Jesse Ball

La indignación recorre el mundo. Ante lo que no gusta, las respuestas viscerales parecen ir, poco a poco, apropiándose de todo. Las manifestaciones crecientemente agresivas, la violencia de base cada vez más manifiesta, opciones más radicales en las instituciones representativas… son algunos de los síntomas de un mundo en llamas. En el entorno de Lucia Stanton, la protagonista de esta novela, han decidido tomarse todo esto muy en serio… y de forma muy literal. Para ello han creado un grupo defensor y practicante del incendiarismo, o sea, de la creación de incendios de forma deliberada, como forma de protesta y oposición ante la injusticia.

Con todo, las ganas de sumarse a este grupo Lucia debe compatibilizarlas con una vida personal frágil, profundamente deteriorada desde que un misterioso y gravísimo incidente ha acabado con la vida de su padre y con la salud de su madre, ingresada en un centro de salud mental. Ella vive sola con su tía, una mujer inteligente, de moral sólida, pero también de recursos limitados y salud delicada; todo podría cambiar entonces de un momento para otro. Una ansiedad vital que Lucia focaliza en su instituto, con una actitud despreocupada, ajena a todo y a todos, distante de los principales problemas. Pero allí, cuando más desconectada parece, conoce la existencia de un club, y de una práctica, que quizás podría ofrecerle otras formas de canalizar todo lo que piensa y lo que siente.

Justo en este punto comienza una historia que, teniendo mimbres para ser original, llamativa, profunda, retadora… a penas se queda en curiosa. Las elecciones de un estilo narrativo fragmentario hasta la extenuación, y los inconvenientes sistemáticos que esto acarrea para gestionar el ritmo de la novela, se unen a una voz narradora incapaz de adecuarse a su edad, extracción social y vida personal. De forma que el resultado de todo esto es que, no pocas veces, consiguen estos problemas sacarnos del texto para llevarnos a un limbo de incomprensión, y de indignación, como pocas veces he tenido antes. ¿En serio era imprescindible llevar todos los extremos hasta su límite, forzar tanto la máquina?

Portada de Cómo provocar un incendio y por quéAl hacerlo así, lo primero que las catastróficas decisiones de estilo se cargan es a la voz narradora. Lucia Stanton se va desdibujando ante nuestros ojos a medida que pasamos las páginas. Si la historia es interesante, si lo delicado de la situación de Lucía la hacen un personaje de enorme potencial, la inadecuación de su voz, lo extraño que nos llega a parecer que una adolescente nos hable como una persona muchísimo mayor (pero mucho, mucho más mayor), nos rompe los esquemas y los aleja tanto de su historia como de todo lo que nos cuenta. Todo se convierte en algo increíble, en cuanto quién lo narra no es confiable, pues no parece ser lo que dice que es. El pacto ficcional se hace añicos.

A esto podemos sumarle la fragmentariedad del estilo. Si la novela no es un diario personal, y si tampoco es un cuaderno de notas, ¿qué es? La inmensa fragmentariedad que es característica estructural de la novela y que, por tanto, se nos presenta como algo imprescindible para el texto, ¿a qué se debe? Si es un capricho personal de la voz narradora, ¿cuál es el motivo? A lo largo del texto se nos van dando distintas excusas, a forma de cuadernos internos personales, como “El libro de cómo van a suceder las cosas”, dónde Lucía apunta algunas predicciones sobre su vida, o “La serie de Lucía de 1 a 10”, dónde describe algunos de los escenarios principales de su día a día. Pero todas ellas son tan forzadas, está todo tan pesimamente organizado -sin una estructura clara ni una transición motivada entre uno y otro- que, cuantas más excusas se suceden, más increíble, confuso e incomprensible se vuelve todo.

“Cómo provocar un incendio y por qué”, una historia cuya total falta de tensión interna convierte todo en soso y aburrido

Para redondear el caos, todos estos problemas derivan en un ritmo narrativo pésimamente llevado. Tan malo es el ritmo que es quién rompe, destroza, la supuesta delicada tensión en la que Lucía se mueve entre una situación personal inestable, dónde el referente moral de su tía tiene para ella un enorme peso específico, y la presión de grupo que debería ejercer -y no ejerce- el incendiarismo. En ningún momento llegamos a percibir un conflicto moral, una tensión interna, que hubiese dado riqueza a una trama que acaba siendo sosa, aburrida, y prototípica. Que, pudiendo meterse a fondo en los motivos éticos y morales del incendiarismo, apenas rasguña la superficie. Lo que vacía a Lucía, más si cabe, de fondo y perspectiva.

En la narrativa, a veces, el tener una perspectiva tremendamente original, una historia curiosísima y un personaje principal con la fuerza para llegar a ser potente, no es suficiente. Si no se es lo bastante inteligente como para aprovechar todo esto y, además, las decisiones de estilo que se toman no son las correctas, posiblemente, el destino final de la novela sea muy poco halagüeño. Esto es lo que, en nuestra opinión, sucede con ‘Cómo provocar un incendio y por qué’ (Sigilo, 2020) de Jesse Ball (New York, USA, 1978). Una novela de enorme potencial que, prometiendo una experiencia original y presentando muy pronto los mimbres para poder llegar a serlo, igual de pronto acaba por transmitirnos la sensación de que algo va muy mal durante su desarrollo.

Al final, acabamos tan alejados de una voz narradora en primera persona que, desde su mala adecuación y construcción, no nos ha permitido conectar con ella; acabamos tan desesperados, por una historia cuya total falta de tensión interna convierte todo en soso y aburrido; que todo se cae a pedazos ante nuestros ojos. Pocas veces una novela destroza tan pronto las enormes expectativas que sus primeras páginas despierta. Lo que, en sí, es bueno si puedes dejarla sin dolor, y malo si tienes que leerla hasta el final. Voy a por un café, a ver si se me pasa el cabreo.

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