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       Artículo de literatura

El adepto de la Reina, de Rodolfo Martínez


Eidián   20/04/2010
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     Un escenario bien tramado y resuelto del que aún quedan muchas cosas por decir: no podremos perder de vista las futuras novelas que continuen esta.
Portada de El adepto de la Reina, de Rodolfo MartínezComo me sucede a menudo últimamente, me encuentro entre las manos con una obra de un autor español hasta ahora completamente desconocido para mí, y, como últimamente también me ocurre ( y van…), ha resultado ser un autor muy bueno con un gran trabajo que poder alabar con justicia.

Eso me ocurre por no leer más fantasía española… Y ciencia ficción, y terror…

El caso es que la novela que hoy me toca reseñar, "El adepto de la Reina", del asturiano Rodolfo Martínez (Sportula, 2009, disponible en FantasyTienda), es una autoedición a partir de un sello editorial creado por el propio autor (asunto bastante arriesgado en nuestros días) que ha creado un universo propio para homenajear, entre otros a Ian Fleming, Robert E. Howard y algunos otros. Por lo que he leído sobre él, a Martínez le gusta revisitar personajes conocidos como ya hizo con el insigne Sherlock Holmes en varias de sus obras anteriores. Parece que ahora se ha decidido por reinterpretar a un personaje más moderno y, puede que para ciertos mitómanos contemporáneos, más atrayente… aunque yo lo odie hasta los tuétanos.

Es mayúscula la distancia que separa las novelitas de Fleming de la novela de Martínez: la profundidad de los personajes, sus motivaciones internas y sus decisiones que marcan el devenir de la acción.

Antes de entrar en más detalles es de destacar (y, al parecer, es algo que todos resaltan al hablar de este escritor y su obra) la cantidad de temáticas que se cruzan en la novela y que dan como resultado un relato híbrido en el que podemos encontrar desde algo semejante al steam-punk a la ciencia ficción más pura, fantasía clásica e incluso mitos y leyendas provenientes de la tradición celta (¿a alguien se le ocurre otro origen para los “hombres de hierba” pese a lo que el autor explica en los agradecimientos?). Y aún no hemos hablado de Bond, James Bond.

Aunque no estuviésemos sobre aviso antes de leer la novela, bastaría hojear el prólogo para saber a quién nos enfrentamos y reconocer en Yaxtor Brandan, adepto empírico al servicio de Su Majestad, la reina de Alboné, a un trasunto no oculto del mítico 007. Un ajuste de cuentas con el tipo que posee una licencia para matar. Un individuo que, por cierto, me produce ardor en el estómago cada vez que lo veo asomar por la pantalla (y eso que me he tragado todas sus películas, amando y detestando a Sean Connery y Pierce Brosnan por haberle interpretado); quizás sea por ese motivo que la explicación que Martínez da a su imposible seducción de toda mujer que se ponga a tiro me parece más plausible que el tipito del actor de turno que bastaba para dar fuelle a las películas. A lo largo de la lectura de toda la novela, además, me he estado preguntando si se habría planteado primero el autor como justificar la chulería y las victorias amatorias de su espía primero o surgiría antes la idea de los mensajeros, verdadero principio vertebrador del mundo que la novela despliega frente a nuestros ojos.

El mundo de los Pueblos del Pacto y El Martillo de Dios es extraordinariamente coherente aunque, en muchas, quizás demasiadas ocasiones, se nos hurten deliberadamente descripciones que podrían ayudarnos a desentrañar su complejidad. Porque es compleja esta tierra, con una serie de naciones y tradiciones a cada cual más dispar, intuidas muchas veces y someramente relatadas otras (Martínez se guarda sin duda varios ases en la manga sobre esto para el futuro).

El escritor nos da lo justo para que sepamos a que atenernos (buena idea la del mapa, sí) y colocar a cada personaje en su espacio y papel. Los secundarios son los apropiados para una buena novela de espías y parecen muchas veces sacados directamente de las páginas de Fleming: véase Orston Velhas, Adepto Empírico Supremo trasunto directo de M; véase Qérlex Targerian, clavadito a Q; véase a Fléiter Praghem que recuerda al aliado simpaticote de varias novelas de Bond. Esto en cuanto al bando de los “buenos” (ejem) ya que en el mando de los “malos”, Los Espectros (si, ya lo se. Martínez no se ha comido mucho la cabeza a la hora de deformar el nombre de Spectra, la archimala organización enemiga de Bond) tenemos al invisible Número Uno (¿Y? ¿No acabo de decir que Martínez no se ha comido la cabeza en este aspecto? Digamos, para que quede más bonito, que homenajea a Fleming y su obra), al Número Dos, Fleng (no me hagan repetir lo que ya he dicho…), y otros adláteres cuya aparición, de forma sorprendente, va a tomar un significado bien distinto de lo que parecía en un principio siendo ésta otra característica de la novela: pocas cosas van a resultar lo que simulaban ser en un principio.

Rodolfo Martínez, autor asturiano

En primer lugar Yaxtor Brandan va a ser mucho más que un chuleta incapaz de despeinarse al servicio de su reina: Yaxtor arrastra muchos demonios bajo su máscara impasible, demonios ocultos que no llegan a la superficie por mor de una ciencia y de una decisión tomada por otros que le ha privado de casi toda su humanidad. Sus acciones, muchas veces de una crueldad innecesaria, se van revelando a lo largo de la obra como resultado de un hecho trágico que sólo pasado el cenit de la novela comenzamos a vislumbrar. Pese a todo Yaxtor se nos muestra, en su perfecto papel de espía, como un imposible humano: un hombre como él no es natural, no puede surgir de forma natural. Fléiter Praghem lo resume de forma magistral al comienzo de la novela:

“Yáxtor no era real, se dijo Praghem. […]. Era como el puñetero personaje de un cuento, como si el mismísimo Arteg Praghem, el héroe que había poblado las historias de su infancia […] se hubiera reencarnado en él”.

Pero enfrentarse a estos héroes de leyenda siempre resulta peligroso porque se corre el riesgo de descubrir que aquello que sobre el papel resulta heróico y esplendoroso en la realidad no es más que crueldad y fría eficiencia de asesino. Bond rebajado al papel de Mister Hyde, ese es Yáxtor: como Hyde, surge de un laboratorio; como él borra a su anterior personalidad, la destruye para siempre.

Yáxtor se convierte de este modo en la perfecta maquinaria en manos de sus jefes que lo utilizan sin demasiados perjuicios (ah, la humanidad suele conllevar la mala conciencia) para salvaguardar el mundo que conocen y sin el cual se encontrarían perdidos. Para lograr ese fin todo vale: violar y manipular a una chiquilla de apenas catorce años; aniquilar a cualquiera que se ponga por delante; convertir a una mercenaria lesbiana en todo lo que odia… Asesinar a todo el que se atreva a amarnos, de forma real o forzada. Sólo importa el resultado final.

Bond, el inmoral, no el amoral, pues conoce las reglas del mundo en el que vive.

Y, a pesar de todo, no se puede evitar sentir cierta simpatía por semejante personaje, pues tras su fachada de frío criminal implacable aún se hallan ciertas dosis de humanidad, pequeñas pero reales.

No voy a desvelar como acaba el asunto (en el que hasta la propia reina de Alboné toma baza) pero si han visto alguna película o leído alguna novela de James Bond ya saben como puede terminar…aunque hay algún detalle de retranca y liberación final bien distinto.

Ese mismo final nos muestra hasta que punto es mayúscula la distancia que separa las novelitas de Fleming de la novela de Martínez: la profundidad de los personajes, sus motivaciones internas y sus decisiones que marcan el devenir de la acción. Si sumamos un escenario bien tramado y resuelto del que aún quedan muchas cosas por decir (quizás aquí se vea más la influencia de Howard a la que Martínez alude en los agradecimientos) tendremos que ponernos las pilas para no perder de vista las futuras novelas que hagan de Yáxtor Brandan uno de los pilares de la fantasía en este país…Aunque siga odiándole sinceramente como a todos los James Bond habidos y por haber.

He dejado como epílogo lo poco que considero erróneo en esta edición (a resaltar la ilustración de la portada de Alejandro Terán) realizada en USA donde sobran algunos artículos imprevistos, Yáxtor se convierte de repente en “Yñaxtor” y donde se llega a alterar el orden normal de las palabras: “Pero tendría que estar muerto antes de que permitirme me metieras en vuestro laberinto”. Pequeñas tonterías que a veces te estropean el placer de la lectura pero pueden subsanarse en posteriores ediciones. Yo apuesto a que las habrá.

Tan sólo, por ser cruel y puñetera como el propio Brandan, señalar que en un mundo de ficción donde todo se realiza mediante los misteriosos mensajeros y se desechan por lo general las máquinas, ¿qué leches hace una frase así en el pensamiento del protagonista?:

“¿Por qué no iba a lograr que un puñado de tarados convencidos de tener la Razón-ASÍ, CON MAYÚSCULA, Y QUIÉN SABE SI EN CURSIVA Y NEGRITA, QUÉ NARICES, PUEDE QUE HASTA SUBRAYADA-abandonaran sus planes y se rindieran?”

Je, esos deben de tener escondidos en alguna parte un teclado compatible con Windows. Míralos, tan únicos y resulta que saben mejor que una secretaria de la tierra las formas de utilizar etiquetas para resaltar las letras del texto. ¡Oigh! A ver, ¿desde cuándo a James Bond (léase tal cual) le interesa la forma de mecanografiar de Moneypenny (léase “Monipeni”)? Ay, estos escritores: a veces van tan lanzados que ya no se acuerdan ni de a quién tienen entre manos.

A lo mejor, para compensar, y mostrar también mi lado bueno, le pido a Martínez que me mande un listado de los jóvenes talentos de la fantasía española. Está visto que lo necesito y si cuela…

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