumía que había parte de fundamento en las críticas a los templarios –aunque no de la naturaleza y gravedad que se le atribuían- . Pudo hacer más en defensa de la orden, pero el riesgo de cisma, junto con su frágil salud, le impidió actuar con energía ante el monarca galo. Superado por las circunstancias políticas y la posibilidad de un cisma no supo, o no quiso, hacer primar los principios sobre las ambiciones de poder. Decidió claudicar ante Felipe IV.

Así y todo, jugó una nueva baza política: en 1312 disuelve la orden por indignidad y malos hábitos, pero absuelve a sus miembros de herejía. De esta manera impide su ejecución, aunque se les mantiene encarcelados. En 1314, y ante la insistencia de Felipe IV, Clemente decreta prisión perpetua para Jacobo de Molay –último Maestre de la orden-. Al enterarse, tanto el Maestre como su compañero de cárcel –Godofredo de Charny, comendador de Normandía- proclamaron la inocencia del Temple. El rey francés, ante el riesgo de que el papado se echara atrás, jugó rápido sus cartas: mandó a ambos a la hoguera.

Era el fin del Temple y el inicio de su leyenda.

Fuentes:

-Juan Carlos Losada. «Los mitos del Temple». En revista «Historia y Vida» de Agosto del 2009.
-Barbara Frale. “Los Templarios”. Alianza Editorial. Año 2008.
-Javier García Blanco. ”Los últimos días del Temple”. En revista “Mundo Medieval” de Febrero del 2008.
-J.M. Upton-Ward. “El código Templario”. Martínez Roca. Año 2000.
-Malcom Barber. “El juicio de los templarios”. Ed. Complutense. Año 1999.
-Maurice Keen. “La caballería”. Ed. Ariel. Año 2008.
-Amin Maalouf. ”Las cruzadas vistas por los árabes”. Alianza Editorial. Año 2003.
-Carlos de Ayala Martínez. “Las cruzadas”. Sílex Ediciones. Año 2004.

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