
«Se han arrancado seis corazones. Solo falta uno«. Teniendo en cuenta el imaginario colectivo que hay sobre Blancanieves, es una frase tan inquietante como llamativa. Es con esta premisa que llega la obra de M. A. Kuzniar: El bosque de corazones. La novela cuenta con la traducción de Lydia Rodríguez Pavón mediante la publicación del sello Puck.
Los retellings existen desde mucho antes de que se les pusiera ese nombre. En especial, en los cuentos —si hay brujas buenas o hadas malvadas ya lo revisamos otro día—. Un ejemplo frecuente es La Cenicienta, cuya esencia es fácil de trasladar a diferentes contextos sociales o históricos.
Otros, como el caso de la propia Blancanieves, son más difíciles de sustraer de su propio marco de fantasía y trasladarlos a otro lugar. El bosque de corazones trata de llevarse el concepto del cuento a su propio terreno, lo que convierte la obra en una iniciativa interesante.
Sin embargo, se queda ahí, en un intento que no termina de llegar a su destino y, en su lugar, acaba en medio de la nada.
«Odiaba el sabor de los corazones humanos. Eran densos y carnosos, y desprendían un sabor amargo por los años de vida que les habían sido arrebatados». Con esas dos frases da comienzo la novela, un inicio tan inquietante como atrayente. No obstante, ese fuego se desvanece pronto debido a la despersonalización de los personajes y a la manera ilógica en la que estos actúan y deciden.
En esta novela destacan dos ombres: Elka, la princesa y nuestra Blancanieves; y Kaz, el cazador.
En el caso de Elka, llegamos a su historia tarde. Su pasado poca relevancia tiene en la narración, aún si para el lector es una pieza vital para entender de forma plena la situación de Elka y todo lo que ha tenido que sacrificar para sobrevivir.
Elka domina la vida austera y maltrecha en una cabaña abandonada en medio de un bosque mágico de dientes afilados y veneno por saliva. Se alude a su pasado para explicar por qué una privilegiada princesa sabe buscarse la vida en medio de un panorama tan desolador, pero apenas son fragmentos emborronados. Estas anotaciones dan contexto, que no fondo, al personaje. Su única motivación es pelear contra la maldición que le lanzó su madre, algo que casi ha completado al haber cazado ya seis corazones, y vengarse de la reina malvada.
De la misma forma, el peso del trauma que la aflige no cala en las páginas como debería. No presenciamos lo que Elka tuvo que vivir, pero tampoco se nos brinda información sustancial acerca de los incidentes que la marcaron. Elka es un personaje blindado, no solo para los demás, también para el propio lector.
Kaz puede ser un personaje intrigante, pero su abrupta presentación como interés romántico logra que parezca hueco. Kuzniar plantea una relación de confianza —también de atracción y romance— entre Elka y Kaz, algo habitual entre dos protagonistas de un romantasy. Pero que no tiene sentido que suceda de forma tan abrupta y rápida en base a las circunstancias en las que ambos están.
De igual manera, los intentos de Elka por ser la siguiente candidata al trono carecen de planificación y sensatez. Como si Kuzniar se hubiera querido quitar de encima las opciones que le fastidiaban para poder elegir el camino que tenía en mente: una con cortes mágicas, dragones y giros de guion extravagantes.
La novela trata de contar su propia historia, dejando el cuento como una mera base en el subconsciente del lector. Sin embargo, hay menciones, chistes y referencias dispersas tanto de la obra original como de otras adaptaciones. Descubrirlas fue una de las perlas de la lectura.
El bosque de corazones tiene las raíces para contar una buena historia, pero es una fortaleza que no alcanza a sus ramas frágiles. Su fruto no termina de madurar, aunque quizás con la segunda parte haya más suerte.




























