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       Artículo de literatura
El día de los trífidos, de John Wyndham (contracrítica)
Jaime Santamaría   25/11/2009 Escribir Comentario
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     El desarrollo de los acontecimientos se muestra con una lógica y una coherencia que, repito, me han resultado aplastantes y geniales por su aparente sencillez.
Portada de El día de los trífidos, de John WyndhamEsta novela fue incluida en la selección quiosquera que realizó hace unos años la editorial Planeta bajo el título “Biblioteca de ciencia Ficción” (clásicos de CF del siglo XX), y recientemente la he visto de nuevo reeditada por separado. Estas compilaciones o reediciones podrían oler a que los sellos editoriales deben exprimir los títulos por los que han pagado sus buenos royaltis y que en ocasiones carecen de la calidad suficiente para tanto bombo y/o platillo. Pero, con esta novela, lector@s, hay que hincarse de rodillas aunque no lleve ningún premio literario a sus espaldas. El calificativo “clásico” estará estampado en esta novela por los siglos de los siglos. ¿Qué a qué subgénero pertenece dentro de la ciencia ficción? Puede ser tanto una distopía catastrofista como un thriller normal y corriente al alcance de cualquiera que quiera disfrutar de un pequeño maratón de suspense.

En definitiva, un muestrario de sensaciones (que es lo que se agradece que te produzca un libro) de amenazas en lo cotidiano y en lo extraordinario, personajes corales, lugares y geografías acertada y suficientemente empleadas.

John Wyndham fue excelentemente hábil con "El día de los trífidos" (Minotauro, disponible en FantasyTienda), que se lee en cuatro sentadas. Es detallista, pero no empalaga; nos propone una aventura, pero inserta reflexiones alto filosóficas; no recurre al gore ni a criaturas fantásticas, y sin embargo estremece su realismo; en definitiva, en mitad del siglo XX, en un mundo moderno y en un Londres metropolitano que vuelve a servir de escenario de un argumento cienciaficcionero (¿os acordáis de “La guerra de los mundos” entre otras?), los estragos de la segunda guerra mundial siguen impregnando a la sociedad y recordemos que los escritores de ciencia ficción, en la época dorada, fueron ante todo grandes observadores de su entorno, lo cual utilizaban para que su imaginación nos proyectara los futuros más optimistas o estremecedores.

Quizá hayáis leído “Apocalipsis”, de Stephen king, o “Soy leyenda” (de la que tenéis la película del mismo nombre o su versión Hestonniana “El último hombre vivo”). La película “El día de mañana”, aunque de otra manera, también me sirve de enumeración de los ejemplos que me vienen a la mente sobre desastres modernos que borran al ser humano de la faz de la tierra como cuando de pequeños nos explicaban los efectos de la Bomba H (“mata a las personas pero deja los edificios”, me decían). Hace un tiempo leí un artículo en la revista “Muy Interesante” acerca de un libro que se había titulado “El mundo sin nosotros”. No dudé en comprarme el libro, el cual, lo lamento, sigue en mi pila de “pendientes de lectura”. Parte de la culpa la tiene lo extenso del artículo donde la periodista lo resume en modo extenso. Sin embargo, repito, la lectura de dicho ensayo no dejaré de hacerla porque el tema me atrae como estoy seguro a muchos de vosotr@s. Tal es mi interés, que no pude eludirlo en mi opera prima, “Sol de otro mundo, Escena Final I”, donde ideé una pandemia denominada “La Sentencia” que obliga al ser humano a reordenar su historia en cuatro siglos. Necesité tan sólo cuatro páginas para acabar con todo el benigno sistema que parece sustentarnos como por arte de magia y sumir al ser humano no sólo al borde se su extinción, sino en un retorno a su tan cacareada “avanzada civilización”. Como digo, es un tema que me subyuga y al que a buen seguro retornaré en el futuro.

Y esto mismo le debió pasar a Wyndham. Para ello, ideó una trama muy vista en el subgénero de zombies. “¿Cómo cargarse a la humanidad y dejar a los supervivientes errantes por un sombrío mundo de sombras y llantos?”, debió preguntarse. Pues con unas plantas llamadas Trífidos que comienzan a invadirlo todo de una manera silenciosa y persistente, y con una lluvia de meteoritos que deja ciega a casi toda la humanidad (es decir, ocurre en todo el mundo; una globalidad que ya nos anticipa el autor cincuenta años antes y que no sólo sirve para lo bueno, sino para lo mano, y para pruebas ahí están la última crisis económica y la proliferación de la Gripe A, cuyas muertes cuando se anuncian en el telediario me recuerdan enormemente a los telediarios de principios de los ochenta cuando hablaban de las primeras muertes en California de personas aquejadas por una desconocida enfermedad que todavía no tenía ni nombre hasta que varios macroconciertos pusieron de moda la palabra SIDA - "AIDS").

Pero, no sólo está el desastre de que las calles se pueblen de ciegos que van dando palos de eso... sino que al poco le sigue una plaga (en plan ataque agudo de apendicitis) que acaba sembrando de cadáveres las desérticas calles de este Londres que se ofrece como espejo de lo que ocurriría en otras urbes similares.

El protagonista, Bill, un biólogo especializado precisamente en trífidos, nos describirá su historia a modo de diario. La manera de hacerlo es impecable. Un viaje, como os decía antes, detallado y más que suficiente para meternos en la piel de los supervivientes, sus miedos, sus inmediatas necesidades, su asombro y caída de principios, hasta ahora inquebrantables, pero que ahora deben ser reescritos. Pero, claro, no va a estar solo y ello no es una solución a sus problemas necesariamente. Las buenas y malas compañías se irán sucediendo a medida que avanzan las páginas. Por un lado está es suspense bien administrado del que os hablaba, sin necesidad de recurrir a artificios tan en boga las últimas décadas ni a escenas explícitas. Es decir, el amor y la muerte tienen un tratamiento blanco en la forma, pero contundente en el fondo.

No os voy a desvelar detalles ni sobre el origen de la plaga ni de los trífidos, así como tampoco (obviamente) de la resolución. Lo único que os puede decir es que es coherente e incluso con apoyo lo suficientemente creíble como para que esta novela sea fiel al concepto de ciencia ficción sin guiños ni concesiones a la fantasía. La realidad supera a la ficción y quizá aquí queda patente página a página.

Algunos diréis, “esto ya lo he visto o leído”; pues bien, aquí tenéis un ejemplo de las primeras visiones que años más tardes otros tendrían, bien en forma de catástrofes víricas, atómicas o de alienígenas invasiones.

John Wyndham hace que nos miremos más allá del ombligo a través de los discursos de personajes como Coker, Beadley o el pelirrojo Torrence. Reflexiones inevitables que se haría el ser humano llegado el caso de semejante prueba. Josella, la ¿heroína? de la novela sirve de excelente reflejo del pánico que muchos de los lectores sentirán.

Pero, la naturaleza será uno de los personajes protagonistas inevitables y permanentes en una trama de estas características, ganándole protagonismo a la sempiterna aparición y dominio del ejército en este tipo de historias. La violencia no está ausente, no (además, el autor habría sido infiel a la tesis realista que nos expone), pero huye de esa presencia que inunda tantos y tantos títulos. El desarrollo de los acontecimientos se muestra con una lógica y una coherencia que, repito, me han resultado aplastantes y geniales por su aparente sencillez. Es como si el libro se escribiera/leyera por sí solo.

En definitiva, un muestrario de sensaciones (que es lo que se agradece que te produzca un libro) de amenazas en lo cotidiano y en lo extraordinario, personajes corales, lugares y geografías acertada y suficientemente empleadas (el uso de la Universidad como centro de reunión y la aparición del medio rural en la historia, estoy seguro que han sido elegidos por el autor de una manera consciente) y un final en línea a cómo ha tratado el autor la historia, hacen de “El día de los Trífidos” no sólo un clásico de la ciencia ficción, sino una lectura recomendable a cualquiera que desee disfrutar un buen rato a la vez que reflexiona sobre el filo de navaja sobre el que nos paseamos todos los días sin ser conscientes de ello... afortunadamente.



(R) Jaime Santamaría de la Torre, agosto, 2009.
http://galaxiabidena.blogs.scifiworld.es

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