El escritor murciano, Miguel Ángel Hernández. Fuente: Quimera.

Una obra narrada con un tono introspectivo, a ratos demasiado monótono, que resulta más efectiva como crónica de las transformaciones en la sociedad murciana que como descripción del origen del dolor de nadie.

Murcia.

La huerta.

Limoneros y naranjos.

Brazales.

El agua corriendo por las acequias.

Mirlos, palomas, culebras y ranas.

Los secretos e historias que abonan esta vieja tierra.
 A veces en los nudos de los árboles más viejos. Otras, en las casas familiares abandonadas a la especulación urbanística. Un monstruo de acero y hormigón que acabó con un paisaje  único. Último recuerdo de un modo de vida ancestral.

Esto no forma parte de la reseña, o quizás sí. Puede que sea parte de la miriada de imágenes que ha despertado en mi memoria “El dolor de los demás“, de Miguel Ángel Hernández, publicado por Anagrama.
 Como murciano criado en la huerta, es posible que no sea el lector más objetivo para dar un análisis literario de esta obra. Por otro lado, ¿existe semenjante lector objetivo? Opino que no. Al menos si es sincero consigo mismo y el lector.
 Ahora, ahora sí comienza el análisis de la obra.

 

Identidad propia

Lo diré lo primero, para que se lea bien alto: “El dolor de los demás” no es un “A sangre fría” murciano. Y esto, que podría sonar a una crítica para el autor, representa tan solo un grito dirigido a autores, perdiodistas, escritores y demás fauna del panorama literario. Dejad de comparar “A sangre fría” con El dolor de los demás. Esta obra se ha ganado un nombre por derecho propio.
No tiene nada que ver con la novela de Capote. Y, esto sí que no es un elogio, Capote supo llegar al final. Quizás porque la historia no le tocó en lo personal —al menos al principio—, quizás porque tuvo más arrestos, menos escrúpulos. En cualquier caso, todos sabemos el precio que pagó por culminar como lo hizo su novela.
 Un precio que Miguel Ángel Hernández no ha deseado pagar. Y esto, por su alto costo, es más que respetable. Una decisión personal.

Foto de infancia del autor, que ilustra El dolor de los demás

De escritor a novelista hay un trecho considerable

Otro punto en el que se diferencian ambas obras es en sus autores. Capote fue un escritor, un artista que sabia emular a la perfección las personalidades que deseaba reproducir.

Miguel Ángel Hernandez no. Él es un historiador del arte que escribe; él mismo plantea esa diferencia en la novela. Pero no un escritor. Porque un escritor hubiera quedado enganchado de la obsesión de esta historia. Un artista se hubiera abierto el abdomen para experimentar el dolor de sus amigos, vecinos y parientes. El suyo propio. Y hubiera pagado con su cordura, muy probablemente, para terminar con una novela muy diferente. Pero lo hubiera hecho feliz. Porque un escritor es un ser enfermizo que disfruta viendo cómo la sangre —la suya y la de los demás— le ayuda a llenar páginas.

Esta diferencia no impide que Miguel Ángel Hernandez haya escrito una novela intensa, cargada de significados. Y aquí considero, una vez más, que no soy el mejor para reseñar esta obra. Pues su sol es el mío, los lugares que describe me son familiares de toda la vida, huelo el aire al que se refiere cuando describe una atmósfera. Y me veo a mí mismo sobre los mismos pasos que él dio para escribir su novela. Hasta imagino conocer a los murcianos de cada ámbito que describe: huertanos, gente de pueblo, personas en el paro, funcionarios, seres del minúsculo mundo cultural murciano…

 

Una Novela, comenzando en mayúscula

Siento mayor aprecio por los libros nacidos de escritores viscerales, de los de verdad. Estos son rara aves a día de hoy. Y siempre se aprecia más aquello que escasea. Sin embargo, soy capaz de apreciar el trabajo del autor al recomponer un libro. La reconstrucción sobre las cenizas que quedaron de la certeza de que no quería, ni podía, escribir una obra acerca de esa noche en que su mejor amigo asesinó a su hermana y se despeñó por un precipicio seco, agrietado y habitado por seres del pseudodesierto murciano. Allá donde la frontera entre huerta y campo se encuentran. Qué curioso que una novela que nace de la huerta, no nos engañemos, comience en el punto en que la sequedad del campo le toma el relevo.

Aquél que desee adentrarse en este libro, debe hacerlo abandonando la creencia de que encontrará un símil murciano con la célebre obra de Capote. Por favor, no desmerezcáis el esfuerzo del autor y su mérito al recomponer una instantánea de su infancia y de la vida de tantas personas, a través de la narración de su intento infructuoso por librarse del dolor que el fratricidio de su amigo le dejó para siempre tatuado en la memoria.

Estas novela, como corresponde a los buenos libros, oculta, por lo menos, una lección vital entre sus páginas. Cumplió un objetivo terapéutico al ayudar a su creador a reconciliarse, en la medida de lo posible con los actos terribles de su pasado, con el momento en que ya todo fue un después. Y es ahí, en la reconstrucción de los pasos que siguió Miguel Ángel Hernández para encontrar su propio modo de lidiar con aquello, donde el lector encontrará el valor de este libro y agradecerá a Anagrama la decisión de publicarlo.

 

Necesario sacarse carnet de murciano para exprimir bien el jugo del libro

Un lector murciano criado en esta huerta ya muerta, encontrará un medio realista para pasear por su tierra a través de los ojos de otro, pudiendo sentir a la perfección, como con una suerte de gafas de realidad virtual, todo lo descrito por el autor. Y, discúlpeme este, pero no es por la habilidad descriptiva o poética que exhibe —uno de mis pilares para escribir esta reseña desde un enfoque bien distinto, hasta que, pasadas las primeras páginas, entendí que su valor se encuentra en lo reflexivo y no en su prosa o su imaginería—, sino por el modo preciso con que describe, en pocas palabras, un mundo heredado de nuestros padres y abuelos. Un mundo ya muerto.

Suelo ser un crítico duro. Pero esta obra, se presentó como una joya enterrada gracias a ser una instantánea involuntaria, a mi parecer, de un lugar que amé.

El dolor de los demás” es un libro de autoreflexión, un libro de la memoria, de la de su creador. Pero también es una obra que, sumada a otro pequeño grupo, sirve para recrear de forma vívida una huerta secreta, oscura y mágica, llena de espíritus, rencillas, limones, hombres y mujeres de piel dura. Un rincón donde refugiarte tras matar al rey, que hoy yace a nuestros pies, bajo toneladas de cemento. Y es que la huerta de Murcia nunca fue una tierra de altos árboles, de cuevas ni recovecos, pero entre sus huertos, y en sus pueblos —esos que se distanciaban menos de cinco kilómetros—, se gestaron historias suficientes para llenar mil libros, se callaron secretos que harían estremecerse al más estoico, y fue, una vez, un ecosistema propio, para hombres, animales y vegetales.

Como murciano, agradezco a Miguel Ángel Hernández esta novela, y no tanto por su contenido analítico, sino por lo que representa para la memoria colectiva de los que vemos asomar los huesos amarillentos de los naranjos en la tierra olvidada de nuestros abuelos.

 

 

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1 Comentario

  1. Interesante acercamiento a la obra. No soy murciana, pero en estas reflexiones entiendo mejor cómo se mira con tristeza la muerte de la huerta.

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