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Fantasymundo entrevista a Eduardo Vaquerizo por La última noche de Hipatia
Alejandro Serrano   25/11/2009 Escribir Comentario
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     Charlamos con Eduardo Vaquerizo, autor de una de las novelas que más nos han agradado este otoño, centrada en la figura histórica de Hipatia de Alejandría.
Portada de La última noche de Hipatia, de Eduardo VaquerizoHace ya algunas semanas, publicamos una reseña de la novela histórica con tintes fantásticos "La última noche de Hipatia", de Eduardo Vaquerizo, autor madrileño e ingeniero aeronáutico de profesión. Finalista del Premio Minotauro 2005 por "Danza de Tinieblas", hasta la fecha, aparte de estas dos novelas, ha publicado "Mentes de hielo y noche" (Grupo AJEC), "Náufragos" (en colaboración con Juanmi Aguilera, en Punto de Lectura), "Rax" (Espiral Ciencia Ficción) y "El lanzador" (Artifex Minor).

"La novela formaba parte de un pretendido fix-up, una colección de relatos con temático común de viajes en el tiempo, que escribí hace ya más de diez años".

Sería largo enumerar la cantidad de relatos y los premios que han merecido sus distintas obras, pero tras cuatro años sin presentar una novedad en forma de novela, Alamut publicó este año "La última noche de Hipatia", una pequeña joya a la que hemos querido prestar toda nuestra atención. No en vano habéis visto en FantasyMundo reseña, concurso, booktráiler (producido por nosotros y Black Focus) y ahora esta entrevista con Eduardo.

Como todos sabemos, un autor es mucho más que sus creaciones, y hemos querido conocer a Eduardo más allá de su última novela. Aquí tenéis el resultado de nuestro diálogo.


Alejandro Serrano: La película “Ágora”, dirigida por Alejandro Amenábar ha desatado este año toda una tormenta en el mundo literario español, con la publicación de numerosas novelas sobre Hipatia de Alejandría, con todo tipo de perspectivas sobre esta fascinante figura histórica. “La última noche de Hipatia”, publicada en Alamut, ¿es una novela de encargo motivada por el estreno de la película –lo cual no disminuiría su valor en lo más mínimo- o ya la habías escrito antes? ¿en qué circunstancias surgió la idea?

Eduardo Vaquerizo: La novela formaba parte de un pretendido fix-up, una colección de relatos con temático común de viajes en el tiempo, que escribí hace ya más de diez años. El primer relato fue el cuento con el que se complementa el volumen, Habítame y que el tiempo me hiele, una narración de una especie de “patrulla del tiempo” en el que me echó un cable mi buen amigo Alejandro Salamanca. En 1999 Habítame y que el tiempo me hiele fue finalista del premio Pablo Rido y salió publicado en Ad Astra 16. Ya entonces tenía escritas las cien páginas del esqueleto de la novela, pero era eso, tan solo un esqueleto al que había que meterle mucha ambientación y desarrollo.





La idea inicial de la novela surgió, al igual que la película de Amenábar, del episodio de Cosmos, la serie documental sobre la historia de la ciencia escrita y presentada por el inefable Carl Sagan. Los que tengan curiosidad pueden visualizar la parte en la que habla de Hipatia en Youtube.

La historia que contaba el bueno de Sagan tenía un escenario tan potente, un conflicto tan interesante, que las dos ideas, el viaje en el tiempo y los trágicos sucesos de la Alejandría de aquella época cuajaron en lo que ahora, mucho tiempo después, es la Novela La última noche de Hipatia.

La intención siempre fue desarrollar una novela con esa trama, pero otros proyectos fueron relegando esa tarea al futuro. Ese futuro llegó con el proyecto de Amenábar. Cuando el último producto del cineasta comenzó a sonar en los medios, yo estaba retocando la primera versión de Memoria de Tinieblas, la continuación de Danza de Tinieblas, así que preferí terminar ese proyecto antes de plantearme nada más. Lo terminé a principios del año en curso, en ese momento la presión mediática de Ágora comenzó a hacerse omnipresente, y no solo la presión mediática. Alejandro, del que antes he hablado solo o en compañía de otros buenos amigos, decidió hacer una pequeña cruzada por que aprovechase la ocasión. Ante graves amenazas de no parar, les hice caso (qué remedio) tras consultar la oportunidad del caso con Luis G. Prado. Como suele ser normal en mi caso, lo que debiera haber supuesto un largo proceso de trabajo y depuración, se convirtió en un trabajo contrarreloj de documentación y desarrollo. Al final, para bien o para mal, todo confluyó en la novela que Alamut ha editado magníficamente.

Alejandro Serrano: Tras la lectura de “La última noche de Hipatia” es evidente que estamos ante una novela bien documentada, y ante una mezcla muy hábil entre la liturgia narrativa histórica –más o menos fiel a los testimonios o la tradición que nos ha llegado- y los tintes fantásticos. ¿Resultó complicado no excederse en alguno de los dos sentidos y encontrar el equilibrio justo? ¿hubo alguna idea que se quedase en el tintero?

"El enfoque fantástico, la ciencia ficción sirven para darle un carácter a las narraciones que de otro modo no tendrían. Son una maravillosa herramienta para manipular el punto de vista".

Eduardo Vaquerizo: Sí y no, me explico: en realidad la novela tiene mucho de ciencia ficción, mucho de fantástico. Así era en su inicio, pero en estos años algo ha cambiado tanto en mí como escritor como en el mercado editorial y en las percepciones y clasificaciones de los lectores y críticos. Nunca he sido muy partidario de las novelas integristas en cuanto al género. Me gustan más bien las hibridaciones, las mezclas, los experimentos con las fronteras. Lo curioso es que en estos años que se ha pasado el manuscrito de Hipatia en el cajón informático de mi ordenador (que ha pasado al menos por tres máquinas antes de salir a la luz) es que la ciencia ficción ha pasado de convertirse en una herramienta de segregación a una de integración. Antes, la inclusión de un elemento de ciencia ficción era una bandera de un nacionalismo de género tanto para los de dentro como para los de fuera. Hoy en día la ciencia ficción es una herramienta más al servicio de la eficacia de la narración. Las historias con componentes fantásticos resulta que en vez de restar, suman. Como no podría ser de otro modo en el arte, las fronteras suelen ser castrantes.

Así, la novela, que en un inicio era una aventura de ciencia ficción, ha pasado a ser una narración dónde he intentado mezclar con mayor o menor fortuna la recreación histórica, la ciencia ficción, una historia de amor impactante y una intención estética lírica y evocadora.

Ese equilibrio que mencionas entre narración histórica y de ciencia ficción, no deja de ser el intento de dejar todas las herramientas literarias igualadas al servicio de la historia.

Alejandro Serrano: Como decíamos en la reseña, tanto la Historia con mayúsculas como el carácter de las figuras históricas de primer nivel nos llegan –no puede ser de otra forma- muy adulterados, en primer lugar por las fuentes –en ocasiones interesadas- y en segundo lugar por nuestra propia perspectiva. Hoy en día podríamos ver a Hipatia como una mujer incluso reprimida, que intentó ocultar ciertos aspectos de su personalidad para verse menos afectada por las circunstancias en que vivió, y sin embargo, para aquellos tiempos era casi impensable la existencia de una figura como ella, mujer, matemática y guía de conducta. Esto se refleja perfectamente en la novela, gracias a la comparación con el punto de vista de la viajera en el tiempo. ¿Hubiese perdido el enfoque y la intención de “La última noche de Hipatia” de no haber introducido elementos fantásticos?

Eduardo VaquerizoEduardo Vaquerizo: Claro, de ahí lo que mencionaba de usar la ciencia ficción para lo que mejor funciona olvidando cualquier otro condicionante. El enfoque fantástico, la ciencia ficción sirven para darle un carácter a las narraciones que de otro modo no tendrían. Son una maravillosa herramienta para manipular el punto de vista. En esencia la fantasía no es más que una alteración del punto de vista, la deformación extrema de las percepciones de una realidad que nadie puede definir categóricamente. Muchas veces hemos confundido la intención con la técnica. Se puede escribir ciencia ficción sin alegoría, sin predicción, sin crítica social, con interés de contar una historia personal o no, la libertad es mucho mayor de lo que lectores y autores podríamos pensar en un principio. Yo todo esto lo he ido descubriendo con el tiempo o, más bien, con los tiempos que corren y obras que pueden ser citadas como un directo referente, al menos en la parte del uso de la ciencia ficción, como la novela De Audrey Niffenegger La mujer del viajero en el tiempo.

Si me hubiera tenido que plantear una La última noche de Hipatia sin elemento fantástico, me hubiera encontrado, de una forma bastante rápida, con el callejón sin salida que a menudo se encuentra en la novela histórica: si se quiere llegar al lector hay que alterar las mentalidades de los personajes históricos tanto que terminan alejándose de su época y acercándose a la nuestra. No digo que esa no sea una mala solución algunas veces. El extrañamiento de la forma de pensar de un celta que desprende una novela como La isla de los espíritus, publicada también en Alamut, no tiene nada que envidiar a las descripciones de psiques extraterrestres de novelas de primer contacto.

Eso sin contar que una parte importante de conflicto de Marta, deviene del mismo hecho fantástico fundacional de la novela, intentando así que el choque de mentalidades, de tiempos y de destinos sea más crudo e interesante.

Alejandro Serrano: Para los que crecimos inmersos en las distintas culturas clásicas, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría siempre nos pareció una suerte de holocausto cultural, una pérdida irreparable. Sin embargo, posteriormente, en muchas ocasiones se ha hecho referencia a este suceso, señalando la importancia de la cultura. Hoy en día destruir un libro es sinónimo de barbarie, no importa quien lo haga. ¿Dejando de lado la pérdida de Alejandría, crees que influyó en esta consideración?

"Un libro, un rollo de pergamino, es un símbolo perfecto, un resumen de lo que supone el esfuerzo constante y acumulativo de aquellas personas que creen en el futuro y la racionalidad. Quemarlo es una declaración de intenciones, la negación del futuro. Como dijo Heinrich Heine 'Allá donde se queman libros, pronto se quemarán personas'”.

Eduardo Vaquerizo: El eco de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría es el eco de la destrucción de la civilización en manos de las hordas que dieron por terminado el imperio romano. De muchas maneras somos herederos de los griegos y mucho más de los romanos. Es ésta una visión romántica, heredada del renacimiento que tiene poco que ver con la historia real pero que cautiva con la emotiva destrucción de aquello bello que se pierde, el otoño de la civilización que entra en el invierno de la desesperanza. Dentro de esa melancólica añoranza de un pasado mejor y más sabio, la destrucción de la biblioteca de Alejandría añade un elemento objetivo, por qué sí es cierto que allí, a lo largo de los varios siglos que tardó en desaparecer aquel tremendo almacén de cultura, como también se perdieron muchas joyas de conocimiento en papiros egipcios, tablillas cuneiformes, pergaminos y demás formas de almacenar conocimiento.

Lo curioso es que la cultura es tenaz, de alguna manera somos cultura, somos recuerdos, palabras, historias, explicaciones sobre el mundo y por muchas destrucciones terminamos por reconstruirlo todo y seguir aumentando nuestros conocimientos. Pese a todas las hordas de temerosos, por qué es el miedo el que lleva al salvaje deseo de destruir lo que no se comprende ni se quiere comprender, hoy en día las modernas catedrales son inmensos aceleradores de partículas, la maltrecha estación espacial internacional, la teoría de la gran unificación. La ciencia y la razón ha ganado muchas batallas, lo cuál no quiere decir que olvidemos lo que sucedió en las muchas Alejandrías que han poblado la historia.

Un libro, un rollo de pergamino, es un símbolo perfecto, un resumen de lo que supone el esfuerzo constante y acumulativo de aquellas personas que creen en el futuro y la racionalidad. Quemarlo es una declaración de intenciones, la negación del futuro. Como dijo Heinrich Heine “Allá donde se queman libros, pronto se quemarán personas”.


Alejandro Serrano: Algunos han visto en el fenómeno literario y cinematográfico de Hipatia un ataque al cristianismo, o al menos una crítica despiadada al lado oscuro de las religiones. Sin embargo, en tu novela tratas –o al menos así me lo ha parecido- de establecer distancia entre los fanáticos y los devotos que respetan otros credos. De hecho, la técnica que utilizas al separar los testimonios de los diferentes personajes muestran claramente sus diferencias de pensamiento y actos. Hipatia fue destruida por fanáticos religiosos, y su muerte ocasionó otra pérdida, de diversidad y cultura. Sin embargo, todos los credos han sido en algún momento verdugos, unas religiones sustituyen a otras, y a veces la forma más socorrida de imponerse es recurrir a la violencia. ¿Hipatia, en ese momento y en ese lugar, simbolizaba la tolerancia de la que ahora tanto se habla, los cultos clásicos eran más permeables a otros en ese momento?

Eduardo Vaquerizo: La Hipatia real, la de la época, era una aristócrata parte de una casta que dominaba desde su altura olímpica al sometido pueblo egipcio. Solo desde esa distancia puede permitirse el lujo de una vida dedicada al pensamiento. A menudo la historia abunda en esas contradicciones. La revolución francesa la llevaron a cabo clases pudientes no el pueblo, Karl Marx era un burgués. Es lo malo de ser racional, de ver el mundo con los ojos más frescos posibles, que la realidad te asalta y que los velos de los privilegios y las trampas de la moral religiosa terminan por levantarse y puedes ver que el otro puede que sea un hermano. Sí, creo que Hipatia puede que llegase a ser una persona tolerante, como lo eran casi todos los griegos y romanos ciudadanos de un imperio basado en la mezcla, en la asimilación y la congruencia más que en la exclusividad y el pensamiento único.

El problema de la tolerancia es que en algún momento hay que decir basta. No me gustan nada esos aires del otro lado del charco que hablan con ligereza de la tolerancia cero. En ingeniería, una actividad humana dónde los espejismos y los autoengaños no sobreviven al duro encuentro con la realidad física y eso le da carácter, la tolerancia cero no existe, al igual que la certeza 100%, la seguridad absoluta y otras lindezas conceptuales con las que se está envenenando el debate público. La tolerancia permite a un sistema flexibilidad y evita que se rompa. Sin embargo en algún momento esa tolerancia se convierte en algo que impide funcionar al sistema. Creo que hay límites a la tolerancia. En el caso de las religiones el límite lo dictan los derechos humanos y la comprobación con la realidad más prosaica. Estoy por la labor que cada uno crea en lo que quiera, ahora bien, no creo que se deban tolerar todas las actitudes, entre ellas el creacionismo, que atacan interesadamente contra la racionalidad. Que quién quiera sea irracional, pero en su casa y consigo mismo, no en sociedad ni contra los más débiles.

Lo que quiero decir es que la sociedad de Hipatia era tolerante y por tanto muy expuesta a los intolerantes, cuya estrategia es siempre la misma, primero te hago intolerante como yo y después ya tengo justificación suficiente para iniciar una guerra y derrotarte.

Eso es lo que cuenta Ágora y lo que también yo intento transmitir en La última noche de Hipatia.

Alejandro Serrano: En la reseña señalábamos una falta acusada de diálogos directos, a favor de la correspondencia que se dirigen los personajes unos a otros. Se pierde frescura pero se gana en matices. ¿Esa fue la razón de que eligieras este modo de interacción entre la novela y el lector?

"La dificultad de Hipatia está en casar lo que se sabe de su carácter y de su historia con la intencionalidad del texto".

Eduardo Vaquerizo: Bueno, aquí he de confesar que es más un rasgo de estilo que algo intencional. Los diálogos no se me dan muy bien, por eso tengo tendencia a no usarlos más que cuando son imprescindibles. El resultado pierde algo de frescura, pero de algún modo pesa sobre mí el prejuicio de que el texto literario es la voz del narrador y que los diálogos no son más que intromisiones extrañas de los personajes a los que hay que dotar de una voz que nunca termina de parecerme adecuada. La narración con escasos diálogos, lo malo que tiene es que es más lenta, más matizada y rica en detalles de escenario pero hurta un poco la frescura en el desenvolverse de los personajes que tienen las narraciones con muchas acotaciones verbales.

Además, los bestsellers suelen estar llenos de ellos, más razón para intentar imitarlos y convertirse en un superventas, o al menos intentarlo.

Alejandro Serrano: En ocasiones parece que caminemos por la Vía Canópica, nos describes colores, olores, sensaciones,… pocas veces me he sentido tan transportado en el tiempo como en tu libro. ¿Cómo conseguiste este efecto, te documentaste mucho o simplemente te pusiste en la piel de Marta e Hipatia?

Eduardo Vaquerizo: Es la parte buena de ser muy narrativo y poco dialogante, te permite una inmersión completa en el escenario. El proceso que sigo es siempre muy parecido. Primero hay una fase en la que leo todo lo que puedo sobre el mundo a describir, si existe, o dedico un tiempo a fantasear sobre él, si es inventado. Esa fase puede transcurrir fuera del periodo de la escritura, paseando, conduciendo, en el metro, leyendo. Es como alimentar una máquina con cosas que van a algún extraño y remoto almacén cerebral y allí se quedan, se digieren y fermentan. Luego, cuando me pongo a la tecla, lo único que se necesita es un punto de vista, una psicología definida que de tono a lo que va a ver, al escenario al que va a asistir. El truco es dejar salir lo previamente digerido e intentar no ser demasiado exhaustivo, lo justo para que la imaginación del lector complete las indicaciones del escrito. A veces funciona, y a veces, sobre todo si se te va la mano con la descripción, produce un enlentecimiento de la acción que puede ser muy negativo.


Alejandro Serrano: La novela se hace corta, lo cual es una pena pero al mismo tiempo refuerza el sentimiento de pérdida que tienen algunos personajes en distintas fases del libro. Tu narración es directa y no adolece de adornos superfluos, especialmente cuando hablas a través de Marta. ¿Qué personaje te ha costado más interpretar?


Eduardo Vaquerizo: Hipatia, sin duda. Luego todos sus contemporáneos. La dificultad de Hipatia está en casar lo que se sabe de su carácter y de su historia con la intencionalidad del texto. En el fondo, somos los mismos seres humanos desde hace 300,000 años, nos movemos por las mismas motivaciones y somos igual de hábiles e igual de inteligentes que los hombres de las cavernas, los egipcios, los griegos los hititas y todas las civilizaciones antiguas y modernas. Esa es la parte fácil. Lo complejo son los adornos culturales, la visión del mundo, los aspectos estéticos. Siempre me ha interesado la antropología por esa mezcla de intenciones y necesidades similares y esa enorme variedad de formas de expresarlas que tiene el ser humano. La dificultad de Hipatia está que era una orgullosa, obsesionada con el saber, independiente y, a la vez, integrada en la élite intelectual y del poder de su época. La Historia nos habla de muchos hombres así, pero Hipatia era una mujer. Ese hecho le da una vuelta de tuerca a su carácter que lo convierte en algo mucho más complejo. Es cierto que la novela es corta y quién más sufre esa falta de extensión es Hipatia. Bien es verdad que de haber dispuesto de más espacio, se hubiera terminado convirtiendo en otra cosa, el foco de la historia y el conflicto hubiera basculado hacia otro sitio. Qué sea corta favorece a la historia que se cuenta, y mata todas las demás, pero esa es una de las más terribles servidumbres de escribir, matar a los hijos nonatos escondidos detrás de las posibilidades de los textos que se van podando con cada decisión que se toma.


Alejandro Serrano: ¿Has visto “Ágora”? ¿Qué te ha parecido la producción de Amenábar?

Eduardo Vaquerizo: Sí, la vía hace unas semanas, poco después del estreno. Me gustó bastante y sobre todo fue una experiencia curiosa. Yo ya había estado en esas calles, había visto el faro brillar al fondo del eunostos y gritar a los cristianos por las calles de Alejandría. Fue como una visita a un lugar que conoces solo en sueños, muy curioso.

En cuanto a la Hipatia de la película, considero que Amenábar tomó su decisión sobre como era esta mujer y me gusta mucho la idea, a pesar de que sea muy diferente de mi Hipatia. La de Amenábar es un mujer que toda la pasión, todo el amor y el odio lo concentra en el saber, el conocimiento. No hay más en su vida, solo la consume un amor, el de la ciencia y el saber. No es un personaje en absoluto descabellado, yo conozco gente así. El problema que tiene esa elección es que perjudica a la enorme tragedia que se desarrollo en aquellos días. Amenábar rueda Ágora al ritmo de la música de las esferas y los personajes se mueven como hormigas rabiosas. Es una película muy intelectual, como la Hipatia que describe, que esta hecha para la parte racional de todos nosotros, nos muestra la locura y los excesos de las pasiones irracionales. Hipatia elige ser una mártir de la tolerancia, la razón y el saber, niega el mundo en el que vive, niega aceptar o luchar y elige no cambiar y morir. Un ejercicio complejo que hace la película a menudo un tanto insatisfactoria emocionalmente ( y eso es malo para una película tan cara) y muy satisfactoria para la aquellos que terminen de reflexionar sobre lo que nos cuenta.

"Tengo terminada, como comentaba antes, la segunda parte de Danza de tinieblas, titulada provisionalmente 'Memoria de tinieblas'".

En otro orden de cosas, Rachel Weiz es una presencia que devora la pantalla, toda pasión y furia, que queda un tanto desmejorada por la elección del personaje que ha hecho el director madrileño. Hubiera ido mucho mejor una mujer más fría, más lejana, más etérea. Me quedé un poco decepcionado del poco aprovechamiento fotográfico del escenario, la filmación se queda en un notable bajo, y sin embargo me encantan esos movimientos de cámara, esos planos cenitales extraterrestres. Amenábar es de los pocos directores actuales que sabe contar cosas con el movimiento de la cámara.

Alejandro Serrano: Cuéntanos algo sobre tus próximos proyectos. ¿Tienes algo en mente o es demasiado pronto todavía? ¿Cómo han acogido la crítica y el público tu última novela?

Eduardo Vaquerizo: Tengo terminada, como comentaba antes, la segunda parte de Danza de tinieblas, titulada provisionalmente Memoria de tinieblas. Es una novela bastante larga para mis costumbres en la que tengo puestas bastantes esperanzas porque me gusta la historia (las historias) que cuenta. A ver si con un poco de suerte puede ver la luz editorial el año que viene. También estoy enfrascado en dos nuevos proyectos: la reforma radical de una novela de terror urbano contemporáneo con vampiros y una colección de cuentos de ciencia ficción con intención de recuperar la voz a la vez gamberra y crítica que la ciencia ficción tuvo alguna vez.


Alejandro Serrano: Muchas gracias por atendernos, Eduardo, ha sido un placer. Espero que pronto oigamos hablar de nuevo de ti, un abrazo…

Eduardo Vaquerizo: Ha sido un verdadero placer. También espero que, como dijo Oscar Wilde, pronto se oiga hablar de mí, aunque sea bien.

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