Una relación abierta

Anna (Rebecca Hall) y Will (Dan Stevens) parecen la pareja hecha para estar juntos toda la vida; de hecho, se conocen desde que iban juntos a la universidad. Anna realiza una tesis sobre mujeres pianistas y Will es ebanista. La rutina (cuando no la monotonía) está presente en sus vidas, incluida la sexual, aunque ellos no aparentan darle importancia. Sin embargo, una trivial conversación con el hermano de Anna, Hale (David Josep Craig) y la pareja de éste (y compañero de trabajo de Will), Reece (Morgan Spector), sacará a la pareja de su área de confort; Anna confiesa que no ha estado con otros hombres aparte de Will, a lo que su cuñado pregunta: ¿cómo puedes saber si tu pareja es “para toda la vida” si no has estado antes con otras personas? (Reece, de hecho, lo planteará de una manera más cruda: ¿cómo puede gustarte solamente el pene de Will si no has conocido otros?). Lo que empieza como una broma, si se quiere, una charla de sobremesa, se convierte de pronto en una picazón que comenzarán a sentir ambos, Anna y Will. “Es cierto, no hemos estado con otras personas, ¿cómo sabemos si realmente estamos hechos el uno para el otro? Pues abramos el melón…” Así comienza “Una relación abierta”, comedia romántica (presuntamente) de Brian Crano que intenta darle la vuelta a la típica película sobre parejas y hacerles replantearles si el rumbo que sigue su vida es el que realmente siempre han querido.

No lo negaremos: hasta cierto punto el planteamiento de este filme –cuyo título original, “Permission”, parece tener más sentido– llama la atención y parece prometer una hora y media de entretenimiento ligero y quizá hasta algo “progre”, si quieres entrar en el juego; a fin de cuentas, no establece un debate sobre la fidelidad (concepto más que elástico), sino que persigue cambiar un poco el chip del espectador, aunque sea a golpe de comedia más o menos intrascendente. Un meneíllo más o menos provocador, que en nuestros lares y en esta época del año –la película se estrenó en Estados Unidos en febrero, tras una presentación oficial en el Festival de Tribeca en abril de 2017– hasta puede ser un aliciente más que el aire acondicionado de una sala de cine. Resulta también inevitable, aunque se trata de dos productos muy diferentes, recordar en algún momento una película como “Una proposición indecente” (Adrian Lyne, 1993), engendro reaccionario de hace ya veinticinco años. No parece que Crano se interese por establecer paralelismos con este filme, pero sí jugar un poco, escenarios incluidos, con ciertas películas de Woody Allen y poner a los personajes ante diversas tesituras. El problema quizá sea que la cosa no dé para tanto: quizá un corto, ¿pero un largometraje?

Pues Anna entablará una relación meramente sexual con un músico, Dane (François Arnaud), mientras que Will, por no ser menos (y he ahí la falla principal del filme), hará lo propio (o lo intentará) con una clienta de su tienda, Lydia (Gina Gershon, ¿qué fue de ti, por cierto?). La idea es que ambos sepan siempre qué hace el otro y con quién, contándoselo después; se podrá imaginar el lector de esta crítica que una cosa es la teoría y otra la práctica. Si ya de por sí la idea inicial del filme se agota pronto, este se “rellena” con una historia paralela: la de Hale, que ansía adoptar un niño, aunque Reece no es nada receptivo a la cuestión; un sueño que erosiona la relación y, seamos sinceros, aparta la atención del espectador con una trama que no es la principal y que aporta poco (o nada) al filme. E independientemente de que las cuitas de Hale (y la curiosa amistad que mantiene en un parque con un padre primerizo, interpretado por un Jason Sudeikis con el piloto automático) tienen interés, ¿pero en este filme y metidas además con calzador?

Una relación abierta“Una relación abierta” pretende ser una película subversiva en el mensaje, pero no esconde un cierto conservadurismo de fondo y apenas bucea a medio metro de profundidad con una pobre reflexión sobre temas (también metidos con calzador) como el reloj biológico o la (ya manida) crisis de la masculinidad: en el caso de Will, se enfatiza esta última cuestión con una construcción del personaje como alguien inseguro y a quien le cuesta dar un paso (o varios) – “no sé quién soy sin ti”, le llega a decir a Anna en el momento cumbre–; más bochornosa resulta alguna secuencia, como ese coche en llamas que se encuentra el personaje en uno de sus paseos y que, la verdad, como metáfora resulta bastante ridícula. Que el leitmotiv de la relación de Anna y Will sea una casa que este le construye como paso previo para pedirle matrimonio también acaba siendo una imagen y un regalo envenenado: nuestra relación será sólida cuando nos casemos y vivamos como el resto de los mortales en un apartamento que yo, el marido, he creado con mis manos para ti, esposa. “Hemos madurado”, suena como (casi) frase final; “enhorabuena”, te dan ganas de decir desde la butaca, “nosotros con vosotros… hace una hora y pico”.

Película que, es cierto, tiene algunos momentos graciosos y que en muchas ocasiones es como la lluvia fina: moja, pero no cala. Rebecca Hall está muy espontánea a lo largo del filme y Dan Stevens en algunos momentos hasta te provoca una media risilla con las cosas que le pasan. Si además vas con intención de disfrutar del aire acondicionado en estos días de canícula infernal, quizá hasta le saques algo de provecho a un filme estirado y que naufraga antes de llegar siquiera a la mitad de su metraje. Quizá te acabe cabreando el tufillo de fondo, que de progre más bien tiene poco, pero eso ya queda a tu criterio…

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