venom

«Al final saqué tiempo para escribir mi Enrique V. Es increíble a cuántos éxitos he llamado Enrique; da un poco de miedo si lo piensas: ¡seis hasta ahora! ¿Y cuántas posibilidades había? Añade dos Ricardos y un Juan, que son spin-offs, y parece… parece que he inventado una franquicia: ¡el Universo Enrique!».*

Este diálogo pertenece al 4º episodio de la tercera temporada de «Upstart Crow», descacharrante comedia de la BBC –y que a nuestros lares no ha llegado… aún; Netflix, toma nota– que recrea episodios de la vida y parodia algunas de las obras teatrales de William Shakespeare, y que fue emitido hace un par de semanas en el Reino Unido. La referencia jocosa es más que evidente: el MCU, siglas en inglés para definir al Universo Cinematográfico de Marvel. Un universo que por ahora domina en la competencia con el endeble Universo Cinematográfico de DC en una guerra harto cansina de universos en pugna, y que combinan películas y series de televisión con los personajes de ambos cómics, Marvel y DC. Reconozcamos que esto de los universos cinematográficos se (nos) ha ido de las manos y en algún caso ha naufragado antes de tiempo, como es el caso del Universo Cinematográfico de Monstruos de la Universal, un reboot de la serie clásica (Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo…), que ante el batacazo que se llevó con “La momia” (2017) se ha decidido que por ahora va a quedar en barbecho. Pero como parece que la universomanía no parece tener fin, resulta que Sony también quiere su Universo Marvel propio, aunque no propiamente el de la Marvel Studio, sino otro más limitado, adyacente a aquel, pero sin que acabe de conectar y con algunos personajes Marvel a los que dar empaque; vamos, un universo de chichinabo. Y la película que inaugura este universo marveliano de Sony es “Venom”, sobre el personaje que ya apareció en «Spider-Man 3» (Sam Raimi, 2007). No triunfó en su momento y no parece que vaya a hacerlo ahora.

Entremos en materia. Eddie Brock (Tom Hardy, que parece haberse tomado en serio la cosa, pues también es uno de los productores) es un periodista de San Francisco que lleva un programa de investigación con el que trata de ponerse reivindicativo. Su última “víctima” es Carlton Drake (Riz Ahmed), director ejecutivo de Life Foundation, una corporación de bioingeniería que ha estado realizando experimentos en el espacio; de hecho, una nave que regresaba con muestras alienígenas se estrelló en Malasia y, mira por dónde, una de las muestras –un simbionte, en términos científicos– se “escapó”. Brock descubrirá el pastel cuando, tras irse su vida profesional y su relación con la abogada Anne Weying (Michelle Williams) al garete por tocarle las narices (por decirlo sucintamente) a Drake, conoce a uno de esos simbiontes, con el que los científicos de Drake estaban “jugando” en su laboratorio: “inoculado” en una cobaya humana, también se escapó y acabó “metiéndose” en el cuerpo de Eddie, que había vuelto a ejercer de Gloria Serra. Ese simbionte es Venom, una criatura que lo devora (literalmente) todo y se las hace pasar canutas al pobre Eddie, hasta que finalmente ambos se ponen de acuerdo y comienzan a colaborar juntos. Pues el villano no será Venom, sino Riot, aquel simbionte que se escapara en Malasia y que irá a por todas en San Francisco.

«Venom» tiene muchos problemas. Para empezar, llega a las salas de cine una versión recortada en 40 minutos; según Hardy, se han recortado las mejores partes, pero esto suena a excusa para justificar el desastre de guion que ha quedado. Pues ese es uno de los problemas: el guion, fruto de ese recorte, tiene muchos agujeros y provoca unas cuantas incongruencias en la trama. ¿Es Venom el villano? ¿Lo es Riot? ¿Acaso lo es Drake, a quien ya se le ven las ínfulas a lo Mad Doctor desde el principio? La indefinición en cuanto a lo que es esencial en una película de, o al menos asociada a superhéroes, es decir, el villano, lastra el desarrollo del filme, ya que a una primera parte de presentación de la trama (algo tediosa) sucede otra en la que no queda claro qué agenda tiene Venom y hasta qué punto utiliza a Eddie, para luego coger el turbo en un tramo final sin demasiada explicación argumental. Luego está la indefinición en cuanto al tono del filme: ¿acción? ¿terror? ¿thriller? ¿comedia? En Sony han ido a por lo fácil: ¡todo a la vez! Un mejunje que no funciona y que, supongo que para tener una calificación de mayores de 13 años y así llegar a más salas de cine, no acaba de ser todo lo intenso que podría ser; para entendernos: cuando en una secuencia intuyes que se va a poner gore, en plan “mayores de 18 años”, la película se autocensura y no se atreve a poner toda la carne en el asador. En resumidas cuentas, que no es “Deadpool” pero querría serlo.

Tampoco ayuda que el villano sea plano como una tabla de planchar y tan locuaz que no puedes dejar de esbozar una ligerísima sonrisa cuando Brock/Hardy le suelta un por qué no te callas. Un villano de esos a la antigua usanza y que, quizá subliminalmente, te recuerda constantemente a Elon Musk, el presidente de Tesla hasta hace unos pocos días. Entre que el villano es endeble, que el registro de comedia no le acaba de funcionar a Tom Hardy (sinceramente, no es lo suyo) y que Venom “habla” con un tono a medio camino de Darth Vader y el Batman de Christian Bale… cuánto talento malgastado, que diría Robert de Niro. Habría sido un puntazo que se hubiera presentado a Eddie con un “yo… soy… Venom” con voz cavernosa; una nota de auténtico humor no impostado en una película que se toma demasiado en serio a sí misma, por un lado, pero pretende ponerse graciosilla en plan buddy movie, y al final ni lo uno ni lo otro (de chichinabo, decíamos antes).

¿Virtudes? Que no es aburrida, pero sí anodina; que las casi dos horas de metraje son más que suficientes (si llega una versión extendida con esos 40 minutos recortados quizá la cosa mejore, como le pasó al montaje del director de “Batman v Superman: el Amanecer de la Justicia” (Zack Snyder, 2016); que, aun cantando bastante los efectos visuales generados por ordenador (lo que hoy se llama CGI), el entorno formal no es ridículo; y que Hardy, en una interpretación que no te acabas de creer, sostiene gran parte del filme sólo con su presencia, se ponga juguetón o no. Eso sí, química cero con Michelle Williams… y absoluta con Venom (o sea, él mismo).

El resultado final es una película que, al margen de sus costuras e indefiniciones, deja al espectador indiferente. Y tratándose de un filme de estas características, con mucha pirotecnia y siendo la carta de presentación de un universo cinematográfico, eso es lo peor que puede sucederle: que esboces un “meh…” Porque si eres una mala película, pero lo asumes y conscientemente juegas con ello (pónganse los ejemplos que se considere), tienes recorrido; pero si dejas indiferente al personal…

 

* Nota: al explicarlo pierde su gracia, pero por si hiciera falta: Shakespeare escribió dos tetralogías históricas de obras teatrales: una sobre la Guerra de las Dos Rosas, formada por las tres partes de Enrique VI y Ricardo III («¡un caballo! ¡mi reino por un caballo»), y otra, la llamada Henriad, formada por Ricardo II, Enrique IV (primera y segunda parte) y Enrique V («¡oh, banda de hermanos…!»), y que trata el auge de los Lancaster a principios del siglo XV; esos Lancaster que más tarde se enfrentarán a los York en la mencionada Guerra de las Dos Rosas. El rey Juan y Enrique VIII son otras dos obras de ese “universo” shakesperiano, no relacionadas argumentalmente con las dos tetralogías. ¡Chupaos esa, Marvel y DC Comics!

Óscar González
Historiador, profesor colaborador y tutor universitario, lector profesional, cinéfilo, seriéfilo..

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