Suspiria

Quizá no haya en este 2018 una película tan chocante como «Suspiria» (Luca Guadagnino, 2018). Lo que fue «madre!» de Darren Aronfosky en 2017 lo está siendo, a su manera, en este año al que le quedan días para terminar. De entrada, hay que reconocerle a Guadagnino –el mismo que abrió el año con «Call me by Your Name«– audacia en no limitarse a realizar un remake de la película homónima de Dario Argento de 1977, no ha tratado de impactarnos como espectadores con una historia de terror sino que nos obliga a reflexionar sobre lo que hemos contemplado durante sus dos horas y media. Contemplado y con necesidad de asimilar y tratar de darle un sentido, que lo tiene, desde luego. Quizá por ello, y aunque el resultado global no sea tan redondo como pudo haber sido, «Suspiria» sí tiene los suficientes elementos como para que no la reduzcamos a una, hasta cierto punto, boutade (como la película de Arofnosky sí podía llegar a ser calificada) y a que le sigamos dando vueltas días (o en mi caso semanas) después de haberla visto. Nos congratulamos por ello: pocas películas, muy pocas, en estos tiempos de desidia creativa en la mayor parte de lo que llega a una sala de cine (y en no pocas ocasiones enmascarada bajo fuegos de artificio), tienen la capacidad de agitar con un discurso que se muestra poderosamente con la forma y sin que ambos pierdan fuerza.

Berlín, otoño de 1977. Una muchacha estadounidense, Susie Bannion (Dakota Johnson) viaja a la ciudad alemana (recordemos, dividida aún por el Muro) para realizar una prueba de admisión en una exclusiva escuela de danza, situada en el lado occidental de la urbe. Su llegada coincide con la desaparición de una de las estudiantes, Patricia (Chloë Grace Moretz), a quien en un prólogo vimos acudiendo a la consulta de un psicoanalista, el doctor Josef Kemplerer (primer papel de Tilda Swinton, que asume el rol bajo el nombre de Lutz Ebersdorf), a quien confiesa su temor de que la academia de danza no es más que la tapadera de un aquelarre de brujas; al salir corriendo de la consulta, Patricia se deja unos diarios, que Kemplerer lee, encontrando diversas informaciones sobre un triunvirato (o, más propiamente, un triunfeminato), de brujas supremas llamadas Mater Tenebrarum (madre tenebrosa), Mater Lachrymarum (madre lacrimosa) y Mater Suspiriorum (madre suspirosa), con poderes que les permiten manipular el mundo.

La muerte –en una de las secuencias más impactantes del filme– y posterior desaparición de otra estudiante, Olga (Elena Fokina), mientras Susie realiza su prueba ante la directora de la academia, Madame Blanc (segundo papel de Tilda Swinton), jalonará los primeros pasos de la muchacha estadounidense en la academia, ya aceptada como estudiante. En los días posteriores, mientras el aquelarre de brujas decide quién será su líder entre Madame Blanc y la afamada fundadora de la academia, Helena Markos (tercer papel de Swinton), que sobrevive en las catacumbas del edificio a la espera de «recibir» el cuerpo de una joven, las estudiantes deberán prepararse para una nueva obra, Volk (pueblo). El doctor Kemplerer inicia también sus pesquisas alrededor de la revelación de Patricia, al tiempo que lidia con el recuerdo de su esposa, desaparecida en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Susie, por su parte, que procede de una familia menonita de Ohio, huye del recuerdo de una madre que la rechazó y que actualmente agoniza (la madre como personaje evocado, sublimado y también rechazado). Por último, la compañera de habitación de Susie, Sara (Mia Goth), tiene sus propias sospechas sobre lo que ocurre en las entrañas de la academia. Todo, eventualmente, convergerá en un supremo acto que desafiará las expectativas de los personajes y será el campo de batalla del que nacerá un nuevo liderazgo.

«Suspiria» sale triunfante más en la creación de un ambiente opresivo y terrorífico que en la conformación de una trama consistente que finalmente explique los muchos interrogantes que pueden quedar abiertos. Esto último no tiene por qué suponer un problema –no todo debe o necesita quedar «resuelto» al cien por cien–, pero la dificultad para dosificar los diversos elementos y hacerlos más o menos inteligibles, y sobre todo coherentes, sí que acaba lastrando una película que se alarga demasiado durante sus ciento cincuenta minutos. No ayuda que, desde el principio, el espectador sea consciente que se le presenta una historia presentada en seis episodios y un epílogo, de duración diversa y de plasmación densa, de modo que el agotamiento va haciendo mella a lo largo del metraje. Por supuesto, hay que armarse de paciencia y dejarse llevar, pero la complejidad, no tanto de la trama en sí como de lo que la acompaña, al final pasa factura. Y a pesar de que ese acompañamiento resulta ser de lo más interesante del filme.

Si Argento realizó una película de terror expresionista con colores vivos en 1977, Guadagnino apuesta en este 2018 por ampliar el espectro narrativo. Así, se añaden subtramas «políticas» (en el sentido más amplio de la palabra… y si es que no toda la película es «política») alrededor de la banda Baader-Meinhof, organización terrorista conocida también como RAF (en alemán, Fracción del Ejército Rojo) que en los años setenta y parte de los ochenta realizó numerosos atentados en Alemania Federal. Que la desaparición de Patricia, obsesionada con esta banda, coincida con la llegada de Susie a una academia situada justo delante del Muro, en el lado occidental de Berlín, tampoco es casual, como tampoco deja de serlo que la siguiente «víctima» sea Olga, estudiante soviética, descontenta ante la aparente «pasividad» del staff académico y organizativo de la academia. Otra lectura política resida en el doctor Kemplerer, superviviente de la guerra y cuya esposa falleció (eso suponemos) en un campo de concentración nazi, y en cómo la culpa colectiva por el nazismo subyace en este personaje. Es precisamente esta subtrama una novedad respecto el guion original de la película de Argento, del mismo modo que la academia se situaba en este filme en medio de un bosque y no en pleno Berlín dividido.

A este entramado «político» se añade otro: el matriarcado y el aquelarre de brujas como arma/medio/objetivo de dominación mundial. Que las Tres Madres tengan raíces antropológicas en la prehistoria y que la propia academia acabe pareciendo una versión posmoderna de organizaciones feministas tan combativas como fue WITCH (siglas en inglés de Conspiración Terrorista Internacional de Mujeres del Infierno), que a caballo entre los años sesenta y setenta planteó en Estados Unidos un movimiento de liberación de las mujeres y moldeó un feminismo radical socialista, es también otro de los (muchos) referentes con los que se construye la trama. La danza, como medio de expresión visual y también conceptual, se erige en paralelo como arma de estas brujas y «madres»; las diversas secuencias de performance devienen un aliciente que nos mantiene fijos ante la pantalla, incluida la secuencia climática del último episodio. Y en última instancia, queda la tríada conceptual conformada por la culpa, castigo y el olvido, la amnesia última que rejuvenece y empodera, como veremos a lo largo del filme; conceptos que, de modo sutil, se presentan en un guion que rezuma complejidad narrativa en cada uno de sus episodios.

Siendo una película de terror, que deriva hacia el clímax gore en un par de secuencias (sobre todo LA secuencia en el tramo final, no por esperada menos impactante dentro de los cánones del género), puede decepcionar tanta lectura política a un espectador impaciente; de hecho, más que evocar el giallo de Dario Argento, Guadagnino parece mirarse en el espejo de un terror diferente, impregnado de no pocos retazos del expresionismo de Rainer Werner Fassbinder, coetáneo del primero. Pues estamos ante un filme de cocción lenta, quizá demasiado, pero muy sugerente. Destaca, y es uno de sus elementos más conseguidos, por recrear con fidelidad ambientes de aquel Berlín –aquella Alemania y en última instancia aquella Europa– de finales de los años setenta: la fotografía, con colores apagados, verdes, marrones y sepias gastados, logra insuflar verosimilitud al interior de las casas, las dependencias de la academia o el entorno desangelado de los alrededores de ésta. Frente a un cierto feísmo en estilismo, ropa y atrezo, se irá superponiendo el rojo brillante del «uniforme» de las estudiantes y el carmesí de la sangre en la secuencia de marras en el último episodio de la película. La viscosidad de esa sangre compite en densidad con la propiamente conceptual de un filme que, ya lo advertimos, no está hecho para todo el mundo. Si esperas gore sin más, puede que te aburras durante sus dos horas y media; si aspiras a algo más, y tienes paciencia, la película te aportará más de lo que esperas.

Cierto es que la sensación que más de un espectador puede sentir al final de la cinta, y me incluyo, es la de un cierto agotamiento. Y es que, a pesar de lo sugerente e incluso estimulante a nivel referencial (y «político»), Suspiria se alarga en un metraje de por sí dilatado, nos fatiga y hasta que puede que nos empachen los muchos ingredientes que contiene este potaje. Todos ellos saben a algo y todos ellos no dejarán de nutrir los apetitos de espectadores (muy) diversos, pero la digestión es de aquellas pesadas. Puede también que las diversas esferas narrativas no acaben de ligar del todo bien como salsa que acompaña el plato principal. Y quizá al cocinero se le haya ido la mano con las especias. Como conclusión, puede que el ambicioso trabajo de Guadagnino quede algo (o muy) desbocado, pero, sea como fuere, aplaudimos la audacia y valoramos lo mucho que propone este filme, que, como decíamos al principio, trasciende la mera etiqueta de remake. También es verdad que nos tomaremos un largo período de tiempo para digerirlo antes de volver a probarlo…

Óscar González
Historiador, profesor colaborador y tutor universitario, lector profesional, cinéfilo, seriéfilo..

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