El escritor caribeño Raphaël Confiant lleva a cabo la literaturización de una tradición oral que ensalza la astucia como seña de identidad y estrategia para afrontar la extrema dureza de la vida en las plantaciones americanas.

La palabra ultramarinos, hoy en desuso, ha evocado durante siglos, a este lado del Atlántico, algunas de las cosas buenas de la vida. Productos que siguieron llamándose “coloniales” incluso muchos años después de la independencia de las colonias de ultramar.

Especias, tabaco, cacao, azúcar, ron… fueron objeto de deseo en unos tiempos en los que el consumo, como lo entendemos hoy en día, era algo ajeno a la vida cotidiana de la mayoría de la población. Una época en la que cruzar el océano implicaba semanas de viaje y no se hacía por el placer del turismo, sino por la necesidad de la emigración.

Pero, tras esos productos que evocaban lo exótico en el imaginario popular, hubo muchas generaciones de hombres y mujeres que trabajaron para cultivarlos. Primero como esclavos y luego como personas libres, pero sometidas a explotación laboral.

De la tradición oral de muchas de esas personas trata este «Cuentos populares antillanos» que Ediciones Siruela ha publicado recientemente, dentro de su colección Las Tres Edades / Biblioteca de Cuentos Populares.

Una lengua criolla -también denominada criollocreole– es una lengua mixta, resultado de la convivencia prolongada en el tiempo entre hablantes de varios idiomas nativos. Un fruto pues de la necesidad de comunicarse entre sí de personas de orígenes diversos, que no comparten una lengua previa. Esa necesidad les fuerza a crear algo nuevo, a partir de elementos de sus lenguas originales, para poder entenderse.

El de los esclavos llevados tras la conquista de América a las plantaciones del Caribe es un ejemplo típico, con diferentes lenguas criollas en función de la lengua de la potencia colonial dominante en la zona (español, inglés, francés, portugués…).

En el caso de este libro, esa lengua es el criollo con base léxica francesa.
Raphaël Confiant reúne y transcribe en esta obra -dedicada a un maestro contador creole– sesenta cuentos provenientes de la rica oralidad de Martinica, San Vicente, Luisiana, Haití, Santa Lucía, Trinidad, Dominica, Guadalupe, Granadinas, Los Santos, Montserrat, Santo Tomás, Saba y República Dominicana.

Ingenuos e ingeniosos; vitales y amorales; tiernos y crueles; festivos y desdichados… una celebración de la existencia y una escuela de lucha por la vida.

Unas tierras que, durante los siglos XVIII, XIX y XX, constituían un mundo criolloparlante en el que se desarrolló la cultura de la caña de azúcar. Su declive llegó a finales del siglo XIX, a causa de la crisis del comercio del azúcar de caña. Desde entonces, esos territorios, antaño muy próximos culturalmente por la similitud de sus sociedades de plantaciones, han ido distanciándose.

En su rica y sincrética cultura oral se sintetizaban mitos y enseñanzas, que se transmitían en forma de cuentos, adivinanzas, proverbios y cantos de trabajo. Muchos ya solo perduran en la memoria de los viejos contadores. De ahí el valor de este libro para ayudar a preservar ese tesoro de la literatura oral.

Ingenuos e ingeniosos; vitales y amorales; tiernos y crueles; festivos y desdichados… una celebración de la existencia y una escuela de lucha por la vida. Todo empapado de un humor a menudo brutal, salaz y escatológico, que hace al lector imaginarse las risotadas de los esclavos al escuchar estos cuentos a la luz de una hoguera.

Son relatos que se han ido transmitiendo de boca en boca y de generación en generación. El hecho de trasladar una cultura oral a las páginas de un libro tiene algo de misterioso, de revelación por parte del autor del secreto tras unas historias que no estaban destinadas a nuestros oídos. Sin traicionar su espíritu, alterar el curso de sus historias ni cambiar el carácter de sus personajes, la literaturización trata de atrapar en la escritura la riqueza de la oralidad.

Cuentos fecundos en un humor a menudo brutal, salaz, glotón y escatológico, que hace al lector imaginarse las risotadas de los esclavos al escuchar a los maestros contadores a la luz de una hoguera.

 

La meritoria traducción del francés ha sido obra de Luis Eduardo Rivera. No ha debido ser sencillo plasmar el tono y la expresividad de estos relatos.

El título de la edición española es «Cuentos populares antillanos», lo que difiere bastante del título en francés «Contes créoles des Amériques».
El recurrir al adjetivo populares, que caracteriza a la colección de la que forma parte este libro, Biblioteca de Cuentos Populares, evita confusiones, pues en español criollo, más que a una lengua, suele aludir a los hispanoamericanos descendientes de europeos y a su cultura.
El hecho de que en el título la palabra Amériques sea reemplazada por antillanos puede resultar más evocador que preciso, pues si bien la mayoría de los cuentos proceden de las Antillas, otros lugares como la Guayana Francesa o Luisiana no forman parte de ese archipiélago.

El libro está encuadernado en cartoné y Gloria Gauger ha elegido para la ilustración de su cubierta un grabado antiguo, reproducido en tono sanguina sobre un fondo amarillo, consiguiendo un efecto luminoso y cálido.

Un bonito detalle, propio de la colección Las Tres Edades, llama la atención en la portada interior del libro: un pequeño grabado de aspecto añoso que representa a la Esfinge de Giza y, bajo ella, el famoso enigma que se dice que planteaba a los viajeros.

Las ciento ochenta páginas de letra de tamaño pequeño del libro se leen con facilidad.

 

Raphaël Confiant

Raphaël Confiant (Le Lorrain, Martinica, 1951) es uno de los más importantes escritores del Caribe; sus libros denuncian las cicatrices de la esclavitud y la carencia de futuro de la que han sido víctimas las Antillas. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas: Adèle et la pacotilleuse (2005), Case à Chine (2007) y L’Hôtel du bon plaisir (2009).

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