Este monumental ensayo fija sus raíces en el año 2012. En una noche parisina cuando, invitado a un late night televisivo sobre filosofía, Michel Onfray (Argentan, Francia, 1959) declara el fin de Occidente porque “ya nadie se sacrifica, ya nadie muere, por defender los valores occidentales”. El vídeo se hizo rápidamente viral. Posiblemente, uno de los momentos mediáticos más relevantes de uno de los filósofos franceses más influyentes de la actualidad. A dónde va mueve a las masas. Lo que dice suscita debates y referencias múltiples. Tanto es así, que ya se cuentan por decenas los artículos y los libros de prestigiosos intelectuales dedicados, en exclusiva, a atacar a su figura.

Decadencia. Vida y muerte de Occidente (Paidós, 2018) es su último libro polémico. Desde su furiosa desmitificación de Sigmund Freud, Freud. El crepúsculo de un ídolo (Taurus, 2010), no se había vuelto a ver en otra así.

En esta ocasión ha enfurecido sobremanera su análisis sobre cómo y porqué el judeocristianismo, y con él los valores definidores de la civilización occidental, ha entrado en una definitiva y última fase de decadencia, cuya culminación se avecina inexorable. Para desarrollar esta premisa echa mano del fundamento de su obra. En concreto, resulta muy ilustrativo (y ayuda a completar las ideas de este libro) el recurrir a algunos de sus títulos más fascinantes como el Tratado de ateología (2005) o su Contrahistoria de la filosofía (publicada entre 2006 y 2017) en 5 volúmenes o Pensar el islam (2016), entre otros. Todos ellos se encuentran aludidos aquí, indirectamente, a la hora de conformar el fascinante hilo conductor de su argumento.

El punto de partida es que, para Onfray, el judeocristianismo se partió desde sus inicios, confusos como los de cualquiera nuevo credo, en dos perspectivas fundamentales. Por un lado, el discurso amoroso, clemente, generoso y sacrificado de Jesucristo. Por el otro, el discurso belicoso, acomplejado, discriminador y violento de San Pablo. Dos propuestas de fe antagónicas, completamente opuestas e irreconciliables. La Iglesia Católica, en su devenir histórico, tampoco habría sido capaz de conciliarlos en la práctica. Eligiendo siempre, por la vía de los hechos, a San Pablo por encima de Jesucristo, al recaudador de impuestos por encima del Maestro y Mesías.

Una elección en la que ha sido trascendental el poder terrenal. En concreto, la necesidad de Constantino de asentarse en el poder imperial de una Roma ya en clara decadencia. La búsqueda de un enganche lo suficientemente estable y fuerte para imponerse a todos los numerosos rivales en la lucha por el poder llevó a Constantino a imponer, por la fuerza y con todos los recursos a su alcance, la religión judeocristiana a todo el Imperio Romano. Para ello recurrió a la amenaza y a la coacción, al asesinato a sangre fría y a la guerra, a la imposición por la vía normativa y por la vía coercitiva. La visión violenta y discriminatoria de San Pablo había encontrado acomodo en las estructuras de poder político y económico. Comenzaba el crecimiento del judeocristianismo y, con él, de los valores civilizatorios occidentales.

A partir de San Pablo y Constantino, Onfray hace un repaso demorado y exhaustivo por la historia de la Iglesia Católica: cómo construyó un discurso contradictorio dónde se pretende conciliar la obediencia a Dios con la obediencia al poder terrenal, cómo este poder terrenal eclesial retorció las enseñanzas de Jesucristo (o, mejor dicho, eligió las de San Pablo) para legitimar la violencia y la crueldad, cómo este discurso insensato basado en la sangre y la muerte alcanzó momentos de ridículo a través de juicios a animales (cerdos, caballos, peces… fueron acusados de delitos y sometidos a surrealistas procesos sumarios), o cómo esta Iglesia Católica inicia el principio de su decadencia con el advenimiento de filosofías que discuten el  omnipresente espacio de Dios.

En esta línea de discurso, Onfray introduce a algunos nombres que, contrariamente a aquellos que defendían -de una u otra forma- la idea de Dios (como Descartes, Kant o Hegel), presentaban ya entonces una nueva forma vitalista, materialista y realista de entender el mundo. En concreto, Onfray nos habla de nombres recurrentemente defendidos por él, en su obra, como referentes necesarios en la historia de la filosofía: Michel de Montaigne a través de sus Ensayos, su amigo Étienne de La Boétie a través de su Discurso sobre la servidumbre voluntaria o Julien Offray de La Mettrie a través de su Discurso sobre la felicidad, son algunos de ellos. Sin embargo, si a alguno señala como principio y causa del fin del judeocristianismo en Occidente, Onfray apunta al cura ateo Jean Meslier y a su Testamento de más de mil páginas como obra principal.

Estos hombres echan la vista atrás y recuperan alguna de las tradiciones grecolatinas barridas por el dominio platónico de la interpretación del mundo. Devuelven a la luz a Lucrecio, con él devuelven a la luz a Epicuro, y con él a una filosofía experiencial, vitalista y hedonista. Un proceso de recuperación que ya no tendrá marcha atrás pues será inexorable y marcará el comienzo del fin para el Dios judeocristiano. Pero este era el comienzo, no el final.

Hasta ese momento final todavía quedaba (y queda) tiempo. Desde entonces hasta hoy, la Iglesia Católica cometió nuevos flagrantes errores. Entre ellos, Onfray marca como decisivo la alianza de la Iglesia con el fascismo como intento de respuesta a los enemigos comunista, anarquista, socialista y liberal; quiénes desde hacía tiempo venían liderando el proceso descristianizador de Europa. Tanto Pío XI como Pío XII llegaron a acuerdos con los líderes y regímenes fascistas: Pío XI llegó a acuerdos con Mussolini y Pío XII defendió la victoria de los nacionales en España como buena para Dios, por ejemplo. Nuevamente, San Pablo desplazaba a Jesucristo, y la dualidad en el discurso incoherente de la Iglesia Católica dejaba sitio, a través de la fuerza de los hechos, a la verdad de los datos y las realidades: la fe judeocristiana volvía a preferir el odio frente al amor, la muerte frente a la vida, el rencor frente a la clemencia.

Onfray también es contundente con la izquierda ideológica. Pues, para él, su proceso de descristianización solo intenta sustituir la sacralización de una idea en base a la religión (la idea de Dios) por la sacralización de otra idea en base a criterios ideológico-políticos (el estado, la comunidad, el proletariado o el mercado). En todo caso, es el mismo esquema de pensamiento, el cual relega al ser humano a un segundo plano de relevancia. Además, esta sacralización exige obediencia al ser humano, lo limitarlo, pues le impone una moral elevada a “norma” y, por tanto, le exige así unos límites situados lejos de la verdad, de los hechos, de Lo Real, de lo empírico, de lo razonable… base de la filosofía que propone Michel Onfray.

Entonces, llegados hasta aquí, cabe preguntarse. Si Occidente se muere… ¿Qué lo substituirá? Onfray no lo tiene claro. Nadie lo tendría, sin ser un charlatán de feria. Pero lo que sí tiene claro es qué dos factores de relevancia, ya en nuestro presente, condicionarán esa alternativa que se aproxima por el horizonte: el islam y el transhumanismo.

En su “Conclusión”, Onfray recupera El choque de las civilizaciones (1996), libro fundamental del filósofo estadounidense Samuel P. Huntington, para recordarnos que, contra el discurso de los ilusos y los negacionistas, todos los sucesos acontecidos en Occidente desde entonces hasta hoy (algunos tan dramáticos como el 11S, el 11M, los atentados de Londres o los atentos contra Charlie Hebdo, entre otros), han venido a dar la razón a Huntington. Tanto lo que ha venido, como lo que vendrá, tiene que ver con lo que se anuncia ahí: más nacionalismo, más religión, más violencia por motivos morales y culturales, más terrorismo… Un contexto ante el que Occidente ha activado todas las alarmas, pero ante el que ha desactivado casi todas las políticas (tal vez, a excepción de la política de seguridad y defensa).

Aquí es donde Onfray hace especial hincapié en la demografía: mientras la población europea tiene graves problemas de natalidad, otros países y otras culturas (también otras civilizaciones) llegan a Europa para cubrir el espacio dejado por un Occidente menguante.

El transhumanismo, por su parte, recoge el esquema filosófico del judeocristianismo para postular también la necesidad de un “hombre nuevo” mejorado a través de la tecnología. Con la idea de Dios ya vencida y desplazada, llega la hora no de eliminar la relación de dependencia que le exige al ser humano, sino de substituirla por la tecnología: ese “nuevo ser” dependerá de la tecnología para dar ese pretendido paso hacia adelante. Pero Onfray aquí avanza la transformación y permanencia de los viejos esquemas de desigualdad, dependencia y obediencia; donde la nueva barrera está en el acceso a la tecnología. Donde unas personas tendrán acceso y podrán realizar su “ascenso” evolutivo hasta allá dónde su nivel de renta se lo permita, mientras que otras personas servirán únicamente como masa intercambiable para hacer posible el “ascenso” de los más ricos.

Otra vez, el pobre, el campesino, el humilde (aquel que es figura central del judeocristianismo de Jesucristo) vuelve a ser relegado, derrotado y reducido a una condición utilitarista de masa informe y obediente, necesaria para que la aristocracia (noble, burguesa o eclesiástica, da igual) siga manteniendo tal condición.

Decadencia. Vida y muerte de Occidente (Paidós, 2018) es, hasta ahora, uno de los libros de pensamiento imprescindibles del año. Si tuviésemos que recomendar un solo ensayo para leer de los publicados hasta ahora, sin duda sería éste. Independientemente de que se pueda estar de acuerdo o no con Michel Onfray, él consigue algo imprescindible en todo buen ensayo que se precie: la emoción e implicación del lector con la lectura, la voluntad de informarse más sobre sus ideas y de debatirlas con otras personas, de coger el libro y de recomendárselo a otros para que también lo lean, de abrir líneas de conversación y de debate sobre sus análisis y conclusiones y propuestas y previsiones con otras personas.

En una palabra, Onfray consigue que queramos “filosofar”. Motivo más que suficiente para que lo consideremos un éxito como ensayo divulgativo, y un imprescindible que no se debería dejar escapar.

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