Autorretrato, de Paul Gauguin
Autorretrato, de Paul Gauguin.

Nota: este documental llega a las salas de cine como evento cinematográfico. Exhibidores de Barcelona como Yelmo, Verdi y Grup Balañà emitirán el filme los días 17 y/o 18 de febrero. Consúltese en FilmAffinity para saber en qué salas de España se podrá ver.

Sobre Paul Gauguin (1948-1903) se ha escrito y divulgado mucho: una primera etapa de su vida estuvo marcada por el éxito en los negocios (como agente de bolsa llegó a ganar auténticas fortunas); padre de familia numerosa, abandonó a esposa e hijos en Copenhague y se trasladó a Francia para desarrollar su carrera como pintor postimpresinista; su relación de amistad con Vincent van Gogh acabó como el rosario de la aurora y con el pintor neerlandés cortándose una oreja tras una discusión con el francés (una de las diversas teorías que corren sobre el tema). Tras romper con Van Gogh, en abril de 1891 Gauguin realizó el primero de sus dos viajes a Tahití, en la Polinesia Francesa, a más de 14.000 kilómetros de Francia. Deseaba escapar del ambiente francés, europeo a grandes rasgos, que consideraba «artificial y convencional», y buscar un paraíso para su solaz y para desarrollar su manera de entender el arte. Allí conoció a una niña de trece años, Teha’amana, que sería su vahine o esposa nativa (aún seguía casado con la madre de sus hijos, Mette-Sophia Gad), musa y modelo de varias de sus obras: “El espíritu de los muertos vela” (1892) y “Merahi metua no Tehamana (Los ancestros de Tehamana)” (1893), por ejemplo.

Regresó a Francia en agosto de 1893: sus cuadros tuvieron un éxito relativo, pero no el que esperaba. El desengaño volvió a apoderarse de él cuando la euforia se enfrió y viajó de nuevo a Tahití en junio 1895. Fueron los últimos años de vida de Gauguin, ya no regresaría a Europa. Años con una salud quebradiza –una anterior lesión en una pierna se había infectado y le salieron llagas, al tiempo que mostraba ya los síntomas de la sífilis– y de desesperación tras recibir la noticia de la muerte de su hija Aline un intento de suicidio que fracasó y le hizo ver las cosas de otra manera; así pintó en la primavera de 1897 quizá una de sus mejores obras, “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?“, lienzo que, observado de derecho a izquierda, muestra el devenir de la vida en varias figuras, destacando un bebé, un joven en la plenitud de la vida (la figura central) y una anciana que se tapa los oídos. Esta segunda etapa, frenética en cuanto a la producción de cuadros, se vio acompañada por la falta de dinero, el empeoramiento de la salud y la ruptura con Teha’amana. Se trasladó a la isla de Hiva-Oa en septiembre 1901, en las Islas Marquesas, donde fundó un periódico crítico con las autoridades coloniales y tomó a otra chica, Vaeoho, con la que tendría una hija. Siguió pintando y tomando a mujeres nativas como modelos, mientras su salud se deterioraba, hasta fallecer en mayo de 1903.

El documental “Gauguin en Tahití: paraíso perdido”, escrito por Matteo Moneta y Marco Goldin y dirigido por Claudio Poli, se centra sobre todo en la etapa del pintor en la Polinesia Francesa en sus últimos doce años de vida: los años del paraíso perdido del título, un mundo a las antípodas geográficas y culturales de la Francia de la Tercera República y la Belle Époque. Previamente ha trazado la semblanza de un pintor que no pareció destinado a serlo, que se maravilló por la obra del impresionista Claude Monet y que encontró un maestro en Camille Pissarro, siendo a su vez amigo de Edouard Manet, Edgar Degas y Pierre-August Renoir, de quienes aprendió y tomó lo que quiso para desarrollar un estilo personal. En la década de 1880, Gauguin encontró en la Bretaña un lugar donde desarrollar sus primeros cuadros, y posteriormente «escapó» del mundo «civilizado» para encontrar un paraíso en busca de un arte auténtico. Fruto de esa búsqueda serían los cuadros tahitianos, con los trazos gruesos, temas «primitivos», colores audaces (el amarillo que «robó» de Van Gogh, por ejemplo) abrirían la puerta al fauvismo, temas folclóricos y grandes líneas verticales.

Póster de Gauguin en Tahití: paraíso perdido
Póster de Gauguin en Tahití: paraíso perdido

Con el actor Adriano Giannini como narrador, el documental presenta la dicotomía de un artista que navegó entre el aspecto más salvaje de su personalidad, que le llevaría a mantener relaciones con adolescentes en Tahití e Hiva-Oa, y el componente de mártir que quiso mostrar de sí mismo ante los demás (sin demasiado éxito). Ha predominado, no obstante, la imagen del artista hedonista, la del amante de adolescentes, prácticamente niñas, en la Polinesia, abriendo la veda sin pretenderlo al turismo sexual de épocas más modernas. El filme no oculta la cara más «salvaje», si se quiere, del personaje, sin demonizarlo y situándolo en el contexto de una época en la que no se consideraba aberrante, como hoy en día, la relación sexual de hombres maduros con adolescentes de trece o catorce años; de hecho, se remarca en el documental, en la «civilizada» Francia se consideraban normales estas relaciones (la edad que la ley francesa de 1863 estipulaba como el inicio de la madurez sexual se situaba en los tres años) y la cosificación de las mujeres y la sumisión al marido y al entorno del hogar eran habituales (afortunadamente los tiempos han cambiado).

El documental pone también el foco en la figura poliédrica de Gauguin como «aventurero», hombre de mar que buscaba llegar a lugares desconocidos y vivir con gentes diferentes a las de la «vieja Europa»; el pintor que también fue activista contra el colonialismo francés, el adinerado hombre de negocios que lo deja todo (familia incluida) y se lanza a conocer otras tierras; el hedonista que buscó el placer (y no tanto el amor) y se dejó llevar por su carácter egoísta; el artista que vio con otros ojos el «mundo» que le rodeaba y lo plasmó con colores y formas que pronto causarían furor en su tierra natal. El resultado es un filme interesante, aunque algo complaciente con el personaje, y que muestra con detalle el estilo pictórico que caracterizó al postimpresionismo de finales del siglo XIX y que Gauguin desarrolló sin ambages en la Polinesia, en aquel paraíso que buscó con desespero y que encontró también con algo de desencanto.

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