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La historia que me escribe, de Fernando Trías de Bes |
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Trías de Bes se obsesiona por dejarnos claro el poder de la palabra en todo instante, casi como si fuese una fuerza independiente que los escritores sólo pudieran dominar de forma pasajera. |
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¿Somos dueños de nuestro destino? Creemos vivir escribiendo nuestra propia historia, tomando decisiones que sólo a nosotros pertenecen pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si sólo estuviésemos desplegando el argumento que otro crea para nosotros? ¿Y si, al fin y al cabo, sólo fuésemos marionetas sobre un escenario?
Si la perfección del entramado, émulo del ideado por Néspolo, nos conduce gratamente al final, tras la lectura nos queda una cierta sensación de saciedad que proviene del uso y abuso de la misma palabra.
Ninguna de estas cuestiones es nueva dentro de la literatura pero Fernando Trías de Bes en su obra “La historia que me escribe” (Alfaguara, 2008) intenta dotarla de nuevos ropajes buscando para ello la complicidad del lector, creando un juego literario en el que la palabra es llave de la historia. Las palabras no son sólo motor de la trama sino que se prestan a simbologías, dobles sentidos y engaños que envuelven la peripecia vital del protagonista, Walter Néspolo, un escritor de novelas de detectives que orienta su existencia hacia la comodidad y el buen vivir gracias al dominio de las letras.
Las palabras lo son todo en esta novela, tanto para lo bueno como para lo malo ya que, gracias a ellas, se trata de dilucidar hasta que punto somos los dueños de nuestra existencia. En lo bueno tenemos la inteligencia de la trama que funciona como un rompecabezas perfecto y lógico, como uno de los cuadros del pintor Escher que tantas veces es citado a lo largo del texto. Los capítulos van desgranando primero la aparente victoria y después la progresiva derrota del escritor Néspolo, yendo desde una infancia marcada por la revelación de la palabra como medio de dominar la realidad a un final donde la palabra se muestra como desesperanza y condena.
La primera mitad del libro relata la ascensión de Néspolo gracias al descubrimiento de una estructura literaria perfecta que le permite escalar el éxito gracias a las novelas de detectives. Ubicado en un país imaginario (todos los lugares que aparecen en la obra los son aunque tengan sus referencias reales), Népolo se dedica a vivir con placidez cuando se introduce en su existencia, de forma insidiosa e insistente, un grupo creativo, los Moebius, una de las piezas más logradas y consecuentes de la historia, verdadero motor de toda ella. Los Moebius, cuyo nombre viene de la cinta homónima (una tira de papel de cuya unión invertida por los extremos surge el símbolo del infinito) base de varias obras de su idolatrado pintor Escher, son una serie de artistas que, convencidos de que el hombre está abocado a su autodestrucción, pretenden acabar con la realidad moribunda que les rodea mediante su unión con la imaginación pura, lejos de la actual, corrompida a través de la tecnología: de su unión resultará la aniquilación del individuo por su obra. Así destruirán el mundo presente para que las nuevas generaciones tengan una oportunidad de sobrevivir. Un fallo en este análisis es que no explica si serían sólo los artistas los abocados a autodestruirse: ¿libres de los artistas y escritores actuales estaremos salvados? Es una idea inquietante…sobre todo para artistas y escritores.
Los Moebius son una fuerza implacable y destructora, no por su poder físico, sino por el atractivo de sus ideas, de sus palabras, que horrorizan y fascinan a Néspolo al mismo tiempo y a nosotros con él: la demostración física del ideario de los Moebius es una de las escenas más terribles, absurdas y conseguidas del libro. A partir de entonces la vida de Néspolo deja de pertenecerle y, aunque los Moebius desaparecen de escena, su rastro permanece a lo largo de todas las páginas, lastrando el pensamiento del protagonista de tal modo que cree ver a un personaje de su imaginación en las calles. Para huir de este individuo no del todo imaginario, Néspolo se refugia en sus libros, pero este refugio se quiebra cuando veinte años después de su encuentro con los Moebius recibe una carta que le empuja a embarcarse rumbo a un lugar enigmático, Santa Catalina del Océano, lugar en el que, in media res, nos situaba la primera página del libro.
En esta segunda parte, más ágil que la primera, Santa catalina se nos muestra como un lugar misterioso y fascinante, desde luego lo mejor de toda la novela, con unas torres imposibles, altas, estrechas, con apenas ventanas, que imitan a las de San Gimignano en la Toscana Italiana. Las cosas inquietantes, extrañas, casi imposibles, que allí han sucedido y aún suceden bajo el halo de los Moebius, creadores extintos del inacabado lugar, arrastran al escritor y al lector a un desenlace lógico, casi inevitable, donde la frontera entre lo real e imaginario desaparece. Un final que ata de forma inteligente todos los cabos de la trama.
Si la perfección del entramado, émulo del ideado por Néspolo, nos conduce gratamente al final, tras la lectura nos queda una cierta sensación de saciedad que proviene del uso y abuso de la misma palabra. El virtuosismo del autor, que nos lleva de referencia en referencia, de Sócrates a Escher, de Escher a Kafka, dando unas pinceladas de sociología, alguna que otra referencia cinéfila como pueda ser Hitchcock "Psicosis" o incluso Woody Allen en "La rosa púrpura de El Cairo" (filmes donde la barrera entre lo real e imaginario se desdibuja), incide de forma repetitiva e incluso abusiva en los significados y significantes de las palabras. Parece decirnos, “indaguen, aquí hay mucho más de lo que ven los ojos”. Para los iniciados, o los que gusten de los enigmas, resultará gratificante unir la experiencia de Néspolo con la de Socrátes, figura de referencia que, ¡a los once años!, lleva al protagonista a darse cuenta del poder de las palabras. La ironía que supone unir a Néspolo con Sócrates es manifiesta ya que el filósofo fue acusado de corrupción de los jóvenes atenienses y condenado a morir por sus palabras, lo cual no deja de tener un paralelismo con la vida del propio Néspolo, pues las palabras que tan bien creía dominar se revuelven contra él y acaban siendo su castigo.
Juegos como éste, el paralelismo que existe también entre la peripecia del protagonista de “La metamorfosis” de Kafka y la del protagonista o la referencia constante a la creación de Escher (cuya obra necesita ser vista más que descrita), obsesionado también con la cinta de Moebius que aparece hasta el exceso como referencia en la obra (esa cinta de escribir estropeada que desencadena la tragedia…), lastran la obra pues Trías de Bes se obsesiona por dejarnos claro el poder de la palabra en todo instante, casi como si fuese una fuerza independiente que los escritores sólo pudieran dominar de forma pasajera.
Sus referencias literarias o geográficas (¿cuántos conocen Fara San Martino, Atrani o incluso Amalfi para evocarlos sin más?), que le revelan como hombre culto, dificultan un tanto el avance del texto pero, sobre todo, me resulta un poco ridícula su obsesión porque todo tenga su significado, reflejo y complemento en el relato como si se tratará de un cuadro del mismo Escher: Evelyn se refleja en Evelita y, en el relato de detectives, ésta en Evita; los desencadenantes de la trama (todos con “w”: Walter Néspolo, Mr. Wilford, Wallace González) se complementan y reflejan, Néspolo con González y después con Wilford; los Zanzíbar que se llaman Zenón y Zacarías (dobles “z”); ese pintor Dodá, que semeja “dadá”, con un apellido y una obra que remiten al surrealismo; Mattofoux, cuyo apellido es, como su mismo lenguaje, una suma de idiomas, y que contiene su propio apelativo “loco”; las torres gemelas de Santa Catalina; los Alfario y los Betario, complementarios en la supervivencia, nombres que ya me parecen el sumun de la tontería, cuyos apellidos coinciden con los individuos alfa y beta de una sociedad y le sirven al autor para colarnos sus conocimientos sobre sociedades primitivas; el capitán Senzanome, sin nombre, que de halla su reflejo en el personaje del último relato policiaco de Néspolo…¡Vamos! Tanta coincidencia, juego y espejo llega a cansar y distrae de la trama principal. Puede ser un placer dedicarle un repaso al texto una vez acabado pero, durante la primera lectura, recomendaría no conceder tanta tención a estos detalles, algunos de los cuales el propio autor acaba explicando.
Si soslayamos este intelectualismo, este virtuosismo de escritor al que Trías de Bes no se resiste, la obra es francamente buena, acabando con un detalle magistral que revela hasta qué punto el protagonista se ha dejado arrastrar por sus miedos, degradándose a sí mismo en el camino, hasta semejar ser el escarabajo de Kafka, simbólica y moralmente, permaneciendo en un limbo oscuro sin futuro ni redención.
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