Aunque el término “flâneur” aparecía, en la lengua francesa de los siglos XVI-XVII, referido a la persona ociosa y sin oficio ni beneficio a quién le gustaba merodear por todas partes. A partir del s. XVIII, y especialmente del s. XIX, coincidiendo con el impulso de la ciudad como centro de progreso y cultura, comenzó a librarse de su connotación más peyorativa para pasar a designar, simplemente, a toda persona que vaga sin rumbo de un lado a otro con la única intención de observar, curiosear o tomar el fresco. Lo que hoy entendemos como un “paseante” o, como decía Baudelaire, como “un caballero que pasea por las calles de la ciudad”. Sin embargo, este tipo cultural tiene sus particularidades: es una figura esencialmente masculina; cuyo tiempo se gasta sin objetivo concreto; y que, aunque pueda tener múltiples experiencias mientras pasea, todas ellas están orientadas a su pleno disfrute.

En este período la mujer estaba excluida de la ciudad o, por lo menos, resultaba socialmente inaceptable la existencia de una figura femenina solitaria y ociosa equivalente a este nuestro “flâneur”. Era impensable otra cosa, puestos a disfrutar con ociosidad del entorno urbano, que no fuese una señorita enganchada al brazo de un noble caballero, o de una Dama mayor de buena cuna si es que la damisela todavía no disponía de un lozano pretendiente oficial quién la presentase en sociedad. Vacía, por tanto, esta categoría social. Inexistente e impensable antaño tal posibilidad. Lauren Elkin (New York, USA) se impone en “Flâneuse” (Malpaso, 2017) la misión de cubrir este espacio (cuasi)vacío mostrándonos sus impresiones emocionales de la ciudad desde una perspectiva femenina y contemporánea.

Cuasi vacía porque, como Lauren Elkin se encarga de mostrarnos mientras pasea, otras figuras femeninas se enfrentaron también a este reto antes que ella. Nombres como los de Jean Rhys (de nombre original, Ella Gwendolen Rees Williams) o George Sand (pseudónimo masculinizado de Amantine Aurore Lucile Dupin, baronesa de Dudevant) o Virginia Woolf (de nacimiento, Adeline Virginia Stephen) o Jeanette Winterson o Agnès Varda, son precursoras en la misión de aplicar una perspectiva femenina al espacio de la ciudad. Fuese esta París, Venecia, Londres , Tokio o Nueva York. Todas con la misión, extravagante todavía hoy día, de mostrarnos cómo la ciudad deja en la mujer un mapa emocional en cuanto a su diseño y construcción, en cuanto a la organización de sus espacios, a su relación con el tiempo pasado y futuro… En definitiva, a su ser urbano en cuanto sujeto social dinámico, vivo y plenamente vital.

La ciudad está de moda. Cuando escribo esta reseña para ti, estoy rodeado de mis últimas lecturas relacionadas con ella. Todas de estos últimos meses. Tengo a mi izquierda el libro de Elkin, con su bellísima portada llamando mi mirada. Mientras a mi derecha veo los lomos de “Muerte y vida de las grandes ciudades” (Capitán Swing, 2011), “El lenguaje de las ciudades” (Ariel, 2017) y “La ciudad en la historia” (Pepitas de calabaza, 2014). Para rematarlo todo, en un pequeño marquito ya algo más lejos de mí, en la estantería de enfrente, veo desde aquí una reproducción de “Los noctámbulos” (1942), un cuadro de Edward Hooper que me desgarra el alma todavía cada vez que lo miro, y que compré hace unos años en una exposición de su obra que hubo en Madrid. La ciudad me rodea, a pesar de estar escribiendo esto muy lejos de ella.

El libro de Elkin recoge su mapa sentimental y emocional respecto a varias ciudades que han marcado su historia personal: Nueva York (donde nació), Londres, Venecia, Tokio y, especialmente, París (a donde se mudó en 1999 y donde todavía reside). Tanto es así que, aun cuando no le corresponde, París se cuela entre las rendijas de sus otros capítulos: la evoca cuando está en Londres, la recuerda cuando está en Nueva York, la percibe a lo lejos cuando está en Venecia y la ansía cuando está en Tokio.

Esta fuerza sentimental carga su escritura de todas las emociones que recoge y representa la capital francesa, con sus antecedentes bélicos y revolucionarios, sus historias de amor, terror y muerte, o sus inmensas figuras culturales y sociales, diseminadas en sus avenidas y calles y callejones. Aderezando esta mirada retrospectiva, a partir de la segunda mitad del libro, con la experiencia personal de marchas y manifestaciones, protestas y cargas policiales, paseos y visiones desde la distancia. A veces la diferencia entre todos estos elementos es tan sutil como indiferenciable, y Elkin capta estos matices y nos los transmite con hermosa precisión.

El resultado es un texto originalísimo y peculiar que mezcla de forma curiosa el ensayo cultural con el estudio antropológico y las memorias personales, atrayente casi siempre, aunque tendente a la ensoñación burguesa cuando entra a valorar la crítica sociopolítica de su tiempo presente. Introduciendo pequeñas opiniones políticas que rompen el ritmo y se sienten como roturas desequilibrantes en este hermosísimo paseo. Como cuando nos dice:

“Eso es todo lo que hace falta: una persona se levanta y dice que ya ha tenido suficiente. Las revoluciones las hacen los individuos. Pasa el pavé.” (pág. 211).

En todo caso, estas roturas son un reflejo de una personalidad idealista, soñadora, romántica (abandona París para irse a Tokio por amor), permeable a las influencias de un entorno urbano, que es el núcleo emocional de la autora; y que dota de autenticidad a un texto extraordinario pues es capaz de trasladarnos por la ciudad tanto en el espacio como en el tiempo. Esta capacidad de transportarnos y hacernos viajar de su mano es lo que hace que te recomiende encarecidamente su lectura, con ojos críticos pero permeables, a una narradora sagaz, inteligente, intensa y por momentos imposible de abandonar.

Este libro es otra muestra más del poder mágico de la ciudad. Excelente.

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