A todos nos pasa, o ha pasado, alguna vez. Miramos a nuestro alrededor y, con la indignación de quién no se reconoce en las formas de pensar o de ser o de parecer de quienes nos circunda, despotricamos contra ellos sin pudor ni rubor alguno. Desde la atalaya de la justicia, de la razón, de la dignidad y de la decencia, de la inteligencia y del progreso, sacamos la artillería pesada y comenzamos a disparar pensamientos explosivos de alta capacidad destructiva, palabras agudas y ligeras como proyectiles de precisión mortífera, o ideas pesadas con capacidad para aplastar y aniquilar a cualquiera que se resista a la fuerza gravitatoria de su peso descomunal.

La indignación contra la ignominia en una batalla sin cuartel. A campo abierto, los deseos colectivos de bienestar y la crítica a la moral pública toman, por una vez, el campo de batalla. Se trata de una guerra singular porque, a diferencia de todas las demás, aquí no hay muertos, solo heridos. Pero las heridas que provocan este tipo de conflictos son de las que no cicatrizan o, si lo hacen, tardan eones en conseguirlo. Porque son heridas de esas dolorosas y supurantes, ponzoñosas, oscuras y malolientes, a las que nadie en su sano juicio querría acercarse -y, si lo hace, es solo en caso de estricta necesidad-.

Brechas con una hondura tal, que no somos capaces de ver el fondo. Tan amplias, que dan para una excelente novela, una saga o, en algunos casos, unas buenas obras completas. Y tan extensas, que ni todos los ríos de tinta hasta ahora vertidos sobre ellas serían capaces de rellenar su caudal. La mayoría de nosotros se perdería en sus recovecos si intentara internarse en su frondoso paraje, repleto además de ignotos peligros acechantes. Se necesita ser un verdadero valiente, hombre de pelo en pecho, o bien un loco de remate, para acometer sin ambages una locura semejante. Una de esas espeluznantes insensateces que tan llenos mantiene en todas partes los cementerios.

Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957) se enfrentó a esta misión temeraria en 1997 cuando publicó El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (Literatura Random House, 2018; publicado originalmente en 1997). Una novela que es, en realidad, un incómodo ajuste de cuentas con su país, con su sociedad, con sus tradiciones y costumbres, valores y creencias, esperanzas e ilusiones. Y, como era de esperar, lo pagó con creces: las amenazas sufridas tras su publicación lo empujaron, al año siguiente, a iniciar un exilio que lo llevaría en amargo peregrinar por España, México, Alemania y Japón. Todavía en el presente, cada vez que vuelve a pisar su país, lo hace con el idéntico riesgo primigenio de quién sigue siendo tan leído, reconocido y odiado hoy como entonces.

Las guerras de este tipo, ya lo advertimos, no suelen dejar muertos, pero sí son siempre amargas y dolorosas.

Tampoco es baladí la elección de Thomas Bernhard (Austria, 1931 – 1989) para su subtítulo. El autor austriaco inició igual misión autolesiva en 1984, cuando publicó su demoledora novela contra la ciudad de Salzburgo, Holzfaellen (Tala, 1984). Entonces fue tal la reacción que, además de destilar contra el autor el máximo de sus rencores colectivos, la sociedad austriaca consiguió incluso que la novela fuese secuestrada, y prohibida su venta a través de una histórica sentencia judicial. Puestos a buscar un paralelismo con Bernhard, hasta el punto de referirse Castellanos Moya a ella en la “Nota del autor” que cierra esta obra como una “novelita de imitación” (pág. 106), tendría que haberse fijado también en las serias consecuencias que siempre trae tamaña osadía.

Sin duda, el ejercicio de estilo ha ido bastante más allá de un mero impulso de creatividad. Porque, en verdad, El asco (Literatura Random House, 2018) es mucho más que un impulso. Se trata de todo un meditadísimo y perfectamente pergeñado arsenal dialéctico de artefactos altamente destructivos. Se demuele la base de una sociedad dedicada a la economía basada en la ganancia, donde todos quieren ser gestores de empresa, pero donde nadie quiere aprender arte o literatura. Se dispara sin piedad contra el individualismo, el cinismo, el egoísmo y la hipocresía, características de una sociedad altamente militarizada, servil ante el autoritarismo sociológico de la policía y el ejército. Pero la voz narrativa es especialmente crítica, también como Bernhard, con la corrupción moral, con la hipocresía y el cinismo de la contradicción existente entre “el decir” y “el hacer”.

Tampoco se salva de la crítica a las instituciones más sagradas de cualquier comunidad, comenzando por la familia. La madre del personaje principal, Vega, un salvadoreño exiliado en Montreal (Canadá), muere, y él regresa a su país como un acto de respeto para con su madre, pero también como un intento de demoler todos los puentes que quedan todavía entre él y su pasado. Esta repulsión por su pasado, esta ruptura emocional con lo que representan sus raíces, lo llena de dolor, y provoca en él asco y náusea. Una emoción (el asco) y una respuesta fisiológica (la náusea) que se extiende a su hermano y su cuñada, a sus amistades en el colegio de los maristas -salvando únicamente a Moya, el testigo silencioso de su diatriba-, a sus vecinos amantes del cotilleo y las telenovelas…

El asco resulta ser así una novela visceralmente atrevida, emocionalmente desatada, intelectualmente desaforada y sociológicamente retadora. Un monumento a la diatriba contra lo propio. Un ajuste de cuentas inmisericorde, desarrollado con todas las armas en alto, sin límites ni frenos. Un ritmo vertiginoso que convierte a la novela en adictiva. De esas lecturas que te va arrastrando inadvertidamente desde su principio hasta su final.

Méritos todos, sin fallo ni queja alguna, que convierten a este texto, de apenas un centenar de páginas, en una de las novelas latinoamericanas más disfrutables de los últimos años. Puede, incluso, que de las últimas décadas. Porque en este texto no hay trampa ni cartón. Se destina originalidad y autenticidad por los cuatro costados.

Disfrutable. Gozoso. Irresistible.

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