Cerebro

Nuestra mente nos engaña. Todos hemos sentido alguna vez que no podemos fiarnos de nuestro cerebro de forma absoluta; modificamos e inventamos recuerdos, olvidamos cosas, alteramos su distribución temporal, debemos asegurarnos en ocasiones varias veces para poder afirmar que hemos hecho algo… Solemos atribuir todo esto a nuestra humanidad: “No somos máquinas”, nos decimos, como dando a entender que nuestra mente es imperfecta, y que esos fallos de concentración son el resultado de una vida llena de preocupaciones y faenas, de desajustes. Vamos, creemos que en otras circunstancias nuestro funcionamiento cognitivo sería distinto, o si la evolución nos hubiera dotado mejor, algo así no ocurriría.

Sin embargo, las investigaciones en psicología y neurociencia indican no sólo lo poco racionales que somos en realidad, sino que la mente se engaña a sí misma de forma intencionada, con el único fin de sobrevivir en un mundo como el nuestro. La mente humana es una maravilla, la máquina biológica perfecta para adaptarnos a un mundo como el nuestro, en constante cambio, que debe llegar a un equilibrio justo entre la racionalidad y la reacción rápida, que nos permita salir al paso de cualquier situación que se nos presente.

Para conseguirlo, la mente humana a veces no analiza los datos de forma totalmente racional, ni percibe la realidad tal y como es, ni siquiera recuerda las cosas tal y como sucedieron. Imaginen una mente que tuviera que analizar, en una situación dada, todos los detalles de forma precisa, y que no fuera capaz de avanzar en sus acciones hasta haber ponderado con detalle todos los escenarios posibles. No seríamos capaz de hacer casi nada de forma eficiente y ágil. Nos perderíamos en un mar de consideraciones, incapaces de elegir la mejor acción de respuesta. Para aumentar su capacidad de análisis y su retención de recuerdos, el cerebro humano ha creado herramientas que hacen ese trabajo por él.

Nuestra mente ha llegado a ser como es tras un refinado y largo proceso evolutivo, y gran parte de ella se centra en responder de forma ágil, rápida y todo lo segura posible ante los retos del día a día. Prevalece siempre la rapidez de respuesta a casi todo lo demás. Hasta hace muy poco, los humanos debían enfrentarse a retos mayúsculos pero fáciles de identificar: huir de algún depredador, evitar la comida peligrosa, anticipar las enfermedades y los remedios, prever las necesidades de cada estación, identificar qué humanos eran amistosos y quienes peligrosos… Sin embargo, actualmente, sobre todo en las ciudades, nos enfrentamos a un ritmo de trabajo y estímulos frenético, para el que nuestra mente no está adaptada. Sí, es capaz de responder hasta un punto, pero más allá acumula errores, e incluso pueden surgir enfermedades a largo plazo enfermedades físicas o mentales debido al estrés.

Portada - Nuestra mente nos engañaEl cerebro humano es más consciente que nosotros de la elevada demanda de energía y proceso que conllevaría una mente que respondiera a todos los estímulos diarios. La evolución suele centrarse en dar vía libre a las soluciones más “elegantes”, es decir, las que son más eficientes con el mínimo gasto de recursos. Esta es la razón por la cual la mente necesita períodos de descanso, y no puede atender a todo estímulo o dato que se presenta, para responder o registrarlo de forma fidedigna. En cambio, los filtra, para responder a los más apremiantes, y registrar los recuerdos de forma “conveniente”, con el mínimo de detalles posible, y a menudo asociados a un estado anímico, más que a imágenes en sí.

Los recuerdos no son fiables como registro de realidad, pero nos sirven más o menos para tomar decisiones con el mínimo gasto energético y de procesamiento mental. Esta es la causa de que acumulemos errores de forma diaria, no tanto los aleatorios que todos cometemos, sino los errores sistemáticos en los que TODOS caemos, como si formasen parte de nuestra programación. Solemos llamarlos “sesgos cognitivos”, y tienen su razón de ser, están ahí para ayudarnos, como hemos visto. Pero en determinadas situaciones, esos sesgos, si no son identificados y tenidos en cuenta, son peligrosos como guía de conducta.

En “Nuestra mente nos engaña” (Shackleton Books), la catedrática de Psicología Experimental Helena Matute nos invita a identificar estos sesgos con el fin de tomar mejores decisiones en situaciones en las que esos condicionantes resultado de nuestra evolución que nos empujan a ser rápidos, flexibles e intuitivos no sólo no nos resultan útiles, sino que son directamente perjudiciales.

Inventamos realidades, y Matute lo describe claramente con un ejemplo. Pongamos por caso que un día percibimos un movimiento entre la maleza del bosque, y en vez de esperar y ver de qué se trata, nuestra mente se inventa rápidamente la realidad más probable, predice que podría tratarse de un depredador, y antes de visualizarlo, ya nos encontramos corriendo a toda prisa para huir del supuesto peligro. Este tipo de reacciones nos han sido muy útiles durante miles de años para salvar el pellejo. Es una característica innata que nos ha permitido sobrevivir como especie hasta llegar al siglo XXI. Un impulso que aún tenemos hoy día, y que en determinados escenarios nos lleva a inventarnos recuerdos y tomar decisiones basadas en razonamientos absurdos. Pueden empujarnos a comprar compulsivamente cosas que no necesitamos, contratar una hipoteca en condiciones poco ventajosas, juzgar a otras personas de forma inapropiada y peligrosa, o a utilizar la violencia cuando hay mejores opciones, por poner ejemplos muy básicos.

La buena noticia es que estos errores siguen unas pautas muy concretas y al menos en parte podemos aprender a predecirlos. “Nuestra mente nos engaña” abre nuestra mente a sus propios sesgos cognitivos, al menos a los más comunes, y nos demuestra cuán poco fiable es nuestra mente cuando se trata de recordar detalles. Helena Matute nos ofrece un viaje iniciático “entre el rigor científico y la agilidad de lectura”, en sus propias palabras, y nos anima a continuar aprendiendo sobre nuestros sesgos en la abundante bibliografía que figura al final del volumen, de apenas 160 páginas y letra de generoso tamaño.

Helena Matute catedrática psicologíaHe disfrutado de este libro, aún a pesar de haber leído ya algún ensayo sobre los sesgos. La facilidad con la que Matute expone los conceptos y su habilidad para establecer paralelismos sencillos con nuestra vida cotidiana, de forma que cualquier persona sea capaz de entender sus propios sesgos, aún sin disponer de formación en la materia. Por supuesto, 160 páginas no dan para realizar una inmersión total en un tema tan profundo, pero “Nuestra mente nos engaña” es perfecto para introducirse en él, y por supuesto, interesarse por otras lecturas más adelante.

Me ha gustado especialmente la forma que tiene la autora de reconocer que ella, en cuanto a ser humano que es, también tiene sesgos, y que incluso con este conocimiento, a veces le cuesta identificarlos y evitarlos. Es decir, admite -como no podía ser de otro modo en un ensayo sincero- que su mente también la engaña. Y no sólo éso, sino que los científicos también son víctimas de sesgos, aún cuando empleen la herramienta más poderosa que ha inventado el ser humano para sortearlos: el método científico.

Sin obsesionarnos, por favor

Matute invita también a no obsesionarnos por nuestros sesgos -ya saben, por algo están ahí-, pero sí a pararse de vez en cuando a pensar y no reaccionar por instinto, a apagar el piloto automático y tener a nuestros sesgos bajo control. Quién sabe, quizá logremos más equilibrio en nuestras vidas, y en nuestra relación con los demás. Y tomemos mejores decisiones.

Helena Matute es catedrática de Psicología y directora del Laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto. Ha sido investigadora visitante en las universidades de Sidney y Queensland (Australia), Gante (Bélgica), Minnesota (Estados Unidos) y Málaga. Ha publicado seis libros y más de ochenta artículos de investigación en las principales revistas científicas internacionales. Ha sido presidenta de la Sociedad Española de Psicología Experimental, y miembro del Consejo Científico Asesor de FECYT, la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Es miembro de número de Jakiunde, la Academia de las Ciencias, las Artes y las Letras del País Vasco. Es también una entusiasta de la divulgación científica y colabora habitualmente con diversos medios y plataformas sobre el tema. Su trabajo de divulgación ha sido reconocido con el premio Prisma Casa de las Ciencias al mejor libro de divulgación, y el premio DIPC de la revista Jot Down al mejor artículo de divulgación científica.

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