“Existe la felicidad orgullosa, felicidad nacida de realizar un buen trabajo a la luz del día, años de una labor que merece la pena, y después estar cansada, y contenta, y rodeada de familiares y amigos, bañada en satisfacción y lista para un merecido descanso: sueño o muerte, tanto da.”

Un buen comienzo para un buen libro, ¿verdad?

Debo confesar que hasta que he leído “Héroes de la frontera” (Literatura Random House, 2017) no había tenido en mis manos ni un solo libro de Dave Eggers, autor norteamericano que está considerado como uno de los más destacados de la actual literatura U.S.A. Tenía mucha curiosidad después de encontrar aquí y allá varios comentarios sobre sus dos últimas novelas “Un holograma para el rey” (Literatura Random House, 2013) y “El círculo” (Literatura Random House, 2014). Si en la primera se hacía una seria revisión de la economía y el éxito versus U.S.A. en la segunda se nos advierte del peligro de las nuevas tecnologías otra vez vistas desde la orilla norteamericana… y mejor no hablamos de las versiones cinematográficas porque eso sería demasiado tomate para solo una crítica.

Eggers es un personaje peculiar: sin llegar a los treinta años cumplidos irrumpe en el mundo literario estadounidense con “ Una historia conmovedora, asombrosa y genial” (publicada en USA en 2001; en España, Literatura Random House, 2010) una autobiografía en la que cuenta cómo se hizo cargo de la educación de su hermano Toph tras la muerte de sus padres. Egger entonces comenzó una exitosa carrera creando su propia editorial McSweeneys, con la que publicaba relatos de los mejores escritores estadounidenses en activo y una revista, The Believer, que lo convirtió en uno de los personajes más influyentes en su país. A la vez comenzó una labor filantrópica creando una serie de centros en ciudades como Nueva York; San Francisco, Chicago…que ayudan a los niños y jóvenes a mejorar en lengua y literatura.

En fin, resumiendo y volviendo a lo nuestro, que por fin tenía una novela de Eggers en las manos y, aunque me ha gustado, no me ha gustado tanto como esperaba.

La trama gira entorno a Josie, una dentista que odia ser dentista, que agarra a sus dos hijos, Paul y Ana, de ocho y cinco años, y se lanza a la carretera para escapar de una pareja inmadura, de un pleito inesperado y de un mal consejo que ha conducido a un muchacho a la muerte. Y la carretera que elige nace y muere en Alaska, tierra mítica y real a la vez que se convierte en la última frontera, el lugar donde hallarse a si misma y renacer.

Los críticos, cuya brillantez a veces me dejada pasmada, epatada y anonadada, todo a la vez, han comparado el libro con “En la carretera” de Kerouac, “Hacia rutas salvajes” de Krakauer y más novelas de ese pelo, de huir a la carretera, buscar nuevos horizontes físicos y espirituales, irse al culo del mundo en busca de ti mismo, etc. No es que me esté burlando de semejante literatura, Kerouac me salve, pero creo que hoy en día se tiene que aportar algo nuevo a esta temática para que conecte con el lector. Eggers juega la baza de la crítica a nuestra sociedad actual, cosa por otra parte esperable, pero a mi no ha llegado a impactar precisamente porque habla de “su” sociedad actual, más concretamente la norteamericana, con la guerra de Afganistán de fondo, los pleitos a tutiplén, la guerra de Vietnam y el trato a los veteranos y un largo etcétera que me hablan de un país concreto, de un tipo de vida concreta que me pilla un poco lejos todavía.

Como digo la vida de la que huye Josie es tan norteamericana que no llego a empatizar del todo con ella: ¿qué es eso de beber Chardonnay a todas horas? ¿Chardonnay? Y lo hay por todas partes, incluso en el tugurio alasqueño más inesperado. Y esa vida perpetua en caravana… Con seres maravillosos que te encuentras por todas partes. Hay tantos por metro cuadrado en esta novela que parece mentira que Alaska tenga tantos problemas, la verdad.

Alaska, por cierto, tal y como la describe Eggers, me produce una total depresión. Verano e incendios es todo uno. Lo que no me explico como les queda aún estado. Y de naturaleza salvaje nada, siempre hay alguna persona en algún rincón así que, ¿qué es eso de la contraportada que habla de un “renacer en una tierra de luz y montañas”? Montañas les quedan, claro, pero del resto se están encargando (o se están cargando) los nativos y foráneos a base de bien. A veces hay ramalazos de belleza natural… pero enseguida llega el incendio preceptivo y se acabó la cosa. ¿Quién va a salvar a Alaska? Y el caso es que Josie tiene una clara conciencia ecológica como lo demuestra la escena del pañal en una playa de ensueño y la lleva a calificar a los seres humanos de repugnantes. Vamos, más o menos lo que somos. Como para salvar algo…

Y luego está la filosofía…

Todo el libro, desde la primera frase con la que he encabezado esta crítica, está plagado de reflexiones del narrador omniscente que cuenta las experiencias de Josie. A veces es totalmente crítico con su gente como cuando dice “Ser americano significa ser un vacío, y un americano auténtico está vacío de verdad”. El narrador nos ofrece en el pensamiento de Josie una crítica generalizada a la sociedad donde “las comadrejas ladronas del mundo” acabarán por agotar a los valientes. Y Josie quiere que sus hijos sean valientes, porque solo los valientes viven con integridad. Por eso su huida, su lucha, tanto por ella como por sus hijos.

Esa huida con hijos que Josie realiza hacia Alaska está plagada de reflexiones profundas pero también de experiencias lógicas e incluso tópicas como pueden ser la visita a su hermana Sam, los días pasados en el parque de caravanas con un jubileta de buen ver, la invasión y posterior huida de una cabaña, etc., etc. También tienen su gracia las experiencias que cuenta de su ex, el niño cagón. El libro tiene sus momentos graciosos junto otros de desesperación, angustia, comprensión e imaginación. Me ha sorprendido muchísimo, por ejemplo, la capacidad sanadora que Eggers concede a la música en una escena que también se reviste de revelación.

Es imposible negar que la prosa de Eggers es profunda cuando quiere y ligera cuando lo desea. Maneja perfectamente los tiempos y las palabras pero, al menos en esta novela, se muestra un poco redicho y dispuesto a sentar cátedra con sus ideas. No da la suficiente libertad a la protagonista para que nos muestre quién es sin necesidad de proporcionarnos clases de moral y ética, aunque Josie es cualquier cosa menos un ejemplo, pero sus pensamientos… Bueno, ya se sabe, las palabras se las lleva el viento y los hechos son amores.

Acabando, en general, el libro no está mal pero me produce una cierta insatisfacción por no acabar de empatizar con la protagonista, por asistir impotente a la destrucción de Alaska, por quedarme con cara de tonta al final, tras una frase corta que ni cierra ni abre sino todo lo contrario y que hace que te preguntes si tanta huida sirve para algo.

Quizás, como decía el gran Antonio Machado, “Caminante, no hay camino:/ se hace camino al andar”, y lo único importante sea la búsqueda de la libertad y no la libertad misma. El valor de vivir y seguir adelante y, eso si, los personajes de Eggers lo tienen de sobra.

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