“El jardín de los espejos”, escrita por Pilar Ruiz y publicada por Roca Editorial, tiene muchas papeletas para ser una de las recomendaciones estrella del otoño. A su favor juega un argumento intrigante, de los que merece la pena ir descubriendo poco a poco, dejándose sorprender y un entorno en la Cantabria rural que, junto a una galería de personajes muy bien construidos, ayuda a conformar un misterio que teje sus redes a lo largo del tiempo, a través de la vida de tres mujeres.

El argumento.

Tres mujeres: Ines, Amalia y Elisa.
Tres épocas: la actualidad, 1949 y 1919.
Un mismo lugar: la Cantabria rural, cerca del Monte Castillo, a la vera del río Pas.
Tres historias cuyas piezas se van conectando, como un puzle.
Inés tiene un encargo: realizar un estudio previo para un documental sobre un extraño artista, obsesionado con el arte rupestre de las cuevas del Monte Castillo y la forma de vida de las gentes del valle. Esa investigación la llevará a establecerse en “El jardín del alemán”, una casona rural que alberga varios misterios.
En 1949, Amalia encuentra refugio en la misma casona: refugio de una vida que no quiere y de un marido obsesionado. Su arte es su única vía de escape y la obsesión por pintar a una extraña mujer pelirroja, su único anhelo.
En 1919, Elisa espera la vuelta de la guerra de su amante, en las proximidades de El Castillo. La fotografía es la herramienta que le impide perder definitivamente la esperanza y la cordura.

Las protagonistas principales del libro narran sus hechos en primera persona y la novela se estructura de esa misma manera. Un bloque de Inés, uno de Amalia y otro de Elisa. Cada una con sus vicisitudes, sus motivaciones y cada una en su tiempo. Como decía, resulta esencial mantener ciertos elementos del argumento ocultos: es el típico caso de una historia que cuanto menos te cuenten, mejor. Merece la pena dejarse llevar por las páginas, por las historias y comenzar a establecer conexiones al mismo tiempo que la escritora las plantea.

Tres voces femeninas.

Las tres voces que construyen la novela son cercanas, complementarias y suponen el primer gran acierto de “El jardín de los espejos”. No es lo mismo que te cuente una historia una persona ajena a la misma que la que lo sufre en sus propias carnes. Los hechos relatados en la novela son descritos por las mismas mujeres que los sufren. Fuera imparcialidad y objetividad, no es una historia de ese tipo. Que las voces narradoras sean las de Inés, Amalia y Elisa tiene una importancia capital en la obra, trascendiendo el juego narrativo para dar lugar a algo más reivindicativo, puro, directo y que enlaza con la esencia misma de “El jardín de los espejos”.

“El jardín de los espejos” es un magnífico tránsito por tres épocas, de la mano de tres mujeres cercanas y excepcionales. Una historia construida a base de reflejos, con múltiples conexiones y una serie de mensajes claros: la importancia histórica del papel de la mujer y su relación con el arte.

Pilar Ruiz es una escritora curtida en guiones de serie y televisión y de ahí, otra de las claves de la novela: la exquisita representación de los personajes. Tres épocas distintas, en un entorno rural, con características muy particulares y una completa galería de personajes. Lo que podría ser una pesadilla, se convierte en un acierto total. Cada personaje, en cada circunstancia y en cada época, tiene la voz que le corresponde, sin artificios ni expresiones forzadas. Un logro que aporta un aire fresco y cercano a la novela, permitiendo que la transición entre personajes y épocas sea sencillo y fluido.

El misterio de la naturaleza.

Si las tres mujeres y sus épocas respectivas son uno de los elementos que conforman la novela, la ambientación es el otro pilar de “El jardín de los espejos”. La Cantabria rural, cerca del Monte Castillo, de Altamira, territorios cercanos a Puente Viesgo: territorios pasiegos. Una zona poblada desde antiguo, como bien dicen los abundantes ejemplos de pinturas rupestres que se encuentran. Ese misticismo, entre lo mágico y lo real, entre poblaciones atadas a un enclave durante tanto tiempo y caserones, aporta la atmosfera perfecta a la novela, rozando lo gótico, con referentes que no se esconden (la ambientación de la “Rebeca” de Hitchcock, por ejemplo). Por las grietas entre lo social y lo rural, entre la razón y la magia, el folklore y la antropología, se cuelan ciertos elementos sobrenaturales que aportan unas pinceladas de magia a un conjunto realista. La presencia de mujeres pasiegas como guardianas de las viejas costumbres, a medio camino entre una religión, la observación de la naturaleza y el druidismo, representan a la perfección la importancia y custodia de la tradición.

“El jardín de los espejos” es de lectura fácil, a pesar de lo apabullante que pueda parecer tanto personaje y los saltos de tiempo. El buen hacer narrativo de Pilar Ruiz ayuda a que la transición entre las tres mujeres y los tres tiempos sea sencilla y suave. Las historias de Inés, Amalia y Elisa van aportando granos de arena al conjunto, piezas de un puzle que se va formando con pausa pero sin detenerse. Quizás se me haya hecho un poco larga en su tramo medio, ya cercana al final y su final pueda parecer algo apresurado, pero la sensación global es muy buena. El interés no decae casi en ningún momento: cuando no se desvela un nuevo misterio, alguna nueva pieza que encaja o se abre una nueva vía argumental. También es de agradecer que, a pesar de contar con algunas épocas de guerra, barbarie y desmanes, no se haga excesivo hincapié en hechos desagradables: están ahí, han sucedido, se narran y la historia continúa. Violencia como un elemento ineludible pero sin usarlo como vehículo para que avance la trama.

En definitiva:

Arte y tiempo. Arte y mujeres. Mujeres y tiempo. Una terna de elementos que conforman el esqueleto de esta gran novela.
“El jardín de los espejos” es una novela sobre el papel de las mujeres a lo largo del tiempo. Deja ver como ciertos comportamientos no se erradican con el tiempo, incluso se amplifican dependiendo de las circunstancias. En el libro aparecen una gran cantidad de mujeres, representando todos los papeles posibles, desde artistas hasta sabias brujas pasiegas pasando por sufridoras amas de casa, todas ellas acorde a sus respectivos tiempos. Una representación que amplifica la lucha, incesante, por la libertad. La libertad para ser, crear y amar a quién se quiera, independientemente de la época.

El arte es otro aspecto estructural del libro. El arte como liberación y la expresión artística como símbolo de libertad. “El jardín de los espejos” deja claro que el papel de la mujer como creadora artística y las trabas que históricamente ha tenido para poder ejercer la libertad artística y el reconocimiento. Desde las cuevas y sus pinturas rupestres hasta el siglo XXI, la misma historia, constante.

El tiempo es el último elemento y a la vez, el primero. Tres tiempos, con sus diferencias y sus semejanzas. A pesar de que nos sintamos tan protegidos por nuestra modernidad, hay elementos que no cambian: el odio a lo distinto, la ignorancia, la violencia o el abuso a los débiles. No están tan lejanos los tiempos dónde se acusaba de histerismo a una mujer cuando hoy en día se acosan a parejas de diferente identidad afectiva que la heterosexualidad.

“El jardín de los espejos” es un magnífico tránsito por tres épocas, de la mano de tres mujeres cercanas y excepcionales. Una historia construida a base de reflejos, con múltiples conexiones y una serie de mensajes claros: la importancia histórica del papel de la mujer y su relación con el arte. Pilar Ruiz narra con intensidad, elegancia y una interesante estructura una historia con tintes mágicos, elementos góticos, enmarcada el la Cantabria rural y una casona que es un personaje más.
Una delicia a recomendar.

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