Nosotras ya no estaremos recorte
«La noticia llegó algún tiempo después, un lunes de abril por la mañana: la hemos vendido. Hasta ese momento no había sido muy consciente de lo que estaba sucediendo. Vender la casa me parecía una entelequia lejana, un futuro imposible, así que cuando oía a mis padres o a mis hermanos hablar de esas cosas, yo me ponía a pensar en otras, como si todo aquello formara parte de un sueño o de un pasatiempo burgués de mi familia. La casa me parecía un ente tan sólido, tan corpóreo, tan íntimo, que la idea de venderla, aunque repetida en los últimos años con una periodicidad sospechosa, me sonaba como la voz del pastor avisando de la llegada del lobo: un rumor inaudible.»

Tras leer «Nosotras ya no estaremos» no creo equivocarme si me aventuro a afirmar que todos hemos tenido algún que otro rifirrafe con las herencias familiares. Desde lo que consideramos injusto, la sorpresa al ver el legado de nuestros antepasados, las riñas entre hermanos o los miles de papeles que hay que presentar y que hacen de la herencia un recorrido largo y eterno. Pero, sin duda, aunque ya no sé si englobaré a un grupo tan amplio, lo que más duele internamente es ver cómo algo que perteneció a un antepasado pero que estuvo contigo en tu infancia, es vendido o malvendido como cacharro roto sin valor, como si tus sentimientos no importasen jamás, como si la condena de ser pobre estuviese martilleándote toda la vida porque no has podido comprárselo a tu familia y ahora habrá extraños, gente sin rostro y malvada (siempre lo es) pisoteando tu infancia y tus recuerdos.

Me sucedió a mí este 2021 con la casa de mi abuela, con quien tanto quería. Llevaba un tiempo condenando mi mente al Averno, echando loterías estúpidas todas las semanas, escuchando a mi padre quejarse de no poder pagar la parte a los hermanos díscolos. Parecía que jamás se iba a materializar, pero un día mi padre me llamó llorando y me dijo: ya está, ya han entrado. Y ese sentimiento me destrozó, me vine abajo en una especie de traición a mi abuela, a mi infancia, al mundo, en una rabia por llevar esta vida de mierda, no poder pedir una hipoteca y perder lo único que me hacía ilusión (el cerezo que plantamos, los setos que me enseñó a cortar, la fabada de los domingos con las partidas al Chinchón con mis tíos…), en el odio a los díscolos, a los que se empeñaron en que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. No pude hacer nada y hasta ahora, casi un año después, soy incapaz de cruzar más allá del puente desde donde puede verse la casa con sus fantasmas nuevos, interfectos que han profanado lo más sagrado que tenía y que me han hecho volver del revés todas las fotografías de mi abuela, a la que traicioné.

El libro

¿A qué viene toda esta perorata? “Nosotras ya no estaremos” es una historia similar. Una familia pone a la venta la casa de los abuelos de la protagonista, sumiéndola en una sensación de horror, traición, hastío y desesperación que la harán atrincherarse en la misma y buscar cualquier solución, por más loca que sea antes de que el nuevo inquilino, un pijo de la costa valenciana, tome posesión de la casa y destruya por completo los sentimientos de la narradora.

A través de unos capítulos que a cualquiera que haya pasado por algo similar, se le harán familiares, la protagonista, la niña, nos hablará de la memoria, de los objetos que asociamos  con nuestros seres queridos, de la sensación de abandono, traición y falta de desahogo ante un hecho inevitable y en el que ni siquiera hay participación. Así, urdirá estrategias de lo más excéntricas, como pedir una hipoteca imposible de conceder, entre otras, para ganar tiempo y disfrutar lo poco que le queda de los recuerdos de la casa familiar.

Opinión

Es obvio decir que esta novela me pilló con las defensas bajas. Todo lo que cuenta se me hizo extremadamente familiar y removió mis sentimientos como pocas han hecho en bastante tiempo. Sin embargo, la narrativa de Mascarell es fresca y juvenil, irónica en muchos sentidos y, aunque el tema que cuenta puede hacerse bola sobre todo relativamente a los sentimientos del lector, su prosa ágil hace que sea un libro incluso divertido en partes.

Aborda el tema de una manera desenfadada pero no evita que los sentimientos se agolpen mientras vamos pasando las páginas. Como he dicho, es raro que no nos hayamos visto en una situación similar, aunque sea por una injusticia menos grande que la de una casa, por lo que mucha gente se puede ver representada y analizar cómo actuó y qué se le vino a la mente en esos momentos duros. A mí me ha resultado bastante medicinal y, aunque no he logrado el objetivo de hacérselo leer a los díscolos, al menos he encontrado un poco de consuelo.

Wikipoesia, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, via Wikimedia Commons

La autora

Lola Mascarell es una joven periodista valenciana, autora de tres libros de poesía: «Mecánica del prodigio», «Mientras la luz» y «Un vaso de agua». Ganó el premio Internacional de Poesía Emilio Prados y el Premio Alcalá.

 

La edición de Tusquets es correcta, sin virguerías. Se trata de una edición rústica con solapas y cuenta con 272 páginas. Se publicó el 10 de noviembre de 2021.

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Escribo, transcribo y traduzco cuando no estoy aspirando pelos de mis gatos, aunque de verdad soy arqueóloga medievalista y voluntaria como arqueóloga en la Asociación Para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH). Trabajo en la Semana Negra de Gijón y os cuento mis historias en Fantasymundo desde 2005. A veces logro que la pila de libros pendientes baje un poco, aunque necesitaré una casa nueva en breve. ¡Aúpa ahí!

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