Woody Allen “faltó” a su entrega cinematográfica anual en 2018 y no por decisión propia sino de Amazon Studios, que desde en los últimos años produjo sus filmes. Los ecos del movimiento #MeToo en el otoño de 2017, con la película ya rodada, reavivaron la controversia que desde hace años rodea a Allen en relación a las acusaciones de abusos sexuales de su hija adoptiva Dylan Farrow; todo ello impulsó al gigante fundado por Jeff Bezos a congelar el estreno del filme. En el calor mediático del caso Harvey Weinstein algunos de los actores (Timothéee Chalamet, Rebecca Hall y Selena Gomez) anunciaron que donarían el sueldo percibido por este filme a una organización sin ánimo de lucro que denuncia los abusos sexuales (RAINN); algún actor incluso (Griffin Newman) dijo que nunca volvería a trabajar con Allen y otros (Cherry Jones, por ejemplo) le defendieron. Pasó 2018 sin el estreno y el propio director y guionista denunció a Amazon por incumplimiento de contrato en febrero de este 2019; la cosa finalmente resolviéndose en mayo con la rescisión con la compañía del acuerdo de cinco películas firmadas y la cesión a Allen de los derechos de distribución de este filme en Estados Unidos (Amazon mantuvo los del resto del mundo). Mucho ruido mediático alrededor del filme, pues, y del que el propio Allen procuró mantenerse en parte al margen –en las entrevistas que se le han realizado recientemente se muestra harto y reacio a hablar de todo aquello que no sea la película–, dedicándose a lo suyo: escribir la siguiente película, que llegará en 2020 y contará con la producción de la compañía española Mediapro.

En cierto modo todo ello ha desviado la atención del filme, con el que Woody Allen regresa (si es que alguna vez se fue) a Nueva York. Y lo hace con una historia que parece escrita sin demasiada ambición, con su estilo habitual (desde esos títulos de crédito y esa música jazzística de siempre), personajes verborreicos al borde de la crisis nerviosa y referencias internas a Tennessee Williams, J.D. Salinger y Francis Scott Fitzgerald, entre otros. Comenzando por el protagonista, Gatsby (Chalamet), un petimetre de buena familia (nuevos ricos, se intuye) que pasa el tiempo en una universidad de la parte alta del estado neoyorquino decide pasar el fin de semana en la Gran Manzana con su novia Asleigh (Elle Fanning, sin duda de lo mejor del filme), que tiene que entrevistar a un exitoso director de cine “de arte y ensayo”, Roland Pollard (Liev Schreiber).

Mientras Ashleigh va a la entrevista y queda con reunirse con Gatsby en el hotel a mediodía (hotel que siempre ella se equivocará en recordar cuál es), el muchacho visitará a su hermano Hunter (Will Rogers) y rehuirá a su madre (Jones), quer organiza una fiesta por todo lo alto, y por el camino se encuentra con amigos y conocidos, entre ellos Shannon (Gomez, chispeante en su papel), hermana de una antigua novia suya. Las cosas se complicarán también para Ashleigh a lo largo de ese día, en el que se verá con un Pollard en crisis, su guionista con sus cuitas matrimoniales (Jude Law) y un actor latino que desprende sex-appeal, carisma y desvergüenza (Diego Luna). La lluvia del título aparecerá y desaparecerá, las peripecias, enredos, huidas y apaños se producirán y ambos personajes aprenderán a conocerse un poco más a sí mismos y un mucho el mundo (y la familia) que los rodea.

Póster de Día de lluvia en Nueva York, de Woody AllenEl recurso de los personajes que se encuentran y no paran de hablar es habitual en la filmografía de Allen y “Un día de lluvia en Nueva York” abunda en ello, con la crisis creativa y de los cuarenta (¿o quizá ya los cincuenta?), la falta de compromiso y la inmadurez como algunos de los temas que rodean un filme que, en cierto modo, es más de lo mismo, pero está bien contado; añadamos una historia de amor que crece y se riega con las gotas de esa lluvia neoyorquina. Que Fanning aporta un plus de candor mezclado con humor resulta interesante; que Chalamet se convierte en una versión joven de Allen y con un atolondramiento (algo) más medido y cargado de (bastante) impostura intelectual, también; y que las pullas que este se intercambia con Gomez aportan frescura a una trama muy alleniana en prácticamente todo, por descontado. Que además soltarás unas cuantas carcajadas amables en la sala de cine ante tal comentario de tal personaje, no lo dudes. Pues Día de lluvia en Nueva York tiene esos alicientes que nos impulsan a querer ver un filme de Woody Allen que queremos que sea un filme de Woody Allen: desenfadado, lleno de guiños literarios (y alguno cinematográfico) que se mencionan sin cesar, ácido y burlón al respecto de un segmento social al que si le rascas un poco el bronce se le ve el auténtico color.

En conclusión, vuelve Woody Allen por sus fueros con una película que, sin sorprender demasiado, (de)muestra por qué sigue siendo un maestro de los diálogos y de una comedia de situación muy a su manera. Un filme que cumple y satisface, que también es cierto que pronto olvidarás, pero que por sus alicientes te recuerda por qué sigues acudiendo a una sala de cine a verlo (y por qué tantos actores, polémicas al margen, quieren trabajar con este director y guionista). Y qué menos que una velada otoñal (si finalmente llega esta estación) para disfrutar de una nueva entrega de uno de los talentos creativos que mejor han sabido retratar la ciudad y el espíritu de Nueva York.

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