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       Artículo de literatura

Las flores del mal, de Charles Baudelaire


Eidián   14/10/2011
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     La traducción de Pujol es una buena opción para acercarse a Baudelaire, lleva consigo el prestigio de la colección Austral, es monetariamente asequible y nos introduce en el mundo romántico.
Portada de Las flores del mal, de Charles BaudelaireHablemos de poesía... y que no me salga nadie corriendo. Prometo no aburrir a la distinguida concurrencia. Incluso puede que al bienintencionado lector se le pegue algo…Con suerte, que dirían algunos, algo muy, muy malo. Pillines.

Decía Charles Baudelaire, el poeta con el que voy a batallar en estas líneas, ideal de poeta “maldito”, francés y del siglo XIX para más referencias, que la estupidez y el error (…incluso puede que el pecado) son sin duda serios contrincantes a los que enfrentarse cuando uno se encara con un lector, aunque él atribuía tan sanas “virtudes” tanto al escritor como a quien le lee. De cualquier forma, pido comprensión ante mi primera crítica de un libro de poesía porque gustar de los poemas es una cosa pero dárselas de entendido, o siquiera de enterado, sobre un tema tan hermoso y complicado es como tirar balones al árbitro y esconderse detrás de la portería. Todos te ven el plumero, pardillo.

Aparte, he de añadir que la redactora aquí presente (metafóricamente hablando) tiene un serio problema con las traducciones de poesías lo cual tiene su miga. Juzguen ustedes mismos. Esta crítica no sólo es sobre poesía y sobre el poeta que la forjó sino que también se lanza sobre la yugular del traductor (otras vez metafóricamente hablando) que se ha arriesgado a dar su versión sobre ese poemario, es decir, sobre "Las flores del mal" (disponible en FantasyTienda) de Charles Baudelaire en la versión de Carlos Pujol publicada por Austral este año 2011.

Retomando la primera persona y mi dificultad a la hora de afrontar las traducciones poéticas, reconozco que si entiendo el idioma original, aunque sólo sea por encima, prefiero mi propia lectura por muy deficiente que ésta resulte. El caso es que me he habituado a las correspondencias lo más fidedignas posibles con los textos escritos y esto me sucede tanto con la poesía como con la poca prosa que me arriesgo a leer en versión original porque, con sinceridad, no son lo mismo cien páginas de 15 versos cada una que otras cien de formato Times New Roman, a espacio y medio y sin puntos y apartes que valgan.

Lo mío con la poesía en versión primigenia es un romance que comenzó hace una década, cuando me dio por leer a los poetas románticos ingleses en su idioma (la indigestión que me di con Coleridge, Keats y compañía no se la recomiendo a nadie). Mi inglés hablado no es que mejorase mucho (otro día cuento mis problemas con el “had” y mi profesora de la academia) pero, al menos, luego pude afrontar los libros de Patrick O´Brian tal y como los escribió que a mí los buques de vela, la Armada Inglesa, Maturin, Jack el Afortunado y demás me pirran.

Recomendaría no quedarme sólo en esta versión y seguir investigando, buscar apoyos teóricos e históricos que esta edición no proporciona y, como ya he sugerido, asomarse a la poesía de Rimbaud y Verlaine, que esos si que fueron el súmmum del simbolismo francés.

En conclusión, después del trance marino, llegué a una valiosa conclusión de perogrullo: la literatura en prosa es más susceptible de ser traducida que la poesía porque, si el traductor es bueno, puede permanecer mucho más fiel al texto original. Cuando ya se mete de por medio la rima, los tipos de verso, las estructuras, el lenguaje de la época del poema enfrentado al de la época del traductor y otras muchas cosas que no me apetece enumerar ahora, las traducciones parecen referirse a poemas completamente distintos.

Ejemplo didáctico (¡que no me salgan corriendo, leches!) y breve sobre una cuarteta de Heinrich Heine (escojo al germánico por lo del romanticismo, porque el alemán mola y porque me ha dado por ahí), a la que sigue Eugenio Florentino Sanz (su primer traductor al español hacia mediados del siglo XIX) y otras traducciones actuales. Empiezo con el original, poema 64 del libro "El regreso":


Du hast Diamanten und Perlen
Hast alles, was Menschenbegehr,
Und hast die schönsten Augen -
Mein Liebchen, was willst du mehr?


Tienes diamantes y perlas,
y cuanto hay que apetecer;
y los más hermosos ojos...
¿Qué más anhelas, mi bien?

Tienes diamantes y perlas
cuanto adora la mujer;
tienes los ojos más bellos.
¿Qué más deseas, mi bien?


Tienes perlas, diamantes,
todo cuanto vosotras anheláis;
tienes ojos hermosos cual ningunos:
dime, ¿qué quieres más?

Tienes diamantes y perlas
Tienes cuanto el hombre ansía,
Tienes los ojos más bellos:
¿Qué más quieres, vida mía?


Tienes diamantes y perlas
tienes todo lo que el ser humano desea,
y tienes los ojos más bellos.
Mi amor, ¿qué más se puede pedir?


Por poner, pongo que una de las traducciones es mía. Y hasta aquí puedo leer. Por lo menos parece que todos los traductores estamos de acuerdo en que la chica tenía diamantes y perlas, lo cual es un consuelo. El resto del poema…Vamos, que sobre gustos no hay nada escrito (la tercera traducción es que me tiene patidifusa). Y en las traducciones tiene mucho que ver el que se haya intentado respetar la rima de la cuarteta original (A-B-A-B) así como los versos octosílabos (saquen los deditos y cuenten sílabas, que nadie se va a morir). Podría poner cual es mi favorita pero creo que lo voy a dejar para otra ocasión en la que no hiera susceptibilidades. Y, por si acaso, no, no es la mía.

Dejando claro que la traducción de poesía es un mundo, cada cual puede hacer su traducción sin que por eso deje de ser válida. Luego vendrán los especialistas y darán el rapapolvo porque siempre hay puristas dispuestos a quitarte la alegría después de dejarte los ojos en el diccionario y en los tochos de gramática.

Las editoriales, que al fin y al cabo quieren vender tanto como ganar prestigio (…para vender más), suelen encargar a estos puristas, perdón, quiero decir especialistas, la traducción de ciertos títulos que se consideran clásicos y que, al no contar a su favor con la novedad, tienen en su ayuda la considerable carga de la calidad reconocida de la obra así como el prestigio del traductor. Es por ello que no entiendo que Austral presente a Carlos Pujol, un reconocido especialista en literatura francesa, crítico literario, novelista, historiador y con varias páginas de curriculum, como traductor de "Las flores del mal" de Baudelaire y le haya dejado suelto sin llevar a cabo ni un miserable estudio literario sobre el autor y su obra. Este hecho me lleva a temer que todo se deba a que Pujol publicara este título con la editorial Planeta varios años atrás.

Charles Baudelaire

Planeta, nueva propietaria de Austral, ha dado a luz varias ediciones del libro de Baudelaire cuya traducción corresponde al insigne Carlos Pujol y, a no ser que al hombre le guste revisar su trabajo periódicamente, creo que todas se refieren a la que hizo por primera vez para la editorial en 1984. Me imagino que para esa primera edición si que haría un trabajo introductorio pero aquí, de forma bastante decepcionante dado el largo camino de la editorial Austral, se ha limitado a pergeñar unas páginas muy románticas y muy espirituales sobre Baudelaire y su muerte y se acabó. Si no fuera por la cronología que antecede a los poemas, los posibles lectores lo iban a tener claro para situarse históricamente ante la obra. Y la obra, señores, merece un análisis en toda regla…Y, que demonios, la trayectoria de Austral también.

Por más que he mirado no he visto que Austral hubiese publicado nunca la obra de Baudelaire con lo cual la falta de un estudio preliminar se vuelve más sangrante. Tampoco pido que sea una introducción como la que tengo en mi estantería sobre "San Manuel Bueno, Mártir", de Miguel de Unamuno, publicada por Austral en 1991 y con casi cien páginas de introducción (con notas y cronología) para un texto que de seguro no llega al centenar, pero siempre hay un término medio. Por todo lo dicho esta edición, aún antes de leer la traducción de Pujol, me ha dejado un amargo gusto de boca.

He dicho antes que tenía un problema con las traducciones de poesía, ¿verdad?, pero creo que no he añadido que también tengo ciertas reticencias frente a Baudelaire y su obra. No se si se habrá notado hasta ahora pero he leído varias traducciones de la obra de Baudelaire en castellano e incluso me he comprado el original en francés porque muchas de las traducciones que llevaba a mis espaldas no me acababan de gustar. Al final he tenido que convencerme de que el problema estaba en mí, porque a veces he sentido como si el poeta no sólo se riese en mi cara, sino que buscaba la perplejidad de todos los lectores en general gracias a un distanciamiento que es más estético que otra cosa y que llega a resultarme vacío.

Sin duda el fallo es mío porque en otras ocasiones Baudelaire me embelesa con sus poemas breves dedicados a la muerte de los amantes, de los pobres o al misterio de los gatos (debilidades felinas las tenemos muchos). Lo que no aguanto son sus viajes a Citera, Lesbos o a cualquier otra parte e incluso sus diatribas sobre Dios, Caín o Satanás llegan a parecerme más un recurso para escandalizar a señoritas decimonónicas que una ideología firme. Entiéndanme, se que los poemas religiosos del poeta francés traslucen el rechazo a la religión católica de su tiempo, a sus convencionalismos y su burguesa explicación del bien. En ese sentido “La negación de San Pedro” me parece tremenda, muchísimo más que “Las letanías de Satán” que encuentro demasiado perfeccionistas e irónicas para conmoverme. Por eso mismo, a veces, sus poemas me dejan cierto tufillo de “levantémosles las faldas a las beatas a ver si tienen rodillas” que no logro olvidar. El poema “Don Juan en los infiernos”, que nada tiene que ver con la religión, tiene alguna estrofa que me suena puramente a grititos victorianos indignados.

Y, lo siento mucho, pero cuando el francés es romántico a paladas, cantando la belleza de las mujeres, como le han tratado y como le han aporreado sin cesar, no le aguanto por muy bellas que sean las imágenes o las metáforas. De hecho sus poemas amorosos a veces me tocan mucho las narices en ese sentido, como el poema “La cabellera” que por el lenguaje simbólico será precioso pero que me carga cosa mala con tanto pelo ensalzado. O ese autorregodearse en las desgracias propias de los poemas titulados “Esplín”…Aunque, por otro lado, ¿cómo no reconocer que acertó de forma sencilla y hermosa al calificar los ojos de los gatos como fanales desde los cuales nos observan fijamente? Ya digo, lo mío es admiración y odio a partes iguales.

Podría decir también algo sobre el propio Baudelaire, sobre sus poemas que se alzan como un tránsito entre el romanticismo y el simbolismo aunque, para mi gusto, siempre se viste más de romántico que de simbolista. Por otra parte reconozco que su visión de los gatos, por ejemplo, misteriosa y profunda, responde bien a los principios herméticos del simbolismo. Pero creo que para una descripción enciclopédica del buen hombre habría que acudir a la Wiki o, todavía mejor, buscar algún trabajo de un especialista serio. De cualquier forma, para poesía simbolista, recomiendo ir a las figuras claves del movimiento, Rimbaud y Verlaine, cuya lectura deja clara las diferencias respecto al autor de “Las flores del mal".

Poesía

En cuanto al trabajo realizado por Pujol, y volviendo al tema de las traducciones, reconozco que no me acaba de llenar, que es demasiado recargado para mi gusto y que cambia palabras y estructuras de frases de forma aún más “poética” que el original cuando Baudelaire no peca precisamente de ligereza de imágenes, de palabras sencillas o de falta de metáforas. Pido otra vez perdón por mi tendencia a poner ejemplos poéticos (hay cosas que no se pueden evitar) pero creo que es necesario…otra vez: el primer poema es la traducción de Pujol del poema “La muerte de los amantes”, después va mi versión (mala, malísima de seguro y creo que totalmente literal, pero necesaria para que se vea lo que quiero decir sobre la traducción recargada):

Habrá lechos que exhalen leve efluvio
y divanes profundos como tumbas
y en un estante flores extrañísimas
que un cielo más hermoso hizo brotar.

Prodigando los últimos ardores,
vamos a ser tú y yo grandes antorchas,
y su luz duplicada se verá
en las almas, idénticos espejos.

Un crepúsculo rosa y azul místico
nos daremos un último fulgor
como un largo sollozo hecho de adioses.

Más tarde abriendo puertas vendrá un ángel
que reavive gozoso y siempre fiel
los espejos sin luz, las llamas muertas.

Tendremos lechos llenos de suave olor,
divanes profundos como tumbas,
y extrañas flores sobre las estanterías,
nacidas para nosotros bajo cielos más bellos.

Consumiendo con insistencia sus últimos ardores,
nuestros dos corazones serán dos vastas antorchas
que reflejarán sus duplicadas luces
en nuestros dos espíritus, estos espejos gemelos.

Un crepúsculo hecho de rosa y azul místico,
trocaremos un destello único
como un largo sollozo, todo cargado de adioses ;

y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas
revivirá, fiel y gozoso,
los espejos oscurecidos y las llamas muertas.


Como no quiero resultar pedante (seguro que los pocos que han llegado hasta aquí piensan «¡a buenas horas!») debo de reconocer, por otra parte, el gran trabajo poético que Pujol ha realizado con la traducción pues, sin duda, su labor busca ajustarse a lo que se entiende como poesía romántica (con un toque simbolista) y, en base a ese conocimiento, ha sacrificado la literalidad del original y ha potenciado las imágenes del mismo en su versión al castellano. Yo prefiero otras versiones pero se ha de dar al César lo que es del César.

De todas maneras, como me imagino que la mayor parte de las personas no tienen tantas rarezas como yo a la hora de leer a poetas extranjeros y prefieren acercarse a ellos en castellano para no romperse la cabeza con diccionarios y demás, la traducción de Pujol es una buena opción. Lleva consigo el prestigio de la colección Austral (¡por favorcito que Planeta no destruya la labor de décadas de Espasa-Calpe!), es monetariamente asequible y nos introduce en el mundo romántico, dandy y muchas veces amargo de Baudelaire. Eso si, yo recomendaría no quedarme sólo en esta versión y seguir investigando, buscar apoyos teóricos e históricos que esta edición no proporciona y, como ya he sugerido, asomarse a la poesía de Rimbaud y Verlaine, que esos si que fueron el súmmum del simbolismo francés.

Para que, siguiendo de nuevo al maestro, no nos habite la estupidez, vamos.

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