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       Artículo de literatura

El hombre sin atributos (estuche, vols. I y II), de Robert Musil


 Historia
Fco. Martínez Hidalgo   16/01/2012
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     Devorarla es un placer que debiera ser obligación y que está, gracias a Austral, al alcance de cualquiera. No se lo piensen un segundo.
Portada de El hombre sin atributos (estuche, vols. I y II), de Robert MusilCualquier lector contemporáneo está, seguramente, y a estas alturas de la película, hasta el gorro de oír hablar de la “Gran Novela Norteamericana”. Una etiqueta de marketing para mamotretos infumables o escritores del momento que, con el paso del tiempo y de las obras, van perdiendo toda relevancia para cedérsela al protagonista del siguiente intento. Un círculo vicioso de creciente relevancia comunicativa, y por ello también causa de creciente frustración por el evidente flagrante fracaso de esta profecía autocumplida jamás realizada.

Esta comunicación editorial embaucadora, tramposa, nos presenta una esperanza: la de poder encapsular el momento sociohistórico de toda una comunidad entre las frágiles tapas de una novela; que no es sin embargo el producto de una mentira consciente. La sociedad estadounidense, y por extensión su sistema literario, resulta víctima grave de un Síndrome del Súper Héroe que los lleva a pensar que son capaces de conseguir, e incluso superar, lo que otros alcanzaron con éxito antes que ellos –no se espera menos del pueblo elegido para expandir los límites de la libertad.

Las evidencias acumuladas en las últimas décadas nos muestran, sin embargo, que todo intento surgido desde la frustración no puede si no resultar vano. Así que ya pueden seguir intentándolo… y esperando el poder conseguirlo algún día. Por este camino no lo conseguirán jamás.

Con todo, harto y cansino como estoy de tanto dale que dale con la dichosa etiquetita de las narices, comprendo perfectamente su frustración cuando sí veo y leo la “Gran Novela Europea”. Más aún cuando no se trata de una, sino de muchas grandes novelas escritas por plumas que jamás persiguieron un objetivo ni siquiera parecido pero que, con una ambición creativa desbordante y extremo sacrificio personal, consiguieron trascender su vida hasta convertir sus historias en la Historia de todos. Una lista que incluye nombres como los de James Joyce, Thomas Mann o, por supuesto, Robert Musil.

En un presente sin liderazgo, de incierta desesperanza y evidente pesimismo, donde las frustraciones y las inadaptaciones parecen dar rienda suelta otra vez a una creciente violencia social e institucional, el retrato de Ulrich y su tiempo vuelven a resultar espantosamente reconocibles y familiares.

La mirada de Robert Musil (1880-1942) hacia su propio contexto, desplegada magistralmente en ‘El hombre sin atributos’ (Austral, 2011, disponible en FantasyTienda), la definieron la paciencia y la distancia. Estaba en 1930 cuando publicó el primer volumen de la novela que, inacabada, interrumpió su muerte inesperada en 1942. En todo este tiempo, más de dos décadas de arduo trabajo, casi diario, agotador y con épocas de ansioso hastío, mantuvo inalteradas su intención y su tono originales: la de reflejar con agria ironía el pesimismo de una Europa rota en mil pedazos –a su muerte aún quedaban muchas más astillas por saltar y huesos por quebrarse. Pues fue durante su última juventud cuando vio a sus conciudadanos matarse hasta la extenuación durante la Gran Guerra, y que en su madurez volverían a intentarlo, superando incluso los límites de su inhumanidad, favoreciendo con su pasividad el ascenso del nazismo, poniendo con su actitud las bases de la IIª Guerra Mundial.

El pesimismo de Robert Musil resulta un síntoma del negativismo antropológico que sobre el ser humano habían contribuido a extender en su tiempo autores como Herbert Spencer, en obras como ‘El individuo contra el Estado’ (1884). Decisivamente influyente en otros contemporáneos suyos como H.G. Wells, en ‘La guerra de los mundos’ (1898), u Oswald Spengler, en ‘La decadencia de Occidente’ (1918). De esta forma, la inédita violencia desplegada en este comienzo del s. XX venía a confirmar ese inconsciente lado oscuro enunciado por las también entonces emergentes teorías freudianas, que impelían al hombre a proyectar su frustración en forma de violencia, a impedir poseer al Otro lo que el Ego no podía poseer, a matar y autodestruirse antes de vivir frustrado o alienado. Se extendía así la creencia en un ser humano incapaz de gestionar satisfactoriamente los retos de la modernidad.

El hombre sin atributos’ se asienta en la época previa a la Gran Guerra, precisamente, como intento por desvelar los mecanismos psicológicos y sociológicos que generarían toda esa frustración; de la que Robert Musil había sido testigo directo–sirvió en el ejército austro-húngaro durante la Iª Guerra Mundial- y víctima –se exilió a Suiza tras la cómoda invasión de Austria por Alemania en 1938. En esta novela Robert Musil intenta exponer sus reflexiones alrededor de las causas que explican el estado de su realidad, de su cotidianeidad, utilizando para ello su conocimiento y su experiencia.

Robert MusilA Ulrich, protagonista representante de la apática y acomodada clase burguesa de comienzos del s. XX, no le sobra lo que tiene, pero tampoco nada le llega para afrontar con suficiencia una vida carente de retos, estímulos o emociones. Sin mapa ni brújula vital decide dedicar un tiempo al conocimiento de su entorno, como fórmula para percibir y decidir los objetivos a los que dedicar el resto de su existencia. Con esta búsqueda Musil dibuja un personaje vacio, impersonal y en blanco, una tabula rasa sobre la que inscribir los avatares sociales e intelectuales del momento. Tanto potencial… para que nada pase, para que su vida permanezca plana, para que su profesión de matemático lo encierre todavía más en la dinámica de las visitas sociales y las reflexiones filosóficas.

Esta vida aparentemente desaprovechada ejerce, con todo, la inmensa fuerza simbólica del prototípico ser moderno, de una extendida actitud vital carente de vida, de una resignación indolente ante todos los trascendentes acontecimientos que rodeaban ese momento –y que el lector conoce. La mayor crítica se ejerce, por eso, mediante el tono irónico, ácido y agrio, por veces cruel hasta el extremo de alcanzar el grado de sátira o incluso de absurdo, con el que denigra a sus personajes. La carcajada ante una forma de ser, la ridiculización de un patrimonio cultural, el descrédito de una hueca fachada moralizante pero carente de valores significativos, coartada de un porvenir monstruoso, desalmado y descorazonador. En cierto sentido, Ulrich funciona como el algodón ante cuya perenne pureza podemos comprobar la oquedad del patrimonio cultural, moral y social que suponía el comienzo del s. XX. Una dejadez permisiva con el odio y la violencia, base para todo lo que vendría después.

Seix Barral publicó por primera vez ‘El hombre sin atributos’ en 1969, reeditado en dos volúmenes en 2001, se edita ahora por Austral en un estuche de precio económico, pero con una traducción sí a la altura del lector más exigente.

Al valor de la calidad en su edición por Austral, debemos sumarle la impresionante vigencia de ‘El hombre sin atributos’ (Austral, 2011). En un presente sin liderazgo, de incierta desesperanza y evidente pesimismo, donde las frustraciones y las inadaptaciones parecen dar rienda suelta otra vez a una creciente violencia social e institucional, el retrato de Ulrich y su tiempo vuelven a resultar espantosamente reconocibles y familiares.

Como entonces Robert Musil criticó con dureza aquellos polvos desde los lodos en los que después derivó, nosotros tenemos la oportunidad de repasar ahora su obra sin todavía haber experimentado las peores consecuencias de nuestra época. La dureza de su mensaje y su lección resonaron con fuerza en el s. XX y llegan hasta nosotros con plena actualidad.

He aquí, entonces, el gran misterio de esta Gran Novela Europea, el ser capaz de pergeñar un ejercicio de imaginación capaz de encapsular el pasado de forma tan transcendental que, con el paso del tiempo, conserva su fuerza tanto como su utilidad. Devorarla es un placer que debiera ser obligación y que está, gracias a Austral, al alcance de cualquiera. No se lo piensen un segundo.

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