El pasado mes de febrero llegó a librerías de mano de Plataforma NeoSoñar con la superficie”, un retelling de “La sirenita” narrado por Louise O’Neill. Su principal reclamo era su tono oscuro y su feminismo (además de la preciosa portada), motivos por los que enseguida quise hacerme con él.

Pero nada más empezar a leerlo descubrí que no era lo que había esperado.

Soñar con la superficie” nos cuenta la historia de Gaia (o Muirgen), una joven princesa sirena que vive bajo las órdenes y los caprichos de su padre, el Rey del Mar, en una Atlántida en el que las sirenas deben ser bellas y complacientes, donde su opinión no importa y solo pueden alzar la voz para cantar.

Conforme con la vida que le ha tocado, la protagonista no deja de preguntarse si su madre (a quien se dice asesinaron los humanos), aún estará viva. Es esta eterna cuestión la que la lleva a subir a la superficie en su decimoquinto cumpleaños. Allí se quedará prendada de un atractivo joven al que ve en un barco, y lo arriesgará todo para salvarlo primero y para volver a verlo después. Por un humano que ha observado durante un par de horas, Gaia sacrificará su voz, y quizá algo más.

La trama de “Soñar con la superficie” es interesante y hasta cierto punto entretenida. Propone temas y conceptos atractivos que, no obstante, no termina de saber explotar. La historia se compone de dos partes bien diferenciadas, la del mar y la de la superficie. En la primera mitad da la sensación de faltar algo y en la segunda apenas ocurre nada reseñable.

Gran parte de la culpa de que la novela no funcione es de una ambientación que hace aguas por todas partes y de unos personajes muy poco creíbles.

El worldbuilding de este retelling es muy pobre. De él solo sabemos que los hombres son muy machistas, que existen las rusalcas (seres de la mitología eslava) comandadas por la Bruja del Mar, y que los sirenos estuvieron en guerra con ellas hace unos años hasta que la madre de Gaia consiguió que se firmase una tregua.

Del mundo de la superficie tampoco se cuenta gran cosa. Dan tan poca información que no he sido capaz ni de averiguar en qué época se ambienta el libro (intuyo que en la moderna, pero hasta ahí).

¿Dónde están las costumbres, la cultura, los olores, los sabores? El lector nada continuamente en un mundo casi vacío y lleno de agujeros, de pintalabios que aparecen por arte de magia debajo del mar, de heridas en carne viva que no duelen, de personas que ven unos pies que se caen a girones, pero no llaman a un médico. Estas pequeñeces terminan por ensombrecer aún más un relato ya de por sí escaso en detalles.

En cuanto a los personajes, no he sido capaz de identificarme con ninguno. Gaia tiene cero carácter y aún menos carisma, es una protagonista que se pasa toda la novela haciendo lo que le dicen e intentando agradar a los hombres, hasta el punto de sufrir auténticas torturas por ello. Una actitud que puede comprenderse debido a la educación que se le dio, claro, ¡pero es que no hace nada! La única decisión que toma en casi toda la novela es la de convertirse en humana, y es una decisión bastante estúpida dadas sus consecuencias.

Gaia recibe malos tratos, humillaciones y menosprecios constantes y no reacciona hasta las últimas diez páginas, en las que (OJO SPOILER) se convierte en una matahombres por obra y gracia del deus ex machina (FIN DE SPOILER).

Al resto de mujeres les pasa un poco lo mismo. Las hermanas de la protagonista, salvando pequeños detalles, son todas iguales y funcionan como un mismo ente, reflejando la sociedad de las sirenas. Mientras que la Bruja del Mar es todo lo contrario. La autora la dibuja como una fémina llena de confianza, poderosa y en posesión del manifiesto feminista. Quiere que sea un modelo de mujer a seguir con tanto ahínco que termina por volverla poco creíble. Por no hablar de sus actos, carentes de lógica alguna.

La única mujer bien construida y sólida de la novela es Eleanor, a la que Louise O’Neill destroza sin piedad, cómo no, por culpa de un hombre.

Porque en “Soñar con la superficie” los hombres son aparentemente el origen de todo mal. Egoístas, machistas, maltratadores sin escrúpulos, que solo utilizan a las mujeres y que no sienten ninguna clase de respeto por ellas. ¡Ah! Y que les tienen miedo porque en realidad son poderosas. Solo hay uno que se salva de la quema de la autora, y es un personaje secundario que tiene cuatro apariciones y ninguna relevancia.

La novela quiere ser una crítica tan dura al machismo y una oda al feminismo que termina por hacer el ridículo. Es una novela moralista, que muchas veces se olvida de que está narrando una historia para dejar caer frases lapidarias sobre el poder de las féminas y la crueldad de los varones.

En cuanto a la prosa de O’Neill, es sencilla, quizá demasiado. Sin florituras ni imágenes evocadoras, da la sensación de que le falta algo. Aunque esta carencia también lo convierte en un texto ligero y fácil de seguir. La traducción de Aida Candelario tampoco me ha gustado mucho; el texto se me hace algo cacofónico.

Al final, lo más destacable de la novela es su portada, que no podría ser más preciosa. Ilustrada por Paola Escobar, funciona como un canto de sirena para atraer a los lectores.

En definitiva, “Soñar con la superficie” ha supuesto una decepción. Es una novela demasiado moralista, con personajes incongruentes y hasta ridículos y un mundo al que le falta color y viveza. Cierto es que se deja leer por su lenguaje sencillo y porque de verdad su trama es interesante, pero cuando la ejecución falla, el barco zozobra. Al final esta historia se ha quedado a medio camino de lo que quería ser. Puede gustar a los muy amantes de “La sirenita” que busquen una lectura poco exigente, pero no la recomendaría más allá.

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