Rosa roja

Durante una discusión, una persona me dijo lo siguiente, acerca de la ciencia, la búsqueda de explicaciones y la belleza:

«Si es bonito no necesita explicación. (…) ¿Por qué buscarle explicación a algo bello? es como deshojar una rosa solo porque quieres ver de que está hecha. (…) Yo prefería que se quedara sin explicación, lo hace más bello.»

Ese deseo de ignorancia es algo que jamás entenderé.

Si algo de base es “bello” —que no es más que cuestión de gustos, y por tanto subjetivo—, comprender cómo funciona, desde mi punto de vista —subjetivo—, es comprender más a fondo la belleza. Y eso lo hace mucho más bello.

Me explico.

¿Qué es una rosa? Desde fuera veo una enorme cantidad de pétalos —si la rosa es de cultivo, si es silvestre solo veo cinco—, de color variable. Están encerrados en un cáliz de cinco sépalos, y a su vez, encierran una enorme cantidad de estambres y un estilo.

Si veo otra rosa, veo lo mismo. Tal vez cambie el color, o el tamaño. Incluso puede que cambie el olor. Sí, son hermosas. Pero son rosas, al fin y al cabo. Vistas una de cada color, olidas una con cada olor,… vistas y olidas todas, ¿verdad?

¿Pasamos a comprenderlas?

Una sola rosa está formada por millones de células. Esas son diferentes según estén en el pétalo, el sépalo o el estambre. Pero también son diferentes según sean de la superficie superior, de la inferior o del interior del pétalo, sépalo o estambre. Cada sépalo, pétalo o estambre tiene varios tipos de células, de diferentes formas y colores. Y con diferentes funciones.

Algunas de esas células son las que me dan el agradable olor. ¡Que curiosas! Otras, diferentes, son las que dan el color. Rojo, o amarillo, o naranja, o blanco, o varias a la vez, las que lo hacen en el pétalo. Y verde, las de los sépalos.

Según qué célula sea, me encuentro con diferentes sustancias químicas. En algunas veo pigmentos que son todos diferentes: hay varios pigmentos verdes —o clorofilas—, también hay varios rojos y amarillos, depende de la célula; pero en otras no los hay. En éstas hay vejigas llenas de sustancias azucaradas. Pero en aquéllas no. ¡Qué hermoso es el interior de cada una de estas células! Y cada una de ellas es única.

Una enorme cantidad de lípidos cuidadosamente estructurados, estabilizados y bien organizados. Una no menor cantidad de proteínas, muchísimas, incontables, trabajando duramente en ese caldo lleno de membranas —todas diferentes— para que una sola célula funcione bien… y todas las células funcionando bien para que esa rosa siga siendo lo que es. Todo eso, gracias a esas proteínas.

Partes de una rosa¡Qué hermoso!

Cada una de esas células tiene un núcleo, y según qué tipo de célula sea, tiene una parte de la cromatina desenrollada, u otra. De nuevo hay diferencias. ¿Qué hay ahí dentro?

Si desenrollo toda esa cromatina, me encuentro con su ADN. Una molécula que es única de esa planta. No existe ningún otro individuo en todo el Universo, que tenga el mismo ADN —salvo que sea producto de una clonación—. Es único. Además, ese ADN se ha formado gracias a la unión de dos células, unión que se produjo gracias a que un insecto llevó un granito de polen de una rosa a otra rosa —diferentes ambas a la que estoy observando—. Y ese grano de polen pudo haber sido cualquier otro grano de polen. Pero no. Fue ese, ese y no otro. Y gracias también a que la semilla formada germinó.

Y el padre y la madre además surgieron de forma similar. Y los abuelos también. Y así sucesivamente, en un proceso de evolución —artificial en las últimas pocas generaciones, y natural en todas las demás— que lleva ocurriendo más de 3 000 000 000 años. ¡Esta rosa es en si misma un milagro de la naturaleza!

No sólo nunca ha habido una rosa igual, ni nunca la habrá, sino que la mera existencia de esta rosa, tal y como es, es además una enorme combinación de suerte y selección. Podrían haber sido miles de millones de combinaciones diferentes, que nunca ocurrirán. Pero de entre toda esa enorme variedad, y contra todo pronóstico, la rosa que tengo es esta y no otra.

Y mucho más hermoso es, rizando el rizo, que esa rosa sea, al fin y al cabo, una prima lejana mía —muy muy muy lejana, de varios millones de años de lejanía—. ¡Cuán diferentes somos, y a la vez cuán parecidos!

Personalmente, valoro mucho más la belleza de una rosa cuando soy capaz de comprenderla. Personalmente, veo muchísima más belleza en lo que la rosa encierra, que su aspecto externo.

¿Y sabeis lo mejor? Que si no entras a conocerlo, todas las rosas parecen iguales. Un montón de pétalos de color variable, encerradas en cinco sépalos, y que encierran a su vez un montón de estambres y un estilo.

Y sin embargo, con solo deshojar unas pocas rosas, comprendes la verdadera belleza de todas las rosas: que cada rosa es única. Y desde el momento en que entiendes eso, ya no estás viendo una rosa, sino esa rosa. Esa rosa que es única, que nunca ha habido una igual, y nunca la habrá. Estás observando algo que no solo es hermoso, sino que además es único, que lo estás viendo tú, y muy pocas personas más lo han visto o lo van a ver. Que si cualquiera de las casi infinitas variables que han ocurrido en el planeta hubiera sido ligeramente diferente, no estarías viendo esa rosa. Esa rosa es un milagro de la evolución y de la vida, y es un tesoro del que sólo el que es capaz de comprenderlo, puede realmente disfrutarlo.

De otro modo, solo será una rosa.

Yo sólo invito a reflexionar.

 

Lcdo. Mg. Álvaro Bayón Medrano.

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