Novelas como ésta las hemos leído muchas veces. Algunas han conseguido definirse como auténticos clásicos, otras consiguen colarse en la memoria sentimental de cada lector/a, y otras duermen el sueño de los justos en los estantes de almacenes y librerías. Pero, sea como fuere, todas son la expresión literaria de la experiencia autobiográfica de su autor.  En este caso, Nuruddin Farah (Baidoa, Somalia, 1945) ha hecho del conjunto de su obra un ajuste de cuentas con su pasado, y especialmente con el gobernador somalí que marcó su juventud: el dictador militar Mohamed Siad Barre (Somalia, 1919 – Nigeria, 1995), quién tuvo que huir al exilio tras un golpe de estado en 1991 que, al tiempo que acabó con su dictadura militar y el terror que generaba, creó una intensa y prolongada situación de inestabilidad -cuyo resultado más llamativo fue la vacante del gobierno entre 1995 y 2000-.

Hoy en día, el país ha cambiado extraordinariamente. Desde el sistema socialista de Siad Barre hasta el capitalismo liberal del actual presidente, Abdullahi Mohamed (1962), median más de una decena de presidentes transitorios; algunos duraron varias semanas, otros varios meses y otros varios años. Pero todos presidieron un país que es un polvorín, en guerra civil permanente por cuestiones religiosas (en Somalia tanto Al Qaeda como ISIS tienen una fuerte implantación), por rencores de clan o por otro tipo de envidias procedentes del pasado remoto o del presente corrupto; con especial protagonismo en su mapa sociohistórico y emocional de la capital de país: Mogadiscio.

La literatura de Farah se ha mimetizado con la de su país de origen, hasta el punto de leer en cada uno de sus libros un pedazo de la historia moderna de su país.

En esta ocasión, “Huesos cruzados” (Siruela, 2017) nos sitúa en un período donde la Unión de Tribunales Islámicos (UTC) gobierna el país. Esta es organización constituida en 2000 a partir de la unión de distintos grupos islámicos para la aplicación válida y general de la Sharia, y en competencia paralela con los demás poderes alternativos instituidos por aquel entonces en el país: el Gobierno de Transición de Somalia, los tribunales locales o de zona, y los Señores de la Guerra; todos ellos en pugna por imponer su voluntad particular al conjunto del país. Solo que en esta ocasión, lejos del caos de antaño, la UTC ha conseguido imponer el orden, pero a un alto coste: mediante una alianza criminal con los piratas; cuyo resultado es la persecución de las mujeres o los asesinatos de la disidencia. Una opresión perennemente presente a través de sus uniformes blancos y sus látigos.

A este contexto, Farah suma los efectos perniciosos de la presencia indirecta de los Estados Unidos en la zona: con su apoyo implícito a la invasión etíope de los territorios somalís contribuyó tanto a sembrar el antiamericanismo como a reforzar a la UTC; con las evidentes consecuencias nefastas para la población civil de esta estrategia.

Dentro de este omnipresente y casi todopoderoso contexto sociopolítico es donde se mueve la ligera pero encorsetada trama familiar que sustenta a esta novela. Protagonizada por los hermanos Malik y Ahl, uno en Mogadiscio y otro en Puntlandia, quienes serán nuestros Cicerones a la hora de observar los dos conflictos más importantes que tiene el país: el de la intolerancia y la violencia en Mogadiscio, y las tensiones territoriales y religiosas en Puntlandia. A partir de aquí, poco parece importarle a la voz narradora la relación entre Malik y su yerno Jeebleh, de origen estadounidense, por un lado; o la relación entre Ahl y su hijastro, presuntamente reclutado por un grupo religioso, por otro lado.

Ambos polos, ambos hermanos, funcionan como meras subtramas que, a forma de motor, justifican las idas y venidas de estos personajes con el objetivo principal de mostrarnos qué está pasando en el país.

Se desaprovecha flagrantemente la oportunidad de caracterizar a estos personajes, dotándolos de una carga humana que personalice al argumento y lo dote de la carga emocional capaz de conectar con el/la lector/a. Esto se observa claramente en sus interacciones, a través de los diálogos, donde el dramatismo personal e intransferible de una circunstancia concreta puede verse reducida, simplemente, a un debate político o a una conversación sobre el devenir del país. Apenas hay conversaciones de tono personal, y la intimidad entre los personajes es prácticamente inexistente y anecdótica, esporádica y prácticamente oculta en medio de las sí extensas diatribas o descripciones poco relevantes de la voz narradora; a veces sí más protagonista de lo que la historia nos da a entender.

De esta forma, y por desgracia, la trama familiar apenas coge en algún tramo de la novela el peso propio que sería de esperar. Las vidas de todos los protagonistas y secundarios están vinculadas directamente al contexto, y esto tiene efectos desastrosos sobre una trama que, a base de insistir en los mismos temas, acaba volviéndose cada vez más recurrente, repetitiva e insulsa. A medida que pasan las páginas, es cierto, conocemos más y más de las dificultades generadas por el contexto, pero también tenemos más claro que jamás llegaremos a conocer –ni siquiera superficialmente- a la mayoría de los personajes.

Esta sensación se refuerza desastrosamente a partir de una voz narrativa en tercera persona, que a veces no puede resistir la tentación de hacer acto de presencia para dejar todavía más clara (por si quedaba alguna duda) su posición al respecto y, con ello también, desvirtuando a la historia y sus personajes.

La consecuencia final más palpable de estas malas decisiones narratológicas es que lo que pretendía ser un drama familiar y social acaba derivando en una novela histórica. A un paso de convertirse, quizás, en el guion de un falso documental. Pues el peso de la novela está totalmente depositado en la información contextual, los personajes se convierten en meros trucos ficcionales, y sus interacciones se sienten artificiosas tanto por cómo se expresa su carga emocional como por el uso de sus recursos lingüísticos -a veces tendentes en exceso a la artificiosidad o al virtuosismo-.

“Huesos cruzados” (Siruela, 2017) acaba siendo una novela documental, excelente material ficcional para conocer el devenir histórico-social reciente de Somalia, pero que como texto literario poco o casi ningún goce puede ofrecernos por su errónea planificación y su mal desarrollo creativo. Siendo una novela recomendable únicamente para los curiosos por el país o los lectores de la novela histórica más rígida.

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