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El Hobbit, de J.R.R. Tolkien |
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A pesar de ser considerado por muchos un libro menor, nos encontramos con una historia de la que a medida que crecemos y releemos podemos destacar mayores cosas. |
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“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit”. Con esta sencilla frase del estilo de las tan populares, "Érase una vez, en un país muy lejano", que podemos encontrar en gran número de cuentos infantiles, comienza nuestra historia. A pesar de tener entre nuestras manos lo que se considera la precuela del tan exitoso El señor de los anillos, este libro no deja de ser lo que parece, un cuento infantil. Más de uno puede no estar de acuerdo con esta afirmación, pero aunque como yo, tenga un gran cariño a este libro, aunque su extensión, su vocabulario o incluso alguno de los fragmentos del mismo no sean de lo más apropiado para los lectores más jóvenes, hay que reconocer que las aventuras que en él se viven, la naturaleza de nuestro héroe e incluso la manera en la que este es tratado, nos lleva a enmarcarlo en esta categoría.
Cuando eres una criatura y tus padres te explican cuentos del estilo de "Juan sin miedo", "La cenicienta" u otros menos populares, te encanta enfrascarte en las aventuras que estos viven, necesitas pensar que puedes abandonar tu vida aunque sea por unas horas, vivir grandes aventuras y regresar a la hora de la cena para descansar tranquilamente en tu acogedor hogar. Básicamente esto es de lo que trata "Historia de una ida y un regreso", más conocido como El Hobbit. Bilbo Bolsón es aquel protagonista cuya raza comenzamos a conocer en esa primera frase que tan conocida ha llegado a ser. Por suerte, el autor no tarda en desvelarnos que un hobbit es, por así decirlo, un hombrecillo de pies grandes con una vida tranquila que disfruta de la buena comida y de los pequeños placeres. Así que lo que tras leer esa frase inicial podríamos augurar como una fábula, crece un poco, eso sí, sin olvidar su espíritu infantil.
Nuestro aspirante a héroe, Bilbo Bolsón, disfruta del paso de sus días tranquilamente acomodado en su envidiable agujero hobbit en lo que se conoce como La Colina; esta pequeña raza es una de las que podríamos asegurar casi sin equivocarnos que vive para comer, y es por ello, y por su educación de lo más "inglesa", es decir, no es capaz de decir lo que piensa directamente por temor a que se le considere maleducado, por lo que Bilbo sin quererlo ni beberlo se acaba citando para tomar el té al día siguiente con Gandalf, “un viejo loco”, que no hacía más que irrumpir en su agradable día, conocido en La Colina gracias a sus fuegos de artificio. Y llega el día, y la tan obligada cita es olvidada por Bilbo hasta que a media tarde se escucha un repiqueteo en la puerta principal: de repente Bilbo recuerda al mago, al inoportuno anciano que viene a fastidiarle la tarde. Mientras intentaba inventar una excusa por retrasarse en la apertura de la puerta, algo inesperado sorprendió a nuestro protagonista. Nada menos que un enano esperaba tras la misma: "Dwalin, a vuestro servicio". Varias veces más se escuchó el repiqueteó en la puerta y una vez tras otra Bilbo acudió a la puerta esperando al mago y encontrándose más enanos: Balin, Kili y Fili, que dieron entender a Bilbo que aún restaban unos cuantos de ellos por llegar. En efecto, a continuación llegaron Dori, Nori, Ori, Óin y Glóin; pero por si todos estos no fueran pocos, Bilbo aún acudió por última vez a abrir la puerta con desesperación deseando que fuera el mago de una vez quien estuviera tras la puerta y pedirle una seria explicación sobre aquel tropel de enanos que invadía su casa. Y por fin era el mago, eso sí, acompañado por unos pocos enanos más, que tras abrir el hobbit la puerta dieron un gran saludo al suelo: estos últimos eran Bifur, Bofur, Bombur y sobre todo Thorin Escudo de Roble, un enorme e imponente enano que Bilbo no tardó en averiguar que era descendiente de Reyes. Para no defraudar a sus inesperados invitados, Bilbo sacó diversos tipos de pastas y té para todos. Dada la gran cantidad de personas extra que había en la merienda, el pobre hobbit tuvo que agotar las existencias de su almacén, todas las viandas y la cerveza. Antes de concluir la noche, los enanos resolvieron (con alguna “ayuda desinteresada” de Gandalf) que su nuevo amigo tenía que acompañarles sí o sí en su viaje para recuperar su antiguo reino ahora sojuzgado bajo las fauces de un dragón. ¿Dragones… pero de verdad existían? Bilbo no sabía si sus huéspedes habían bebido en exceso o eran de por sí algo dados a la locura.
Tras despertar en su casa tras una noche de copiosas cenas, música y extrañas historias se encontró un ultimátum: o decidía acompañar a los enanos en su loca empresa o tendría el odio de éstos por siempre. Bilbo odiaba las aventuras, aunque por otra parte éstos habían prometido pagar al contado sus servicios; no entendía muy bien con quien le habían confundido pues no reconocía en él cualidad alguna y menos como saqueador, como se empeñaban en llamarle, pero aún así se dirigió a la taberna El Dragón Verde para partir hacia su nuevo destino.
Atravesar La Comarca, la tierra de los hobbits, no fue gran problema, con buenas posadas para descansar y hacer más placentero su camino. Pero al llegar a las Tierras Solitarias se vieron obligados a avanzar por caminos enlodados que hacían complicado su avance, por este motivo decidieron acampar y así poder resguardarse de la lluvia. En ese momento repararon en que Gandalf no seguía con ellos, pero no era cuestión de ir en su búsqueda. Los enanos y el pobre Bilbo estaban calados hasta los huesos y sin poder hacer un buen fuego debido al mal tiempo, y de pronto una luz se asomó a lo lejos, bien podría ser un molino, un incendio o algo peor; así pues que mejor remedio que enviar al “saqueador” a investigar. ¿Saqueador? A Bilbo le volvió a la mente aquella palabra ¿A él querían enviarle? ¿Él, que no era capaz de salir de su habitación en un día de tormenta a menos que tuviera tanta hambre que le abotargara el miedo? Estaba decidido, los enanos querían ver como el pequeño hobbit se ganaba el dinero que le habían prometido. Y hacia la luz fue nuestro héroe.
Así comienza una de las muchas aventuras en las que se encontró Bilbo tras abandonar su confortable agujero hobbit. Como muchos de nosotros, Bilbo se hizo unas preguntas de lo más lógicas: ¿He hecho bien en dejar mi hogar para emprender un viaje de locura? ¿Cuánto tiempo estaré fuera? ¿Sacaré algo de oro para reponer todos los pastelillos que han engullido los enanos? ¿Regresaré vivo? Nos encontramos con un libro lleno de aventuras y monstruos, con trolls, trasgos (orcos), elfos y otros seres horribles, incluido al ya mencionado dragón Smaug. Esta obra del celebérrimo John Ronald Reuel Tolkien, es una fábula de lo más aconsejable para iniciarse en la literatura fantástica, pues es ameno de leer sobretodo para aquellas personas que se empiezan a introducir en la lectura, como suelen ser los niños y jóvenes. Además, resalta la amistad, la superación personal, los valores elementales y sobretodo algo fundamental: hay que avisar a la familia si decides emprender un largo viaje para que no se preocupen por uno.
Para los más curiosos, leer este libro es una de las mejores maneras para saber como llegó a las manos de nuestro héroe el tan famoso anillo del que tanto se ha hablado en las demás obras del autor británico: “El señor de los anillos”, “El Silmarillion” o en alguna de sus otras obras póstumas publicadas por su hijo Christopher Tolkien. También cuenta como se trabó la amistad tan duradera entre Gandalf y Bilbo. Mucha gente considera que antes de leer “El señor de los anillos” hay que leer “El hobbit” para hacer mérito al orden cronológico de la historia, y estoy de acuerdo con esa afirmación siempre que se interese uno por la historia completa, no única y exclusivamente por hacerlo de manera ordenada. En mi opinión el factor cronológico de la historia del Anillo Único es una de las menores razones para leer previamente “El hobbit”. Considero mejor leerlo antes para que el lector comparta su propia evolución personal con la de nuestro héroe, al igual que de sus descendientes, que madure con el texto, como ocurre en muchas otras sagas, como por ejemplo Harry Potter.
Como apuntaba al principio, “El Hobbit” no se trata ni más ni menos que de un cuento para niños, así lo creyó Tolkien cuando escribió este gran relato para sus hijos, con grandes aventuras, grandes hazañas, grandes dragones y pequeños héroes. Gracias a uno de esos locos bajitos, el libro pudo ver la luz en 1937: se trataba ni más ni menos que del hijo del editor Stanley Unwin, que escribía informes sobre libros para su padre, y que le convenció para que publicara el relato fantástico de un profesor de filología inglesa. A pesar de ser considerado por muchos un libro menor, nos encontramos con una historia de la que a medida que crecemos y releemos podemos destacar mayores cosas. Cuando la lees por primera vez, te cautiva el pequeño héroe, así como te asombra la astucia del dragón alado o la sensibilidad y avaricia que siente hacia su gran tesoro, o con los animales del gran Beorn, que son capaces de ayudar más que uno mismo en las labores del hogar. Cuando lo relees te sientes atraído por el poder del mago Gandalf, casi tanto como con su ironía perpetua, por la cabezonería de los enanos y la avaricia constante que tienen muchos humanos, cualidad traspasada en ocasiones a los elfos o de otros muchos males que nos atenazan incluso en nuestra realidad cotidiana.
La frase que definiría bien a este libro sería una de C.S. Lewis, compañero y durante mucho tiempo amigo de Tolkien en los Inklings: “Todos los que aman esos libros para niños que pueden ser leídos y releídos por adultos han de tomar buena cuenta de que una nueva estrella ha aparecido en esa constelación”.
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