El tubo, de Mathieu Turi

Es difícil hoy en día “sorprender” con una película, y más en estos tiempos pandémicos en los que la experiencia sensorial ante la gran pantalla parece estar en riesgo de extinción; y es, por otro lado, la capacidad para dejarse sorprender una cualidad que el espectador, saturado de propuestas que parecen calcadas las unas a las otras, algo que también cotiza a la baja. Y quizá sea un factor que no deberíamos dejar a un lado, a pesar de las expectativas (muchas o pocas) que uno se pueda crear cuando lea la sinopsis de un filme. Es más que probable que quien vea esta película tenga ya en la cabeza referentes como “Cube” (Vincenzo Natali, 1997), la saga Saw o “Buried” (Rodrigo Cortés, 2010), que son las que en general aparezcan en nuestra memoria cinematográfica. Por tanto, proponer algo que sea “diferente” (o intentarlo que lo sea) y superar nuestros prejuicios cada día es más complicado en esto del cine.

“El tubo” es una película para dejarse llevar

Sería interesante conocer hasta qué punto Mathieu Turi pensó en estas consideraciones a la hora de presentar su segunda película; con “Hostile” (2017), su ópera prima en el largometraje, tampoco parecía que le importara demasiado realizar una película de terror en un mundo posapocalíptico que parecía más de lo mismo; las críticas positivas no le acompañaron, pero en cualquier caso no da la sensación de querer plegarse a nada ni a nadie. “El tubo” –es más sugerente el título original: “Méandre”–, después de un prólogo en una carretera y un conductor que recoge a una atribulada mujer, nos sitúa en un lugar cerrado y con numerosos recovecos y conductos (esos “meandros” del título): esa mujer, Lisa (Gaia Weiss, que soporta prácticamente todo el andamiaje interpretativo), despierta con un brazalete electrónico en el que van apareciendo sucesivas cuentas atrás.

El tubo, de Mathieu TuriNo sabemos cómo ha llegado allí, no sabemos qué debe hacer ni tampoco cuál es el propósito de ese encierro; el espectador estará como Lisa en ese zulo: aprendiendo sobre la marcha. Y comenzará una aventura en la que, arrastrándose por las tuberías de ese espacio cerrado, Lisa buscará una salida, al tiempo que deberá enfrentarse (y superar) el trauma por la muerte de su hija.

La película en sí no tiene más: arrastrarse por los conductos, aprender de la experiencia, enfrentarse a monstruos que parecen más que lo meramente físico y superar etapas; como si se tratara de un videojuego clásico, hay que salvar obstáculos y niveles para llegar a una meta que a la postre será más espiritual, por decirlo de alguna manera.

Si los espacios cerrados te producen claustrofobia, no es tu película, pues aquí el espectador a menudo lo pasará tan mal como la protagonista. Jugar con el miedo, acostumbrarse a modular tu cuerpo para moverse en espacios tan estrechos, sangrar y sufrir, enfrentarte a tus demonios, todo ello es lo que te vas a encontrar con este filme. Y no esperes más. Pero quizá no haya mejor película, en los tiempos recientes, que domine tan bien el diseño de sonido; incluso la música, a cargo de Frédéric Poirier, que en ocasiones puede resultar cargante, acompaña bien esos jadeos, estallidos y fragores que forman la banda sonora del esfuerzo de Lisa por encontrar una salida.

No es una película que, más allá del planteamiento y desarrollo, cuente demasiadas cosas; de hecho, casi es mejor renunciar a hacerse preguntas y simplemente dejarse llevar. Y tampoco esperes una explicación a todo, incluido ese final más que abierto a la interpretación que cada cual quiera darle. El resultado es una película que, valiéndose de referentes ya manidos, pocos recursos y una pizca (apenas nada) de originalidad, pretende romper esquemas previos y expectativas varias. Y, sorprendentemente, lo consigue en sus apenas 90 minutos (tampoco la cosa da para más). Si vas a una sala de cine (no se puede “disfrutar” de otra manera) y dejas tu mochila de ideas preconcebidas al lado de la butaca, pasarás un buen rato. Y hoy en día, en el que lo adocenado abunda, no es poca cosa.

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Historiador, profesor colaborador y tutor universitario, lector profesional, cinéfilo, seriéfilo..

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