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       Artículo de literatura

La cosecha de Samhein (El Ciclo de la Luna Roja 1), de José Antonio Cotrina


 Literatura juvenil
Eidián   14/10/2009
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     No hay historias alegres. No existen los finales felices. Es mentira. Son espejismos. Esas historias a las que te refieres están incompletas. No te cuentan la última parte. No te cuentan que siempre, al final, todos mueren.
Portada de La cosecha de Samhein, de José Antonio Cotrina Creo haber dicho ya en alguna parte que no creo ni en la literatura juvenil ni en esas divisiones artificiales que las editoriales y los críticos de espíritu pedagógico se han sacado de la manga para aliviar sus corazones educativos y su mente comercial. Creo, simple y llanamente, en la buena literatura esa que, salvo en contadas ocasiones, es accesible a cualquier mente en proceso de aprendizaje o a las que los seres adultos (por llamarnos de alguna forma en general, ya que no en particular) denominamos con pompa “mentes formadas”.

Los jóvenes que sustentan el relato de Cotrina no son seres ideales sino que están embargados por sentimientos de culpa, traición, miedo, dolor… Se conducen entre el terror y la locura e intentan encontrar un asidero.

Por lo general un buen libro forja ideas, ya sea para una cerebro en crecimiento o uno que lucha contra el anquilosamiento y, fíjense por donde, yo diría que el libro que acabo de terminar con verdadera pena y avidez de continuación, “La cosecha de Samhein” (Alfaguara y Círculo de Lectores, 2009, disponible en FantasyTienda), primer volumen de El Ciclo de la Luna Roja, es de aquellos que abren caminos y descubren posibilidades para los espíritus abiertos.

Debo decir para mi descrédito que hasta hace un mes yo no tenía ni idea de quién era el autor de este libro, José Antonio Cotrina, a quien, como quien no quiere la cosa, de repente veo en todas las estanterías, conozco a gentes que le conocen y caen en mis manos gran parte de sus obras publicadas (a ver si logro encontrar su primer libro, de relatos, “Mala racha” [AJEC, 2002] y luego me lanzo a por “La casa de la colina negra [Alfaguara, 2006]): esta “cosecha” que hoy comento y “Las fuentes perdidas”, editada por La factoría de Ideas en 2003 y que espera pacientemente en la biblioteca de mi casa a que un día de estos la consuma con deleite. Tendrá que ser así ya que de momento (y aunque ciertas voces me han dicho que esta ya en fase de revisión) aún tardará el siguiente volumen de esta saga. Lo cierto es que el tiempo se me hará eterno porque, por si alguien hasta ahora no se había dado cuenta, el libro me ha encantado.

José Antonio CotrinaNo es que el relato en si sea un dechado de originalidad, porque eso, seamos sinceros, hoy en día es casi imposible pues la mayoría de los buenos escritores llevan tras de si una carga literaria bien entendida y mejor empleada que pueden llevarnos por caminos bien trazados y vías secundarias inesperadas. En Cotrina, vitoriano (de Vitoria, se entiende) ganador de no se cuantos premios del fantástico de nuestro país (si es que no los ha ganado todos), se encuentran enlazados autores tan dispares como Gaiman (a quien muchos le comparan no sin razón), Philip K. Dick, Italo Calvino…y yo no puedo evitar pensar también en Stephen King pensamiento que, seguramente, a muchos les parecerá una barbaridad pero que luego defenderé con causa.

La idea del libro, en si, es simple: unos adolescentes, entre 13 y 16 años, son llevados a una ciudad de espanto, más allá de este mundo, sin saber el por qué y con la única misión, de momento, de continuar vivos. Cotrina, y creo que esto es norma en él, parte de la realidad más cotidiana, simbolizada en esta ocasión por la celebración de Hallowen anglosajón, para llegar a lo fantástico, pero no es éste un fantástico al uso con elfos, duendes, orcos y demás, sino que se trata de una tierra extraña de la cual no conocemos las reglas y a la que debemos sobrevivir. La fantasía es en Cotrina un paraje peligroso, soñado e idealizado por el hombre pero que nada tiene que ver con los deseos de éste. Un mundo que posee sus propias reglas y sus propios designios, y que percibe al ser humano tan sólo como un ente al que manipular. El escritor retuerce la fantasía más tradicional del siglo XX (J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis y adláteres) y nos devuelve una imagen de la misma cruel y oscura que hoy en día no suele relacionarse con los relatos recomendables para las mentes infantiles.

Y, sin embargo, ese tipo de fantasía es la única capaz de devolvernos una imagen real de nosotros mismos, de lo que en verdad somos.

Los jóvenes que sustentan el relato de Cotrina no son seres ideales sino que están embargados por sentimientos de culpa, traición, miedo, dolor… Se conducen entre el terror y la locura e intentan encontrar un asidero sobre el cual construir un futuro, una esperanza. Crecen ante nuestros ojos. Y el crecimiento, no lo olvidemos, siempre implica revelación y dolor. Es tal y como muestran las frases con las que he abierto esta crítica: las historias con finales felices no existen, eso es algo que los adultos deben asumir y, a pesar de ello, seguir viviendo. En ese sentido de aprendizaje quizás la obra de Cotrina si sea juvenil pero sólo en ese sentido. Un aprendizaje tal vez mortal en este caso.

Porque Rocavarancolia, la Ciudad de la Luna Roja, acecha para devorarlos.

Si los personajes que describe Cotrina están muy bien individualizados, y en algunos casos extraordinariamente bien dibujados en pocos trazos, la personalización de Rocavarancolia abarca todo el libro e impresiona por su fuerza e implacabilidad. Se trata sin duda de otro personaje de la novela, uno del cual no podemos librarnos en ningún momento puesto que su existencia se nos impone casi desde la primera página hasta la última. Una ciudad que contiene una maldad latente que acecha en cada esquina, que surge desde lo más profundo de sus raíces…que tal vez determine su fin.

Porque Rocavarancolia se muere.

La descripción de las calles y edificios de Rocavarancolia (nombre difícil aunque musical donde los haya y que espero que algún día explique el autor en su obra) sobrecoge por la negrura con que está recogida: no hay en la ciudad nada bello, nada hermoso, tan sólo un hálito de decadencia y podredumbre que acecha desde cada hueco existente. El cobijo de los monstruos. De la asesina Dama Serena, de la descompuesta (literalmente) Dama Desgarro, del Demiurgo

Monstruos que tal vez nos miran desde el interior de nuestros propios ojos.
Hablando de monstruos de la literatura…

Si bien la influencia de Gaiman parece percibirse desde el mismo inicio de la narración (esos fantásticos cuervos hechos de alambre y cuero que recuerdan a “Coraline”, por ejemplo) debemos citar apoyos más sutiles como una perversa variación de la escena inicial del “Peter Pan” de Barry e incluso de un Lewis Carrol en bambalinas más cercano a “El otro lado del espejo” y “La caza del Snark” que a la juguetona “Alicia en el País de las Maravillas. También el terror implícito que se encuentra en los paisajes y las acciones (más que en los sentimientos) hablan de una cercanía al mundo de King (como “La mitad oscura” y, sobre todo, a la saga de La Torre Oscura, la obra más cercana al fantástico que posee…salvo “Los ojos del dragón”, claro), cercanía basada en lugares de pesadilla y seres atormentados que intentan encontrarse a sí mismos para huir del terror que los acecha. Por otra parte, como negar que la prosa de Cotrina, profunda e incluso poética, está muy por encima de la del norteamericano (y eso lo afirmo ante quién haga falta) aunque en ambos destaque la capacidad de hacer cercanos y comprensibles los más terribles trances: si en la obra de King hay héroes que asumen sus responsabilidades y nos asientan en la realidad más extraña, de la misma forma hay líderes entre los muchachos que van a Rocavarancolia… pero no es lo mismo.

“El señor de las moscas” acecha desde dentro.

Cotrina hace que algunos de sus protagonistas citen esta magnífica novela de William Golding (autor al que admiro profundamente) a lo largo del texto. Una referencia perfectamente justificada que da cuerpo y solera a la inquietante aventura de esta docena de jóvenes pues, como los muchachos abandonados en la isla, también ellos se agrupan para sobrevivir. Aunque no sólo se parecen a los protagonistas de Golding en este buen sentido. Lejos de todo cuanto conocemos, de las convenciones que nos sujetan…¿a qué podemos llegar?

Lo he dicho antes: Rocavarancolia es el hogar de los monstruos, los propios y los ajenos. Y esa es una lección que los jóvenes humanos que llegan hasta allí, engañados pero no obligados, deben aprender. Porque dentro de poco se alzará la Luna Roja y entonces…

Entonces sucederá lo que Cotrina decida y nosotros acecharemos en las librerías con impaciencia para descubrirlo porque es difícil leer en castellano una obra original de tanta calidad, tan bien tramada y tan bien escrita. Y quien crea que he revelado los entresijos de la novela es que no sabe hasta que punto Cotrina domina los recursos de la fantasía, del terror y de la aventura… y hasta que punto esta pobre redactora hace poco favor a su texto. Y aquí debe detenerse de momento el comentario.

Porque pueden suponerlo, ¿verdad?
Porque ha llegado sin remedio…
El final.

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