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He aquí el hombre, de Michael Moorcock |
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Estamos ante una feroz réplica a todo lo que la ciencia ficción y la fantasía habían creado hasta entonces: réplica a Tolkien y a todos los que como él habían asumido la tradición cristiana. |
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¿Qué aficionado a la literatura fantástica o de ciencia ficción no conoce el nombre de Michael Moorcock? Este autor saltó a la fama a partir de la difusión de sus obras sobre “El campeón eterno” y el concepto de MULTIVERSO que encuentran su primer y más popular reflejo en las novelas y cuentos sobre el emperador albino Elric de Melniboné. Pero, aunque la novela que tenemos entre manos es contemporánea al surgimiento de la figura de Elric y de toda la estructura novelística de Moorcock centrada en la lucha de la Ley Contra el Caos, figurada en el ya citado “Campeón eterno”, nunca ha sido puesta en relación con estos hechos y, menos aún, en relación con el momento tanto literario como social en que surgió. Vayamos por partes.
Moorcock nos revela su gran conocimiento histórico de la época través de pinceladas de la Palestina del siglo I como la vida de la secta esenia, la mística judía del momento, la oposición a Roma, etc.
La novela en cuestión se titula "He aquí el hombre" (BEHOLD THE MAN, Destino), publicada en partes en 1966 en la revista NEW WORLDS de la cual Moorcock era editor, y hace alusión a una cita del Nuevo Testamento, el Evangelio de San Juan, capítulo 19, versículo 5, en el que Pilatos, gobernador de Judea, presenta al recién azotado Jesús diciendo: “Ecce homo”, es decir, “He aquí el hombre”. De esta forma, tan sólo con el título, queda claro que nos vamos a encontrar con una novela de fondo religioso y, más concretamente, de fondo cristiano. Pero, teniendo en cuenta que Moorcok, su autor, siempre ha sido reconocido como un revolucionario, con unos ideales que oscilan alrededor del anarquismo, tenemos que presumir también que la obra va a ser una clara crítica a esta ideología religiosa y, en este sentido, el libro va más allá de todo lo escrito hasta ese momento dudando de la figura de Jesús, de las bases del cristianismo, de la religión hebrea que la vio nacer y de la psiquiatría moderna encarnada en Karl G. Jung, autor de teorías como el inconsciente colectivo y estudioso de la religión como conformador de la psique humana (si, ya sé que me estoy pasando con los términos técnicos pero, si no, ¿cómo lo pongo?).
El resumen de la obra no es complicado: la trama se basa en la vida de Karl Glogauer (¡menudo apellido!) un inadaptado, en cuya mente conviven el misticismo, la obsesión por Jesús y la psiquiatría de forma gustosa. El peregrinaje religioso del protagonista resulta tanto más patético porque Glogauer, en realidad, es judío: esa era la religión de su padre separado de su madre cuando Karl sólo tenía 3 años. La falta de figura paterna es una de las claves para entender la soledad del protagonista que recuerda el último día con su padre como uno de los más bellos de toda su infancia. Si sumamos una vida sexual tan decepcionante como sus ideas, procurando alejar a aquellos que le aman, se entiende que acabe aceptando una propuesta inaudita, viajar en el tiempo, eligiendo la fecha y el lugar de su aparición: la Palestina del año 29, donde buscará a Jesús para descubrir si en verdad era un ser divino.
Los viajes en el tiempo no eran nada nuevo en la ciencia ficción pero Moorcock va a dotar a su obra de una originalidad sin precedentes al hacer de la vida de Glogauer un reflejo de su época y de la disyuntiva cultural que se estaba produciendo en los años 60 del siglo XX entre los valores heredados del pasado y las nuevas concepciones que surgían al calor del conflicto de Vietnam, la libertad sexual, la carrera espacial, la “primavera de Praga” y un largo etcétera que desembocaría en Europa en un espectáculo como el mayo del 68. Ante un mundo cambiante cuyas reglas no alcanza a comprender, Glogauer se aísla, compadeciéndose siempre de sí mismo. Su falta de autoestima hace que acabe alejando de si a todos aquellos que le aprecian, sintiéndose siempre rebajado y frustrado ante los demás. Con un carácter semejante no es de extrañar que empiece a buscar desesperadamente algo que de sentido a su existencia decantándose primero por el misticismo, diversas religiones y mitologías varias, para acabar reverenciando a la psiquiatría de Jung, lo que le conduce de nuevo a la religión cristiana que le inculcaron en su infancia. Jung, psiquiatra muy en boga a comienzos de los 60, es tratado por Moorcock como un abuelete algo tonto y se burla abiertamente de sus ideas a través del personaje de Mónica, la última amante del protagonista, atea radical, que lo abandona por su incapacidad cambiar. Dice Glogauer: “Jung sabía que el mito también puede crear la realidad” y responde ella “Lo cual demuestra el viejo estúpido confundido que era”.
Mónica y Karl son plasmados por Moorcock como arquetipos vitales de los años 60: mientras Glogauer es la persona que mira al pasado, y, ante la soledad y el desarraigo, se refugia en una vida trascendente y un Dios que daría sentido a todo lo existente, Mónica representa la liberación de las viejas trabas religiosas, que ve en la ciencia la victoria sobre los antiguos mitos y que acepta “vivir sin muletas”, no necesitando a Dios para justificar su vida. Sin una Mónica que lo contradiga y sirva de contrapeso, Glogauer hace realidad su deseo de encontrar a Dios… y se lleva la mayor decepción posible.
Estructurada de una forma brillante, plantándonos desde el primer capítulo en la Judea contemporánea a Cristo, la vida de Glogauer se nos va desvelando en cortos “flashbacks” que nos informan de la experiencia vital del protagonista conduciéndonos de forma precisa, impecable e implacable al momento en que Glogauer aparece en Galilea. Moorcock nos revela su gran conocimiento histórico de la época través de pinceladas de la Palestina del siglo I como la vida de la secta esenia, la mística judía del momento, la oposición a Roma, etc. (aunque yo sigo sin creerme que nadie pueda aprender y hablar el arameo antiguo en 6 meses!!!). También el uso de las Sagradas Escrituras cristianas es preciso y esclarecedor en cada momento, mostrándonos hasta que punto puede distanciarse la realidad del mito. El instante decisivo en la obra es, sin embargo, la escena en que Karl encuentra a Jesús, el hijo de María. El conocimiento de la verdad detrás de la figura bíblica conduce a Glogauer a tomar una resolución que podemos considerar acertada o estúpida pero que es completamente lógica con sus ideas y sentimientos: Glogauer es alguien que necesita llamar la atención para saber que existe y que acepta el sacrificio y el martirio para justificar ese fin…y de paso sentar las bases de todo el cristianismo tal y como lo conocemos a través de los textos bíblicos. Desvelar más de la trama sería destriparla por completo.
Glogauer es una antítesis y a la vez reflejo de ese “campeón eterno” que obsesiona a Moorcock: asume a su modo la lucha entre la ley y el caos (en este caso entre realidad y mito) haciendo que la victoria se decante por uno de ellos. Lo acertado de su elección queda a consideración del lector aunque, viendo el desarrollo de la novela, está claro lo que Moorcock piensa de ella: para llegar a un fin tan tremendo y desolador es necesario que cree a un “campeón” neurótico, desdichado, que no se acepta a sí mismo a pesar de la consideración de quienes le rodean, que necesita mortificarse para ser feliz. Es revelador que su primera novia, Eva, que simboliza la inocencia que el destrozará con sus miedos, afirme: “Realmente harás algo maravilloso en el mundo”. Glogauer comparte con su contemporáneo Elric la debilidad física, su huida de la violencia y la asunción del destino como algo irremediable. Y, una vez elegido su destino, Glogauer llega a aparecer como una figura trágica que, tal y como él deseaba, mueve a la compasión del lector…aunque ni en su muerte se libre de la duda y el ridículo. De hecho Moorcock hace que Glogauer desaparezca de escena mientras exclama: “Es mentira, es mentira”, expresión que en inglés sería “It´s a lie…It´s a lie” y que fonéticamente suena de forma similar a las palabras que la tradición pone en boca de Jesús antes de morir: Eloi, eloi, lama sabachthani (padre, padre…y el resto no lo sé. El hebreo no es mi fuerte).
"He aquí el hombre" resulta ser una feroz réplica a todo lo que la ciencia ficción y la fantasía habían creado hasta entonces: réplica a J.R.R. Tolkien y a todos los que como él habían asumido la tradición cristiana de la eterna lucha del bien y el mal para crear sus obras. El cristianismo, parece decirnos Moorcok, es una de las peores lacras de la era contemporánea, lastra al hombre con su concepto de eternidad, alma y Dios, creando personas débiles, tanto física como mentalmente, incapaces de vivir en el mundo que les rodea. La novedad y aceptación de una crítica semejante a finales de los años 60 se vislumbra en la concesión a esta obra del premio Nebula, uno de los más prestigiosos de la ciencia ficción, en 1967. Nunca volverá a repetir Moorcock galardón semejante…y viendo la situación actual en USA no creo que lo repita jamás. Renueva por lo tanto Moorcock el panorama de la ciencia ficción, tal y como sucedía en la literatura fantástica con Elric y sus compadres “eternos”, y lo convierte en buen reflejo de la situación actual del mundo en que vivimos, estela creativa que se seguiría después por otros autores prolijamente. En cuanto a Glogauer, Moorcock volvería al personaje en un libro posterior BREAKFAST IN THE RUINS (1972, creo que nunca ha sido publicada en castellano), que con su subtítulo A Novel of Inhumanity ya nos plantea el rídiculo humano al que nos vamos a enfrentar con un Glogauer encamado con un nigeriano sin nombre y salta
Personalmente la obra me impactó muchísimo (la leí en una edición de 1990, de la editorial Destino) y me hizo replantearme muchas cosas sobre la religión y el cristianismo que había dado por descontadas…aunque sigo sin tragar el entusiasmo de Mónica por la ciencia, que parece que iba va a ser la panacea universal y luego nos ha llevado al desprecio supremo por el mundo natural y a la sartén futura del calentamiento global. En fin, una obra que necesita una revisitación y una reedición con urgencia por la gran modernidad de su planteamiento.
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4 Comentarios recibidos
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Usuario: Mithrand (19-Marzo-09)
Jejeje xD
Bueno, no te preocupes, aún no somos El País (lástima), aunque a veces produce vértigo la gente que te lee, y critica al criticón (o criticona en tu caso xDD). Gracias por traernos a Moorcock xD
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Usuario: eidián (19-Marzo-09)
Chicos: ¡gracias! Aún estoy temblando por la emoción, os lo juro. Estoy medio acatarrada y nada más ver el artículo en la página me he puesto ha toser como una loca. Creo que no me había sentido tan emocionada en la vida: a ver si cuando presente de una vez la dichosa tesis me emociono aunque sea la mitad. ¡Gracias de nuevo! ¡Ah! Y ya sabéis, para cualquier tipo de discusión...aquí me téneis. Y no dudéis que habrá más artículos. ¡Ayyyy, que me salgo! Mejor lo dejo de momento.
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Usuario: Murray (19-Marzo-09)
Fantástico artículo. ¡Enhorabuena, Eidian! ;)
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Usuario: Mithrand (19-Marzo-09)
Una buena entrada en el plantel de redactores de Fantasymundo, Eidián :bravo:
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