Otro delicioso ejemplo de la Edad de Oro de la ficción detectivesca inglesa que Ediciones Siruela recupera para los lectores españoles. Publicada por primera vez en 1927, es quizá la novela más conocida de J. J. Connington, uno de los autores de género policiaco más populares de su tiempo.

Resulta difícil pensar en mejor escenario para un relato detectivesco que una casa de campo señorial en la campiña inglesa. Pero incluso eso puede hacerse aún más quintaesencial. ¿Cómo? Añadiéndole un laberinto vegetal a la finca.

Uno como el que aparece -mencionado en su título e idealizado en una bella ilustración- en la cubierta de este libro de J. J. Connington que Ediciones Siruela ha publicado recientemente, dentro de su Biblioteca de Clasicos Policiacos: «Asesinato en el laberinto»

Es en los dos centros de ese laberinto -de nombres tan románticos como El cenador de Elena y El estanque de Narciso– donde aparecen los cadáveres de los hermanos gemelos Roger y Neville Shandon, asesinados de una manera elaboradamente sofisticada (mejor no entrar en detalles que puedan restar un ápice de placer a la lectura).
El propietario de la finca de Whistlefield, en la que se ubica el laberinto, era Roger Shandon. Un hombre de oscuro pasado y turbio presente, lo que parece apuntar a algún ajuste de cuentas.
Pero también su hermano Neville -quien se encontraba pasando unos días de descanso en la propiedad de su hermano- corría un cierto peligro, al ejercer como abogado de la acusación en el juicio contra un hombre de negocios tan poderoso como carente de escrúpulos.

El jefe de policía Sir Clinton Driffield se encuentra casualmente en los alrededores de Whistlefield, pasando unos días en la hacienda de su amigo Wendover, un caballero asentado en esa zona de la Inglaterra rural (lo que los ingleses llaman un esquire) e inmediatamente se pone al frente de la investigación del doble crimen. Wendover le ayudará, adoptando un papel de “Escudero”, término con el que el jefe de policía apoda jocosamente a su amigo.

Los diálogos introducen en las páginas de la novela reflexiones sobre el género policiaco, e incluyen frases tan elaboradas como ésta:
«La divergencia de la normalidad es el eslabón más débil en la cota de malla de un asesino»

Desde Holmes y Watson (con cuya sombra juega indisimuladamente Connington en la novela) estos tándem protagonistas han gozado de gran popularidad en la narrativa policiaca. Su interacción facilita la exposición de las pistas y los avances en las investigaciones. Su contraste humaniza y perfila los caracteres de los personajes.
En esta novela esto está particularmente bien logrado, resultando una pareja muy creíble y equilibrada. Wendover no es ningún necio (aunque guste de aparentar cierta cortedad de miras) y su automóvil y conocimiento de la zona aportan dinamismo al inteligente, comedido y profesional Driffield.

Los diálogos entre ambos, con el primero tratando de sonsacar al segundo, no solo sirven como medio para informar al lector de elementos importantes del caso. También hay en ellos conversaciones que trascienden la trama e introducen reflexiones sobre el propio género policiaco.

Los habitantes de la casa de Whistlefield son  Ernest, el haragán hermano menor de los gemelos asesinados, y sus dos sobrinos huérfanos, Sylvia y Arthur Hawkhurst. La joven Sylvia lleva las riendas de la casa, mientras que su malhumorado y descentrado hermano mayor, Arthur, se recupera de una encefalitis. Además, invitados por Sylvia, los jóvenes Howard y Vera están pasando unos días allí. Son ellos quienes descubren los cuerpos durante una incursión en el laberinto.
Completan el abanico de personajes el eficiente secretario Stennes, un médico vecino experto en toxicología, el doctor Ardsley, y un oscuro merodeador, Costock.

A todos ellos hay que sumarles otro elemento protagonista: el propio laberinto, que mantiene una importancia capital a lo largo de toda la novela. Con sus ochocientos metros de intrincados senderos y sus impenetrables setos de tres metros y medio de altura, puede ser tanto un agradable lugar de solaz como un entorno opresivo y amenazante.

«Asesinato en el laberinto» reúne un compendio de elementos que los lectores esperan encontrar en una buena novela de detectives inglesa de la Edad de Oro: casa de campo señorial; habitantes y vecinos con pasados y caracteres intrigantes; asesinatos sofisticados y un punto exóticos; pareja formada por investigador perspicaz y compañero que le sirve de contrapunto; diálogos ingeniosos y que demuestran conocimiento del género; trasfondo de pasiones humanas; humor socarrón; sospechosos, pistas y móviles en abundancia...

Todos combinados con maestría en un relato equilibrado, que fluye con agilidad y emoción hasta que el misterio es desentrañado, sin asombrar dramáticamente al lector pero sin decepcionarlo tampoco en absoluto.

«Asesinato en el laberinto» reúne un compendio de elementos que los lectores esperan encontrar en una buena novela de detectives inglesa de la Edad de Oro, combinados con maestría en un relato equilibrado.

La traducción del inglés ha sido obra de Esther Cruz Santaella, quien emplea un lenguaje preciso y directo que contribuye al ritmo ágil del relato.
(Como apreciación personal, debo decir que aunque tuve varias armas largas y cortas de aire comprimido durante mi adolescencia, nunca escuché el término “escopeta de viento”, que es el que se usa en esta obra y aparece en el diccionario de la Real Academia Española. Empleábamos los términos “escopeta de perdigón”, “escopeta de aire comprimido” o, más rara vez por pasado de moda, “escopeta de balines”).

Respecto al libro como objeto físico, destacar dos cosas:
Por un lado, y una vez más, la atinada elección de Gloria Gauger para la ilustración de cubierta. Por otro, que «Asesinato en el laberinto» recupera el tamaño habitual de esta Biblioteca de Clasicos Policiacos, tras los dos anteriores títulos publicados, ligeramente más altos debido a su extensión.

 

J. J. Connington es el seudónimo de Alfred Walter Stewart (1880 – 1947) científico que dedicó su vida, como investigador y docente, al estudio de la Química en distintas universidades.

Como novelista a tiempo parcial, escribió diecisiete novelas de detectives y una obra de ciencia ficción. Lo hizo entre 1923 y 1947, empleando para firmarlas el seudónimo de J. J. Connington. Creó varios detectives de ficción, entre ellos el superintendente Ross y el jefe de policía Sir Clinton Driffield. Sus novelas fueron admiradas por algunos de sus más ilustres contemporáneos, como Dorothy L. Sayers o John Dickson Carr.

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