Beautiful boy: Siempre serás mi hijo

Sobre las adicciones ha habido espléndidas películas. El tema recurrente es el de las drogas, con títulos de gran calidad como «Réquiem por un sueño» (Darren Arofnosky, 2000), «Trainspotting» (Danny Boyle, 1996) o, por nuestros lares, «El pico» (Eloy de la Iglesia, 1983), por mencionar algunas. También las ha habido sobre la adicción al alcohol, como en «Leaving Las Vegas» (Mike Figgis, 1995), película tan “malrollera” que se te quitan las ganas de empinar el codo; o incluso la adicción al sexo, como en «Shame» (Steve McQueen, 2011). Son menos las que tratan el tema del tabaquismo, desde luego, y las que hay, como la magistral «El dilema» (Michael mann, 1999), se centran en la industria tabaquera y los mecanismos para ocultar sus tejemanejes, más que en los adictos; y es que cine y tabaco han formado un binomio del que se han lucrado ambas esferas simbióticamente. La adicción, pues, como odisea personal (y de quienes rodean al adicto), como trance que superar y del que aprender, aunque las secuelas siempre serán permanentes, es un subgénero en sí mismo. Complicado de abordar si no se quiere caer moralejas baratas o en superioridades morales, por no hablar de un amarillismo y un efectismo que ronden lo pornográfico. Con «Beautiful Boy: siempre serás mi hijo» –subtítulo que cae precisamente en eso que mencionamos y sacado de la chistera por nuestros lares– su director y coguionista (junto a Luke Davies), Felix Van Groeningen, nos cuenta una historia de adicciones y recaída. Muchas recaídas.

Basada en los libros de David Sheff –»Beautiful Boy: A Father’s Journey Through His Son’s Addiction» (Hoghton Mifflin, 2008), traducido en España aprovechando el estreno de la película por DeBolsillo con el título «Mi hijo precioso» («Beautiful Boy»)– y de Nic Seff, «Tweak: Growing Up on Methamphetamines» (Atheneum Books, 2009), los personajes protagonistas del filme, interpretados respectivamente por Steve Carell y Timothée Chalamet, la película engañará a pocos (siempre queda algún incauto) que se acerquen a una sala de cine y estén algo informados. Es la historia de un padre por sacar del pozo de la metanfetamina a un hijo al final de la adolescencia, lo cual le convierte en un “padre coraje” de libro y que en cierto modo supone el elemento, por decirlo de alguna manera, “positivo” y motivador que da algo de sentido a ese subtítulo. Y es la historia de un chaval que, sin aparentes motivos para caer en la droga (¿hay alguno?, se dirá) o que expliquen porque alguien que vive en un entorno familiar protegido acaba recurriendo a las drogas más allá de lo meramente lúdico en un principio, trata de superar la adicción y de superarse a sí mismo en el empeño de no recaer. Pero la recaída es constante, a pesar de las opciones (la desintoxicación, los programas de rehabilitación, el apoyo de un sponsor), y la vida de Nic se convertirá en una lucha constante con uno mismo, siempre perdiendo, siempre al borde de la sobredosis final que acabe con todo (más de una vez la tememos).

En esa lucha por vencer a la adicción se muestra la relación entre padre e hijo –también con los hermanastros de Nic o sus dos madres, la biológica y la madrastra, interpretadas con convicción por Maura Tierney y Amy Adams, respectivamente–, y que es de calle lo mejor del filme gracias al buen hacer de Carell y Chalamet. La química que desbordan ambos actores entre sí es innegable y deja las mejores secuencias de la película, incluida la última. El empeño del padre por ayudar a su hijo, estar cerca de él, incentivarle a continuar con la desintoxicación es inspirador; también es agotador para el propio personaje, que en algún momento llegará a tirar la toalla y a certificar un fracaso que asume como propio. Resulta más escurridizo el papel del hijo, sus estrategias para engañarse a sí mismo y buscar recursos para seguir manteniendo una adicción que, tarde o temprano, acabará con su vida. Ambos actores dotan de verdad a sus papeles, algo que trasciende la pantalla y llega a los espectadores.

Beautiful Boy: siempre serás mi hijoEl problema del filme, que tampoco aporta sorpresas argumentales de gran calado, es la concatenación de situaciones que acaban por llevar al mismo punto: la recaída de Nic en las drogas y en especial en una tan destructiva como la metanfetamina. Las dos horas de metraje siguiendo las mismas pautas pasan factura, a pesar de una estructura narrativa que presenta diversos períodos de la vida de David y Nic y de su relación desde siempre; algo que en un principio ayuda a “conocer” mejor a los dos personajes, pero que se convierte en una fórmula rutinaria, como lo es la sucesión de fracasos del muchacho.

Cierto es que el director no carga (en demasía) las tintas en cuanto a los efectos destructivos de las drogas en el cuerpo humano (son mínimas las secuencias a lo «Pulp Fiction», para entendernos), y en su propósito de mostrar esa relación estrecha entre padre e hijo (con la canción de John Lennon que da pleno significado al título original) sustenta la esencia del filme y pone lo mejor del mismo; y también es verdad que en secuencias como las de Nic en la universidad o las David buscando información sobre el tema acabamos por acercarnos más que nunca al muchacho y la sensación de nihilismo a la que finalmente se rinde, y al padre y la búsqueda del remedio que saque a su hijo de ese pozo de oscuridad. Pero Van Groeningen podría haber hecho lo mismo con menos minutos, sin repetir la misma fórmula narrativa y con menos sentimentalismo en algunos momentos.

El resultado es una película que, con una cierta sutileza en un primer tramo, nos acerca al infierno de la adicción tanto de quienes la sufren como de quienes les rodean, y la fortaleza de unos personajes que se benefician del buen hacer de los actores que los interpretan. La gran suerte de Nic es que siempre tuvo a su familia cerca y, a pesar de sus constantes recaídas, no perdió (del todo) la fe que sus seres queridos continuaron depositando en él. Los espectadores, no obstante, puede que no mantengamos demasiado la fe en lo que vemos en la gran pantalla y en la evolución de una historia que a la postre da lo que da.

Óscar González
Historiador, profesor colaborador y tutor universitario, lector profesional, cinéfilo, seriéfilo..

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