Midway Roland Emmerich

Roland Emmerich vuelve por sus fueros. Y lo hace recreando una de las batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial: la batalla naval de Midway (4-7 de junio de 1942), casi exactamente seis meses después del ataque japonés sobre la base estadounidense de Pearl Harbor, en las islas Hawái, el 7 de diciembre de 1941 —«una fecha que vivirá en la infamia», como definió el presidente Franklin D. Roosevelt al día siguiente en una sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes— , y que supuso la entrada del gigante norteamericano en la guerra. La ofensiva nipona, de la que hubo avisos por parte de los servicios de inteligencia estadounidenses que no fueron atendidos con la necesaria atención, fue una operación casi a la desesperada para noquear a su principal rival en el océano Pacífico en vísperas de un operativo naval y terrestre para apoderarse del Sudeste Asiático y sus campos de petróleo, materia prima que el Imperio japonés no producía (importaba gran parte de los propios Estados Unidos), además de expandir su área de control directo bajo el eufemismo de la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental».

Los rápidos avances nipones sobre Birmania, Hong Kong, la Malasia británica, Borneo y las Indias Orientales neerlandesas (diciembre de 1941) continuaron en mayo del año siguiente con el ataque sobre Filipinas, que los estadounidenses evacuaron («Volveré», profetizó el inefable general Douglas MacArthur) y los posteriores raids sobre suelo australiano y neozelandés que, afortunadamente para los aliados, no fructificaron. La respuesta estadounidense llegó de manera dosificada: el raid aéreo de James Doolittle sobre Tokio (18 de abril de 1942) y la batalla del Mar del Coral (7-8 de mayo de 1942), que enfrentó a portaviones de ambas potencias: una victoria pírrica para los japoneses, ya que sus pérdidas fueron cuantiosas y se detuvo su ofensiva.

En Midway, un mes después, se volvieron a encontrar nipones y estadounidenses, que pudieron descifrar los cables crípticos de los primeros y anticiparse a su avance sobre este atolón. Los japoneses fueron derrotados sin paliativos: perdieron los cuatro portaviones que habían enviado a combatir y vieron detenida su expansión por el Pacífico; dos meses después, los estadounidenses desembarcaron en Guadalcanal. En los siguientes tres años lucharían siempre a la defensiva en una estrategia de avance estadounidense que priorizó la reconquista de islas de una en una, desgastando a un Japón que no pudo competir con la producción industrial (barcos y aviones, sobre todo) de los Estados Unidos a pleno funcionamiento.

En 1976, cuando el género bélico sobre la Segunda Guerra Mundial, que vivió sus mejores años en las dos décadas precedentes, se estrenó una producción cinematográfica, “La batalla de Midway”, dirigida por Jack Smight y que reunió a estrellas en su madurez, como Charlton Heston, Henry Fonda, Toshirō Mifune, Glenn Ford y Robert Mitchum, entre otros, pero que mostraba claramente el declive del género, que competía en esos años con el cine de catástrofes y el noir. Llega ahora a nuestras salas “Midway”, filme de Emmerich que evoca, por estilo y efectos especiales, aquel “Pearl Harbor” de Michael Bay del año 2001 que caducó apenas se presentó en los cines. Y es que la apuesta del director alemán, que también hace labores de producción y apela a la financiación china para sacar adelante el proyecto, sobre un guion de Wes Tooke, no parece que vaya a aportar gran cosa; y más con un tráiler que provoca, cuanto menos, pereza. La gran sorpresa ha sido que, al menos para quien esto escribe, el filme no ha sido el desastre que se intuía, lo cual ya es un punto a favor, pero desde luego tampoco la gran película que vaya a situarse en lo alto de la taquilla en este 2019 que va tocando a su fin: con un presupuesto de 100 millones de dólares, a 3 de diciembre apenas ha cosechado la mitad en Estados Unidos y Canadá (se estrenó el 8 de noviembre) y llega a los 117 millones a nivel global.

El filme empieza unos años antes de los sucesos principales, en 1937, con una reunión del teniente comandante Edwin Layton (Patrick Wilson), oficial de inteligencia naval estadounidense, con el almirante Irosoku Yamamoto (Etsushi Toyokawa), en la que ambos coinciden en que un enfrentamiento entre ambas potencias del Pacífico llegará tarde o temprano. El ataque japonés sobre Pearl Harbor supone el fin de un primer tercio del filme, con un espectacular uso del CGI, y que da paso al nombramiento del almirante Chester Nimitz (Wood Harrelson) como nuevo comandante el jefe de la Flota del Pacífico y encargado de preparar la contraofensiva. La llegada de Nimitz supone un golpe de aire fresco y de moral para una Armada estadounidense en horas bajas, con la incursión de Doolittle (Aaron Eckhart) sobre los cielos tokiotas que más bien es un pegote en el filme. Entre la aviación de los portaviones destaca la figura del impulsivo Dick Best (Ed Skrein), siempre al límite como jefe del Sexto Escuadrón de Bombarderos del USS Enterprise, y que debe ser contenido por el comandante del grupo aéreo de ese portaviones, Wade McClusky (Luke Evans). Todos desean el desquite contra los japoneses, mientras Nimitz y Layton ponen su confianza en el comandante Joseph Rochefort (Brennan Brown), jefe de la unidad de criptoanálisis en Hawái. Por su parte, en Japón el almirante Yamamoto se muestra prudente y realista frente a una estrategia expansiva liderada por el primer ministro, el general Hideki Tojo (Hiromoto Ida), y un alto mando naval que apuesta el todo por el todo por el avance hacia Midway, donde se librará la gran batalla naval que ocupa prácticamente el tercio final de la película.

Midway Roland Emmerich“Midway” hace un uso excesivo de los efectos visuales, sin duda, y prioriza las secuencias bélicas en un guion que adolece de fuerza en los valles narrativos y en aquellos momentos más relajados en los que los personajes podrían brillar, si estuvieran mejor perfilados; pero no es el caso: Best, por ejemplo, no deja de ser un cliché en sí mismo y su evolución como personaje es más bien escasa. A Harrelson le viene grande un personaje de la talla de Nimitz, mientras que Wilson apenas tiene el espacio y el tiempo necesarios para lucirse en su rol. La gracia de ver a Dennis Quaid como el resolutivo vicealmirante William “Bull” Halsey queda difuminada ante la sensación de que el personaje que encarna tampoco tiene mucho más que ofrecer en un guion que prácticamente sólo se interesa por la espectacularidad de los barridos de los cazas y dos o tres frases elocuentes para darle empaque a la cosa.

Paradójicamente, donde mejor funciona el filme es en algunas escenas “de interior”, es decir, aquellas en las que vemos a los comandantes de ambos bandos discutir las operaciones a realizar o en el trabajo de los servicios de descifrado estadounidense en cuanto a descubrir por dónde van a tirar los nipones; pero resultan ser demasiado escasas estas escenas frente a una parafernalia de CGI que, además, resulta ser reiterativa. Y es que las secuencias netamente bélicas, aunque entretenidas, son prácticamente un calco las unas de las otras, repitiendo los mismos momentos climáticos y apostándolo todo al rojo varias veces para mantener una tensión que, a poco que sepa uno de qué va la historia, no dura demasiado. La película no es el desastre que nos temíamos, debe quedar claro, pero tampoco remonta el vuelo de nuestras bajas expectativas: la esperábamos mucho peor, pero consolarse con lo poco correcto que ofrece tampoco es que sea un gran logro. De hecho, tanto en forma como en fondo, parece una película “vieja”, alejada del canon marvelizado (y del tipo de espectadores) que predomina actualmente, y cocinada con generosas raciones de efectos especiales que no enmascaran la carne magra que nos tratan de vender como chuletón o incluso solomillo.

Si sobreviviste a tráilers deleznables y te pica la curiosidad por cómo han perpetrado esta esencial batalla en la gran pantalla, puede que te atrape este filme. Si además te gusta el género bélico que, a la baja, en ocasiones enseñaba la patita antes de que el cine de superhéroes lo fagocitara todo, “Midway” puede darte entretenimiento. Poco más, me temo, aunque siempre te quedarán las ganas de arrancarle el bigotillo a Nick Jonas.

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