El arte de volver

Noemí (Macarena García) regresa a Madrid tras varios años de residencia en Estados Unidos. Es actriz, cruzó el charco y confió en encontrar papeles, pero, tras muchos castings, apenas ha hecho poco más que algunos anuncios, que además le provocan vergüenza propia: el hecho de ser reconocida por otra aspirante a un papel en una audición, que le pregunta si es la chica que aparece en el anuncio de la revista que está leyendo, la perturba lo suficiente como para finalmente marcharse. En realidad, el problema de Noemí es que, al volver a casa, se siente desubicada, perdida, personal y profesionalmente. Y es que la sensación de estar perdidos, de un modo u otro y en algún momento de nuestra vida, la tenemos todos; y si además regresas y te das cuenta que cuando te reúnes con familiares y amigos hay una barrera invisible, es que algo falla: el mundo, tu alrededor… tú.

Pedro Collantes debuta en la dirección de un largometraje con un filme íntimo y sencillo escrito a cuatro manos con Daniel Remón. Sencillo no significa simplón, desde luego, y esta película no es nada simplista, pues apela a temas que el espectador puede reconocer: da lo mismo que no seas actor, pero la sensación de que al volver después de un tiempo fuera las personas ya no son como las recuerdas antes de irte es universal. Y es que a menudo creemos conocer ese alrededor nuestro y lo que los demás piensan o incluso son, que cuando regresas a ellos percibes que el tiempo (mentira: tú) no pasa en balde y que la complicidad con alguien, la calidez de una amistad, las experiencias vividas con otra persona, tienen diversos puntos de vista.

Esa hermana pequeña (Mireia Oriols) con la que cantabas, que te hace ver que ibas a tu rollo (“tú no eres así”) y que cuando te pidió un teclado musical vas y le traes otro; ese abuelo (Celso Bugallo) que se acerca al final de su vida y te hace pensar que todo es más frágil de lo que piensas; ese amigo (Nacho Sánchez) a quien podías decirle todo en el pasado y que cuando te dice ahora que esa serie para la que estás haciendo un casting realmente no es tan buena (“y lo sabes”), y te molesta; esa amiga artista (Ingrid García Jonsson) de la que eras uña y carne, pero ahora te confiesa algo que te rompe los esquemas; ese taxista (Luka Peros) que parece que sólo te da palique de camino al aeropuerto, pero de pronto es capaz de desnudarse emocionalmente como nunca habrías imaginado que haría alguien y que te demuestra mucha más “verdad” que el estúpido papel que tanto anhelas. Son varios los encuentros de Noemí en unas 24 horas de vuelta a casa y muchas las sensaciones experimentadas, incluida la de estar y sentirse desubicada.

Póster de El arte de volverCollantes construye un filme que se basa en diálogos naturales, en conversaciones francas y en situaciones normales, incluso banales en algún momento, pero llenas de algo que a veces falla en la creación de historias personales: la autenticidad. No todo funciona a la perfección en el filme (la relación con ese amigo del pasado o el giro dramático de la visita a la exposición artística), y quizá la secuencia en el taxi está algo forzada (qué casualidad que pasa esto) pero la sucesión de secuencias (y conversaciones) muestran la que la vida está llena de sorpresas y que no todas te van a gustar. Podrás irte unos años y regresar, pero no esperes que todo permanecerá igual ni que podrás retomar aquello que dejaste atrás.

Sin duda alguna, “El arte de volver” se sostiene en una Macarena García que llena la pantalla y hace creíbles las inquietudes que constantemente la poseen, sin aspavientos dramáticos ni alharacas forzadas. Bien rodeada por actores secundarios que le aportan el contrapunto necesario para poder reaccionar, García destapa el desengaño, el desarraigo y la traición de un personaje que se enfrenta a la experiencia del regreso, ese arte de volver que se menciona en un momento determinado y que no sabe cómo interpretar.

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