Geoffrey Parker

Colin Martin y Geoffrey Parker son dos historiadores que fueron compañeros en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, en los 70 y 80, y que en 1988 ya publicaron una primera edición de «La Gran Armada» (editorial Planeta) coincidiendo con el cuarto centenario «de la gran contienda entre Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra». Veintitrés años más tarde aparece esta nueva edición revisada y aumentada con nuevos documentos no utilizados por historiadores anteriormente, entre ellos dos diarios escritos por dos importantes protagonistas: el almirante general de la flota española Juan Martínez de Recalde, y el exiliado católico inglés William Stukeley, que navegó con los españoles contra su patria de origen.

Como es costumbre en los libros del hispanista Geoffrey Parker, es muy detallado, muy entretenido de leer (se puede perdonar algún anglicismo demasiado calcado cometido por sus traductores), y con él se aprende mucho. De las 591 páginas, las últimas 150 son unos exhaustivos apéndices con los detalles de todos los barcos participantes en los enfrentamientos, diagramas de la artillería que usaron, notas, fuentes, cronología, bibliografía e índice onomástico.

Las restantes 445 páginas son un apasionante relato sobre cómo se llegó al punto en el que un antiguo rey consorte de Inglaterra, Felipe II, decidió invadir la isla treinta años más tarde, contra la hermanastra de su viuda, en 1588, por motivos sobre todo religiosos y económicos. El padre de Isabel, Enrique VIII, había roto con la iglesia católica, y su hija, nacida de un segundo matrimonio con Ana Bolena considerado pecaminoso por Roma, reafirmó la tendencia anglicana y ayudó a los rebeldes holandeses que luchaban contra Felipe, su legítimo señor por herencia directa. El principal daño que causaron los ingleses a España ocurrió por mar, hecho por corsarios como Francis Drake, y varios incidentes y robos aumentaron la tensión hasta que Felipe decidió poner en pie lo que algunos llamaron su Gran Designio.

Portada de La Gran Armada, de Geoffrey Parker y Colin MartinPara ello se preparó durante años una fabulosa armada de 130 barcos con el plan de enviarlos desde Lisboa y La Coruña hasta Flandes, para allí recoger a los temidos Tercios de Infantería y juntos desembarcar en el sur de Inglaterra y marchar sobre Londres. Fue uno de los momentos que pudo haber cambiado la historia del mundo occidental. Como sabemos, la Empresa de Inglaterra fracasó (lo del nombre de «Armada Invencible» jamás lo usaron los españoles, fue una especie de broma de un ministro inglés -a toro pasado- que encontró fortuna propagandística), pero estuvo extremadamente cerca de conseguirse. Tras atravesar el canal de la Mancha entre del cañoneo inglés con solamente un par de bajas, la Armada se vio obligada a detenerse precariamente en puerto, y allí, en la noche del 7 al 8 de agosto de 1588 los ingleses enviaron brulotes contra las naves españolas. Los brulotes eran, dicho de forma rápida, barcos-bomba: se carga un barco o barca con explosivos y material inflamable, se busca una forma de que explote en un momento determinado o al chocar con algo, se envían sin tripulación aprovechando la marea favorable y se espera a que causen su daño al enemigo.

Este plan logró obligar a la Armada a salir de puerto en desorden y en medio de tiempo desfavorable para evitar arder en el ataque, y ya no pudo volver a puerto. Las tropas de los Tercios estaban a solo 40 kilómetros de distancia. La oportunidad se había perdido definitivamente.

Muchos autores han culpado del fracaso a los comandantes españoles, los duques de Medina Sidonia y Parma, por no hacer el mejor uso posible de los excepcionales medios que tuvieron a su cargo, pero Martin y Parker demuestran minuciosamente que ambos hicieron todo lo que pudieron. Medina Sidonia, en cuya contra se ha usado mucho la frase que él mismo escribió a Felipe II intentando rechazar el nombramiento para dirigir la Armada porque se mareaba en el mar, demostró ser un administrador capaz y eficaz, tras sus años de experiencia organizando la llegada de las esenciales flotas de metales preciosos de América. Por su parte, Alejandro Farnesio, duque de Parma, pariente del rey, tenía encargado el difícil cometido de tener preparados a unos 18.000 soldados de infantería acantonados en territorio acosado por el enemigo holandés, esperando durante un año por una flota cuya fecha segura de llegada no supo hasta que casi había pasado de largo.

Los autores, pues, colocan acertadamente una de las principales causas del fracaso en la dificultad de las comunicaciones en aquellos tiempos. Las cartas tardaban días o semanas en llegar si todo iba bien, y aquí estábamos intentando colar mensajes a través de un embudo defendido por enemigos ingleses y holandeses. Medina Sidonia enviaba a sus barcos más rápidos por delante con mensajes continuos, pero ninguno llegó a tiempo.

Otra causa importante del desastre fue la naturaleza de los barcos y de su armamento. Los barcos españoles eran más pesados, más lentos (muchos eran buques mercantes hechos para el Mediterráneo, reconvertidos a toda prisa), e iban llenos de tropas de tierra que habrían despedazado a cualquier nave enemiga a la que hubieran conseguido abordar, pero los ingleses no les permitieron acercarse tanto casi nunca, y su frecuencia de disparo era mucho mayor que la española.

Felipe II, Rey de EspañaAdemás, en el canal jugaban en casa, con sus puertos cerca de los que obtener más suministros en cuestión de horas. Algo interesante que se aprende en el libro es la importancia de las cureñas de los cañones: las españolas eran de dos ruedas, típicas de cañones de tierra y asedio, buenas para llevar los cañones camino de Londres y allí disparar en posición fija, pero muy difíciles de manejar a bordo. Las cureñas inglesas eran de cuatro ruedas, más manejables y que permitían recargar las armas más a menudo. Quién iba a decir que una cuestión «de neumáticos», por así decir, iba a ser tan decisiva.

Tras el ataque con los brulotes, los barcos españoles, con las provisiones agotándose y los ingleses cerrando el canal detrás de ellos, decidieron volver a España dando la vuelta por Escocia e Irlanda. Eligieron probablemente el peor año en siglos para hacerlo, ya que el número y la violencia de las tormentas que se encontraron e incluso el frío que hizo en las costas británicas los días siguientes fueron extremadamente inusuales. Cada barco sufrió a partir de aquí su propia odisea, y las suertes que corrieron cada uno de los buques y sus tripulantes son una de las cosas más asombrosas de leer en cualquier libro sobre la Armada: desde los que acabaron en las costas de Noruega, hasta los que fueron masacrados por irlandeses según iban estrellándose contra los acantilados, pasando por los que fueron hechos prisioneros, conducidos a Inglaterra, se amotinaron, regresaron con el barco a España y colgaron a los ingleses que los llevaban presos. Hay peripecias increíbles en esta sección que ningún novelista ni guionista podría igualar.

Todo esto y mucho más hay en este libro apasionante, como por ejemplo el complicado juego de ajedrez a varias bandas que se jugó antes incluso de embarcarse la flota, ya que no olvidemos que se salió de Portugal y España, se pasó por costas francesas, irlandesas, inglesas y flamencas, y hasta italianos, daneses y alemanes tenían intereses puestos en juego.

¿Fue todo una locura iniciada por un rey excesivamente fervoroso? Puede ser, pero sería demasiado simplista verlo de esta manera, porque no es así como se jugaba entonces. Como dice la conclusión, «a pesar de todas sus deficiencias, si en la segunda semana de agosto de 1588 el duque de Parma y sus tropas de veteranos hubieran iniciado la marcha sobre Londres, cualquiera que hubiera sido el resultado final, todos hoy en día considerían la Empresa de Inglaterra la obra maestra de Felipe II«.

Rogorn
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