Cualquiera que lo viese: con su rostro apolíneo, su brillante pelo rubio, su moreno playero y su juventud; posiblemente pensaría que Chet Baker (USA, 1929 – Holanda, 1988) tenía entonces el mundo a sus pies. Estamos en 1952. Chet tiene apenas veintitrés años. Acaba de ser elegido por el legendario Charlie ‘Bird’ Parker como el joven trompetista que lo acompañará por distintos clubes a durante su gira californiana, y todavía en los meses y años posteriores hablará de él siempre en términos elogiosos. Al pie del escenario, un coro de chicas entusiastas espera al joven Baker para robarle un autógrafo o un beso o algún momento íntimo con él; y Chet se deja querer. Pero algo en su actitud no es como esperaríamos que fuese, dadas estas circunstancias. Su mirada es esquiva y tiene la tendencia de desaparecer tan pronto como termina, sin hacer caso de nada ni de nadie. Tanto es así que, durante sus conciertos, clava su mirada y dirige el sonido del aire de su trompeta hacia el suelo. Lo demás no existe o no le importa.

Tal actitud era un reflejo de su timidez. Una de las principales características de Baker, y que recoge innumerables veces el periodista y biógrafo musical James Gabin en su obra sobre el trompetista, Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker (Reservoir Books, 2018; originalmente publicada en 2002).

Para aquellos que mejor lo conocieron, su personalidad era un misterio. Su madre, Vera, nunca supo de las muchas cosas que pasaron por la mente de su hijo o de las muchas cosas horribles y deleznables que él fue capaz de hacer -y Verá siempre consideró inconcebibles en el hombre al que ella más amó-. También fue un ser inescrutable para las muchas mujeres que pasaron por su vida, incapaces de prever su facilidad para distanciarse de ellas, para observar el amor desde la barrera, o su incapacidad para exhibir la más mínima brizna de responsabilidad y de cariño hacia sus hijos. Ni siquiera sus amigos pudieron llegar a conocerlo alguna vez íntimamente, pues solo parecía acordarse de ellos cuando Baker sabía que tenían o podían hacer algo por él que realmente le interesase.

Al leer sobre su personalidad nos llama poderosamente la atención la frase de Fabio Romiti, el fiscal de la localidad italiana de Lucca que, al internar definirlo ante el tribunal, se refirió a él como “¡Cara de ángel, corazón de demonio!” (pág. 241).

Aunque resulta bastante exagerado, sí representa con bastante precisión -metafórica y simbólica- a esa extraña mezcla de intenso magnetismo e inmenso peligro que Baker despertaba en quién se le acercaba. Muchos, y muchas, fueron capaces de poner sus vidas en riesgo, de exponerse a la posibilidad de años de cárcel o incluso de apostar la seguridad de sus seres queridos, al cumplimiento de los deseos libidinosos y ansias irrefrenables de Baker. Una capacidad de riesgo y de sufrimiento tan extraño como propio de ese cautiverio emocional que despertaba el trompetista en sus allegados. Mujeres que lo dejaban todo para irse con él, casarse con él, cuidar de él y aguantar sus desplantes, arranques de violencia y frecuentes abandonos. Músicos de éxito o cierto prestigio, que apostaron por él, quisieron ayudarle, lucharon por verle bien, y fueron después defraudados o delatados o abandonados también por Baker. Amigos o conocidos o admiradores experimentaron también similares padecimientos a lo largo de toda su carrera musical.

Y todo ello como consecuencia de, quizás, el peor de sus males: la adicción a la heroína.

Esta biografía está repleta de momentos de jeringas, narcóticos y sangre. Temblores, sudores y dinero cambiando de manos en busca de una nueva dosis. Recetas robadas o falsificadas, intentos honestos y fracasados de rehabilitación, y figuras patéticas de admiradores o amigos que tras una sincera admiración fueron capaces de suponer para él una nueva excusa para su reenganche. La ironía de su relación con las drogas es tal que, en todos sus años de relación con los estupefacientes, los momentos en los que más próximo pareció estar a dejarlo de una vez por todas fue durante sus dos más largas estadías en prisión; la primera en Rikers Island (NY, USA) y la segunda en Lucca (Toscana, Italia). Parecía hacerse realidad el dicho aquel de “cuanto más lejos, mejor”.

Aun así, enjaulándolo y escondiéndolo del mundo, era imposible mantenerlo alejado de su peor enemigo: él mismo.

A lo largo de su vida hacía de todo por plegar la tozuda realidad a los designios de su voluntad y de su imaginación. Constantemente, se engañaba a sí mismo. Mentía a los demás. Ocultaba información. Cuando no, cambiaba las versiones una y otra vez según lo que creyese que más convenía en el momento a su interlocutor y a su propia autoestima.

Gavin encuentra constantes contradicciones y reinterpretaciones de viejas historias, algunas absurdamente intranscendentes y costumbristas, pero otras también peligrosas. De entre todas ellas destaca un extraño ataque o pelea, nunca se sabrá la verdad completamente, cuyo resultado fue la pérdida de numerosas piezas dentales que, durante meses, impidieron a Baker el ejercicio de su profesión. Tras cruzar numerosas versiones, Gavin da por bueno el que fuese la venganza de un traficante a quién, supuestamente, Baker habría robado mercancía para chutarse nuevas dosis en su ya masacrado brazo.

En esta biografía no falta, por supuesto, la música jazz. Tratada, además, desde varios puntos de vista. Para darnos una perspectiva amplia del movimiento musical al cuál Baker pertenecía e, indefectiblemente, contribuyó a forjar su personalidad y su carácter. Tenemos las bandas, grupos y músicos con los que Baker tocó; y un retrato de su relación. Un repaso amplio a su discografía, repasando las condiciones en que se produjeron sus títulos más significativos, desde aquellos producidos por meras cuestiones económicas, a los discos por encargo o a aquellos más inspirados y celebrados. En relación con esto, se tiene también muy en cuenta su recepción por la crítica y, en especial, por las revistas Down Beat y Jazz -una relación con numerosos altibajos, así como los constantes desencuentros de Baker con la prensa de información general. O cómo esa misma prensa especializada mantuvo un constante rifirrafe con un Baker al que no paraban de comparar con Miles Davis -comparación de la que nunca salía bien parado.

De esta forma, la biografía te engancha y te lleva, poco a poco, por la figura de un Chet Baker cada vez más influenciado por su adicción. Hasta el punto de que, cuanto más metidos estamos en esta vorágine de talento y autodestrucción, más nos da la impresión de estar ante un drogadicto y menos ante un hombre talentoso. Su virtud se va diluyendo, sus fechorías se van haciendo cada vez más constantes y repetitivas, casi hasta aburrir. Pero ahí está la música, las mujeres y las amistades decepcionadas, cada una defraudada a su manera, además de esos escasos momentos de rehabilitación y brillo, para inyectarle un ritmo e interés constante e intenso.

Así haciendo, se consigue que las páginas de Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker (Reservoir Books, 2018) corran entre los dedos como plumas al viento.

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