Natasha Trethewey

Algunos libros pasan por nuestras vidas sin pena ni gloria, otros llegan a destacar al menos un tiempo, y los menos llegan a convertirse en parte indeleble de nuestra memoria, de nuestra propia personalidad, del baúl de fabulaciones o experiencias ajenas que no logramos (ni deseamos) olvidar. Este es el caso de “Memorial Drive”, volumen publicado este año por la editorial Errata Naturae en su colección El Pasaje de los Panoramas, bajo traducción de Mariano Peyrou. Su autora, Natasha Trethewey (1966, Gulfport, Misisipi), ganadora del Premio Pulitzer de Poesía en 2007 por “Guardia nativa” (Bartleby, 2009), fue elegida por el director de la Biblioteca del Congreso como Poeta Laureada de Estados Unidos en 2012 y 2013, y es miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias y la Academia de Poetas Estadounidenses.

Trethewey es una de esas personas heridas demasiado pronto y profundamente, que debió aprender a arrastrar un fardo muy pesado ya desde muy joven, y cuya vida ha consistido en huir y olvidar, pero también en comprender y asimilar la pérdida y el dolor. A sus diecinueve años, Natasha se vio golpeada por el anunciado asesinato de su madre a manos de su padrastro maltratador, dos certeros balazos que bien pudieron ser para ella misma, y que cambiaron su visión del mundo para siempre.

“Memorial Drive” es un intento desesperado por restañar una herida siempre abierta, pero también de ahuyentar el olvido que amenaza con sepultar el recuerdo de todo lo que era su madre, sustituyéndolo por la ambigua etiqueta de “víctima”

Portada de Memorial Drive, de Natasha TretheweyEn estas memorias crudas, lúcidas y llenas de pasión por la vida y los inevitables (y absurdos) remordimientos, Trethewey nos ofrece un paisaje cambiante a medida que pasan los años, y el dolor toma formas y grados distintos, tanto en su interior como en su percepción del mundo que la rodea. Nacida de una pareja con padre blanco y madre negra en un sur estadounidense aún orgullosamente segregacionista, vehiculado por la violencia racial y el maltrato de género sistemáticos, los primeros años de nuestra protagonista distinguen dos ejes principales: una familia cariñosa que le ofrece una educación basada en el respeto, la tolerancia y la cultura; y el mundo que burbujea inquieto de puertas afuera, y se debate entre caminar hacia adelante, hacia el fin de la segregación racial, o mantener el estado de las cosas tal y como están.

Mientras dentro de su familia es tratada con respeto, de puertas afuera la pequeña, desconcertada, se ve golpeada diariamente por el odio verbal y físico, la condescendencia y el vacío. No encaja en ningún lado. El lenguaje la protege en su propia casa, y la hiere fuera de ella; y nuestra protagonista aprenderá a utilizar esta herramienta en su provecho.

Las tensiones raciales del Viejo Sur segregacionista y el maltrato de género

Con el tiempo, sus padres, que sufren aún más en sus carnes las tensiones raciales del momento, terminan divorciándose. Es en este punto en el que entra en escena el padrastro de Natasha, Joel “Big Joe” Grimmette, un hombre torturado y sádico que día a día arrinconará a madre e hija, física y emocionalmente hablando, hasta convertirlas en una sombra de sí mismas. Pronto llegará el hijo de Gwendolyn Ann Turnbough y Joel, Joey, un pequeño que el maltratador utilizará como palanca para contener las ansias de libertad de una madre cada vez más consciente del peligro que corren ella y sus pequeños.

Diez años soportará Gwendolyn los golpes, los insultos, los reproches y las amenazas de un cada vez más paranoico y desconfiado Joel, hasta que finalmente opta por refugiarse en un hogar para mujeres maltratadas y pedir el divorcio. Gwendolyn obtiene una orden de alejamiento y un poco de paz, gracias a la estancia por un año en la cárcel de su ya exmarido. La alegría, las manos entrelazadas de madre e hija y cierta esperanza en el futuro retornan al hogar, pero la felicidad no dura mucho. Big Joe sale libre y la policía, que monta guardia en el piso familiar, no es todo lo diligente que debiera y permite la entrada del perturbado exmarido, que dispara dos tiros a corta distancia que acaban con la vida de Gwendolyn. Natasha tiene diecinueve años y alberga ya múltiples heridas en su interior; la última de ellas no dejará de supurar jamás.

Natasha desea curar, pero también recordar

“Memorial Drive” es un intento desesperado por restañar una herida siempre abierta, pero también de ahuyentar el olvido que amenaza con sepultar el recuerdo de todo lo que era su madre, sustituyéndolo por la ambigua etiqueta de “víctima”. Natasha desea curar, pero también recordar, y para mitigar los efectos perniciosos del paso del tiempo en su memoria se dedica a investigar el pasado, a través de sus recuerdos familiares y de la documentación policial sobre el caso.

En esta primera obra en prosa, una Natasha Trethewey ya madura en todos los sentidos, y con el lenguaje como arma y remedio, nos ofrece un desgarrador y preciosista repaso por la realidad social y personal de un tiempo convulso que puso a prueba los engranajes democráticos estadounidenses, tanto institucionales como personales, y que derramó sangre y lágrimas sobre las calles del país.

Estas memorias seducen, fascinan, maravillan, conciencian y horrorizan

La autora se asoma al abismo, consciente en todo momento de que su insomne ojo escrutador le devolverá la mirada y la lastimará. Estamos ante un viaje repleto de espinas punzantes que laceran, de remordimientos, pero también catárquico, lleno de esperanza en que al final la herida termine por curarse. “Memorial Drive” seduce, fascina, maravilla, pero también conciencia y horroriza, te compromete con los sentimientos de la autora y las dificultades que ha superado a lo largo de los años.

La voz de Trethewey no es lastimera, sino orgullosa y luminosa, capaz de hallar la belleza en los momentos más inciertos, de mirar quirúrgicamente más allá de los lacerantes sentimientos, de gritarte “esto es lo que viví y ojalá no vuelva a repetirse para nadie”. Tras la lectura, te sientes transformado, cambiado, aunque hayas leído y visto historias parecidas en este y otros formatos.

Una obra indispensable e inolvidable

Trethewey no sólo es una testigo de excepción de su propia vida, sino que además es una hábil narradora, capaz de alternar estilos y de transmitir la crudeza de una forma que epata y te desarma. El racismo, el patriarcado y el clasismo se unieron para golpear como una maza a madre e hija, una historia que hemos visto (o experimentado) muchas veces, pero la voz que relata este viaje está llena de sabiduría, compasión, rabia, perspectiva y maestría, una combinación que logra llegar al corazón y a la mente al mismo tiempo. La fría muerte sobrevuela todo el relato, pero es al final la vida lo que se impone en él, la pasada, la presente y la futura. Natasha transmite un optimismo contenido y vigilante al final, una esperanza en que nada de esto vuelva a repetirse, en un intento humilde y sincero de reconciliarse con su pasado y consigo misma.

“Memorial Drive” es para mí una obra que debería estar presente en cualquier biblioteca, indispensable e inolvidable.

«Conservo en la cabeza una imagen de mí misma procedente de aquel primer día tras la muerte de mi madre, en su apartamento. Hay una grabación en vídeo de mi llegada, realizada por un canal de noticias local, de modo que la imagen no es sólo de esos instantes, sino que me estoy observando a mí misma —desde cierta distancia— entrando en mi vida anterior por lo que yo pensaba que sería la última vez. En el vídeo se me ve subiendo las escaleras hasta la puerta del apartamento, entrando, cerrándola. Cuando pienso en eso ahora, no oigo palabra alguna; no tiene volumen. Tal vez la periodista pronunció nuestros nombres, o tal vez no, y llamó a mi madre «la víctima». Y en mi imagen mental de todo aquello aparece una leyenda en la parte baja de la pantalla que me identica como la «hija de la mujer asesinada». Incluso entonces me sentí como si estuviera mirando a otra persona, a una joven en la 0or de la vida asaltada al mismo tiempo por la madurez y por el luto.

La mujer que salió de aquel apartamento unas horas más tarde no era la misma que la que había entrado en él. Es como si ella todavía estuviese allí, la niña que fui, tras la puerta cerrada, presa en el vídeo. He visto esa puerta en sueños a menudo. Sólo ahora es un umbral que puedo atravesar.»

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Cofundador de Fantasymundo, director de las secciones de Libros y Ciencia. Lector incansable de ficción y ensayo, escribo con afán divulgador sobre temáticas relacionadas con el entretenimiento y la cultura cercanas a mis intereses.

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