Fantasymundo - Cine Literatura Videojuegos Cómic y Manga || Fantasía, Ci-Fi, Histórica, juvenil y Ensayo
Concurso El Circo de la Noche - ¡Gana tu ejemplar!
Menu general
       Artículo de literatura
Viejo Siglo XX, de Joe Haldeman
Alejandro Serrano   20/06/2008 Escribir Comentario
Meneame
     Desgraciadamente, con el paso de las páginas, se nota que Haldeman, especialista en relatos cortos, ha intentado unir varios de ellos con una amalgama demasiado ligera como para dotar al conjunto de solidez.
Portada de Viejo Siglo XX, de Joe HaldemanConfieso que me precipité sobre el ejemplar de “Viejo Siglo XX”, de Joe Haldeman, enviado por la interesante editorial Ómicron, como un viejo y famélico león sobre un chuletón de buey, convencido de lo interesante del argumento inicial, y deseando saborear con pausa y delete (en aquellos afortunados días disponía de un poco de tiempo libre) una buena dosis de ciencia ficción apocalíptica con referencias al pasado y turbulento siglo XX.

De entrada, el argumento excita la imaginación y promete giros argumentales interesantes. En el año 2047 estalla una guerra de clases a escala planetaria, la Guerra de la Inmortalidad, a causa del Proceso Becker-Cendrek, un proceso médico gracias al cual el cuerpo humano se convierte en una máquina autorreparadora (hasta ciertos límites). Tan sólo los más pudientes podían costearse el PBC, ni una persona entre mil podía someterse al tratamiento, y el resto de la población mundial se vio condenada a la mortalidad habitual, un proceso “natural” y casi asumido por el subconsciente humano a base de repetición, pero que en el fondo siempre nos esforzamos por retrasar y paliar. Aunque el PBC comenzó a bajar de precio y llegó a ser accesible a personas con menor poder adquisitivo, el enfrentamiento de clases, siempre latente, evitó la racionalidad, con lo que la guerra a escala global se hizo realidad.

Tras luchas fratricidas por todo el globo terráqueo, todo terminó de la noche a la mañana a causa de un agente biológico creado por los nuevos humanos inmortales, el Lote 92. Dispersado por la atmósfera, en un mes mató a 7.000 millones de personas, y sobre la faz de la Tierra permanecieron 200 millones de inmortales. En pocos minutos, a todo aquel que no fuese inmortal, el Lote 92 le paró el corazón en seco. Y de la misma forma que sus corazones dejaban de latir, así lo hizo el motor de un mundo cuya principal mano de obra eran, precisamente, los mortales que no habían podido costearse el tratamiento.

La población mundial se concentró en focos medianamente poblados de supervivientes, y el ser humano comenzó de nuevo a organizar su vida en común, con la certeza de que la muerte había quedado atrás. No había suministros para mucho tiempo, tan sólo disponían de unas pocas reservas acumuladas, así que se pusieron manos a la obra para reorganizar el gobierno mundial. Los niños, siempre los últimos en la cola para el tratamiento del PBC al disponer de más años por delante, escaseaban, al haber muerto a causa del Lote 92, y también los hombres y mujeres supervivientes se dedicaron a redoblar cada cierto tiempo la población de sus respectivas ciudades, conscientes de que el futuro pasaba por aumentar el número de brazos disponibles.

Por supuesto, este statu quo propició todo tipo de experimentos de gobierno, pero tras unas décadas, el ser humano se decidió por una forma de democracia representativa, que agrupó a varios países supervivientes, y que se denominó en primera instanca Instituto de Orden Mundial. Coaliciones menores, siempre dentro del IOM, florecieron a su amparo, siempre compuestas por países geográficamente próximos, aunque existía cierta sensación de provisionalidad. Todo, salvo la sagrada libertad de movimientos y la Regla de los Mil Millones. Todos los países acordaron limitar la población, a causa lógicamente de la estrenada inmortalidad y la siempre acuciante necesidad de recursos, y los nuevos nacimientos debían estar guiados por la norma del reemplazo de los humanos que morían por causas no naturales. Por supuesto, durante el embarazo debía interrumpirse el proceso de inmortalidad, así que las mujeres que elegían dar a luz con sus cuerpos se exponían a morir durante nueve meses. Con el tiempo, la mayoría de las mujeres contrató a madres de alquiler o cultivaron sus hijos ex utero. Era raro ver mujeres embarazadas.

Durante la mayor parte de su lectura la sensación de estar ante una novela entretenida que aspira a algo más persiste, y uno se pasa toda la novela esperando ese valor añadido sin que termine llegando

Durante las primeras décadas posteriores a La Guerra de la Inmortalidad, la población humana se redujo todavía más, a causa de las altas tasas de suicidio: muchos no pudieron soportar ni las muertes en masa ni las traumáticas recogidas de cadáveres, en las que tuvieron que participar la mayoría de ciudadanos supervivientes, y pusieron fin a su vida, en ocasiones como una forma de protesta contra el Lote 92. La Guerra detuvo en seco los avances en el terreno de los viajes espaciales, muy prometedores antes de ella, pero 22 años después se descubrió la fusión tibia, lo que convirtió a los viajes dentro del sistema solar en un juego de niños, relativamente barato y eficiente. Se recuperaron las bases marcianas y se establecieron bases permanentes de investigación en Europa y Titán. Se descubrió que en Beta Hydri orbitaba un planeta con oxígeno libre y agua, y Humanitas, sucesora del IOM, envió una sonda para investigar. Ésta descubrió un mundo relativamente parecido a la Tierra, y se fletaron varias naves espaciales para colonizarlo.

Precisamente Jacob Brewer, nuestro protagonista y principal narrador, se convirtió en un tripulante esencial de esta flota, por una razón especial. Para combatir la constante depresión y la ansiedad provocadas por la Guerra en los inmortales, se inventó una curiosa máquina del tiempo, una suerte de realidad virtual que recreaba con variable fidelidad y de forma visceral el viejo y añorado siglo XX. En esta máquina suelen perderse los inmortales para disfrutar de sesiones de jazz, juergas constantes, batallas épicas y toda suerte de acontecimientos que les hacen sentir más vivos y olvidar la melancolía que se apodera de ellos al comparar sus viejas vidas con las nuevas. La experiencia de inmersión histórica era muy viva, y puede ser compartida por varios usuarios a la vez. En estos tiempos, en la Tierra existen máquinas que se actualizan constantemente con nuevos detalles y episodios más vívidos y emocionantes, donde incluso varios amigos o compañeros de trabajo pueden quedar para tomar algo y escuchar un poco de música… y de paso hacer terapia.

Estas inmersiones llegan a convertirse en adictivas, y la población mundial pasa un tiempo más que apreciable en estas máquinas. Por supuesto, la flota espacial investigadora se ve obligada a incluir una entre sus aparatos más necesarios, y Brewer, experto conocedor del siglo XX gracias a reliquias e historias familiares, es uno de los técnicos que se ocupan de su mantenimiento. La máquina es, en principio inocua, y salvo la adrenalina que fluye gracias a las experiencias que se tienen con ella y la sensación de bienestar que se tiene tras su utilización, no tiene otro efecto secundario que el de una profunda adicción. Pero a bordo de la nave Aspera, perteneciente a la flota investigadora, algo sale mal: tras décadas sin efectos adversos ni ningún accidente fatal, la gente comienza a morir mientras disfruta de sus inmersiones históricas en el viejo siglo XX. Algo ocurre.

La novela, como ya decía, comienza bien, con un argumento difícil de plasmar pero interesante, y que en un inicio promete mucho. Durante la mayor parte de su lectura la sensación de estar ante una novela entretenida que aspira a algo más persiste, y uno se pasa toda la novela esperando ese valor añadido. Desgraciadamente, con el paso de las páginas, se nota que Haldeman, especialista en relatos cortos, ha intentado unir varios de ellos con una amalgama demasiado ligera como para dotar al conjunto de solidez. Las inmersiones históricas en la máquina del tiempo son narradas por Haldeman con muy variado resultado. En ocasiones resultan ser aventuras breves bien planteadas y desarrolladas, que no por sucintas pierden interés, muy al contrario, pero poco a poco, el autor cae en un frenesí narrativo que no aporta casi nada a la trama que debería cohesionar la novela. Hacia el final remonta de nuevo el vuelo, pero éste se encuentra ya tan lastrado que la sensación general, prometedora en un inicio, se transforma en apatía.

La simultaneidad de la narración principal con las aventuras paralelas sucedidas en la máquina resulta con el tiempo demasiado confusa, demasiado intranscendente y banal. Éstas toman el protagonismo, sofocando a la trama principal, que por inacción, termina muriendo. Uno diría que el propósito final de Haldeman fue hilvanar una novela a través de pequeñas historias autoconclusivas, en las que intenta lucirse, tanto que termina resultando cansino e intranscendente en varias de ellas. No es un libro difícil de leer, ni tampoco especialmente largo, pero en cierta fase de la lectura la propia narración abruma al lector por las razones ya expuestas, y ya no podemos olvidar esta sensación. Una lástima…

Página 1 de 1



Viejo siglo XX

19.00 € 18.05 €
 
El Viejo León. Tolstoi, un retrato literario

7.95 € 7.55 €
 
La sombra del mercenario. Memorias de un viejo íbero

16.40 € 15.58 €
 
La bruja del Viejo Mundo (La Espada de la Verdad 19)

22.00 € 20.90 €
 
 

Versión imprimible · Recomendar a un amigo

Staff de Fantasymundo.com - Quienes hacen la página Contacta con Fantasymundo Notas Legales de Fantasymundo Enlaza con Fantasymundo