Tatiana Țîbuleac, autora de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Puede decirse que Tatiana Țîbuleac (1978, Chisináu, Moldavia) tiene el periodismo en la sangre; hija única de un periodista y de la editora y correctora de un periódico, ha sido ella misma traductora, correctora, reportera y presentadora de televisión, sobre todo en Rumanía. En 2007 abandonó el periodismo para dedicarse por entero al ingrato oficio de escritora, y al año siguiente se mudó a París, donde vive actualmente.

Țîbuleac escribe ante todo sobre personajes que no suelen copar las portadas de periódicos o noticiarios, a menudo torturados y llenos de claroscuros, apegados a la realidad misma que pretende sacar a la luz. Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de Literatura de la Unión Europea (2019); Premio Lyceum (Rumanía, 2019); Premio de la Unión de Escritores Moldavos (Rumanía, 2018); y en nuestro país obtuvo en 2020 el Premio Las Librerías Recomiendan (CEGAL), fue finalista del Libro del Año de las Librerías de Madrid en 2019; y fue Premio Cálamo Libro del año 2019 por «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» (Impedimenta), precisamente la novela que nos ocupa, traducida por Marian Ochoa de Eribe, ya con 11 ediciones a sus espaldas.

«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» es un relato pleno de momentos de fulgurante rabia, de rencor intergeneracional y de explosiones incontenibles, que poco a poco se encauza en un peculiar reconocimiento de las verdades y de las flaquezas propias y ajenas, que reconcilia al menos de forma parcial a un hijo y a una madre, a dos seres rotos y flagelados, baqueteados por la vida y a merced de sus propios fracasos.

«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» nos agrede con su dureza, con los afilados cuchillos de su odio, con la inquina del rencor larvado durante años, pero también nos deslumbra con relámpagos imponentes, con una luz breve llena de vida y maravilla, con la alegría del reconocimiento mutuo

Podría decirse que esta novela es casi dos en una, por la forma en que la autora logra virar, no sólo el enfoque del relato, sino también el estilo mismo, con una primera parte escrita con un estilo directo y preciso, con tajos sangrientos y dientes apretados y emponzoñados, y una segunda más preciosista, más animosa, más alegre y al mismo tiempo más desesperada, en el reconocimiento de un final ya entrevisto, al principio esperado y quizá catárquico, pero a la postre amargo y atronador.

Portada de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdesAleksy, en la cúspide de su vida como artista, con secuelas psicológicas y lejos de las penurias económicas que le asolaron en su juventud, escribe por consejo de su terapeuta sobre su pasado, en particular el último verano que pasó con su madre, para exorcizar un persistente bloqueo artístico que sufre como pintor de éxito.

La crueldad y el rencor serán los bastiones de madre e hijo, refugios que ambos usarán a destiempo y de forma dolorosa para el otro, con el fin de superar la muerte de Mika, la hermana de Aleksy, y la tormentosa relación entre padre, madre e hijo, también basada en la misma variable, la flagelación de los seres queridos. Estamos ante una familia disfuncional (¿acaso no lo son todas?), incapaz de procesar no sólo su dolor, sino también las pequeñas felicidades que los momentos cotidianos pueden traer consigo, de reconocer siquiera un salvavidas cuando están perdidos y sedientos en medio del océano.

La muerte de la pequeña Mika, fuente de dolor

Un desquiciado Aleksy odia con todas sus fuerzas a su madre, quien lo rechazó abruptamente tras la muerte de Mika, que no podía mirarlo a la cara sin ver en sus ojos tanto a su abusador marido como a su adorada hijita pequeña, que era incapaz de amarlo, de tocarlo, siquiera de reconocer su existencia. Aleksy, abandonado en lo más difícil de la adolescencia, se siente desamparado y al mismo tiempo rabioso, anhela y rechaza el amor materno, y busca en otras experiencias lo que no puede hallar en casa.

Pero, de repente, su madre lo arrastra con ella desde Inglaterra a un pueblecito francés en el que iniciarán unas vacaciones que cambiarán sus vidas, que lograrán aproximar el dolor de madre e hijo, pero también algo que habían perdido hace mucho tiempo: su amor mutuo. Ese verano, Aleksy verá por primera vez un fulgor verde en los ojos de su madre, la reconocerá como un ser con luz propia, tan ajeno a sus percepciones anteriores que creerá estar ante otra persona.

Un verano de transformación

«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» nos agrede con su dureza, con los afilados cuchillos de su odio, con la inquina del rencor larvado durante años, pero también nos deslumbra con relámpagos imponentes, con una luz breve llena de vida y maravilla, con la alegría del reconocimiento mutuo, con un verano de transformación y superación.

Țîbuleac nos habla también de las relaciones intergeneracionales, de cómo entre padres e hijos existen distintas formas de procesar las visicitudes de la vida e incluso de demostrar emociones ante los episodios cotidianos y banales. Esta es una novela de personajes, en la que unos pocos sostienen todo el peso de la narrativa, y la autora logra mantener el interés desde la primera hasta la última página, con un ritmo que varía en tono pero no en intensidad.

Una novela que te atrapa por completo en un universo convulso

«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes» te atrapa por completo, sí, es una de esas novelas que puedes empezar una mañana y terminar una tarde o una noche saltándote la comida y el refrigerio, sin sentir el más mínimo desfallecimiento, sin ganas de parar a coger aire.

Estamos ante un tratado realista sobre la pérdida en forma de novela, quizá son las palabras más certeras que se me ocurren para describirla. Un texto que te recuerda, si has tenido la suerte de verlo, al fulgor verde de los ojos de tu propia madre, que, tras renacer de sus cenizas, fue capaz de superar la bilis que en ocasiones nos obliga a probar la vida, para repartir de nuevo amor entre sus seres queridos.

Țîbuleac, una voz con timbre propio que seguiremos hasta el final

La pérdida tiñe todas las páginas de esta novela, pero al mismo tiempo no estamos ante un texto lacrimógeno, sentimentaloide. Estamos ante la esencia misma de la acidez, de la corrosión, pero también ante el más puro reconocimiento de la fuerza imparable de la resiliencia, de lo hermoso de la vida, incluso cuando se nos muestra en toda su despiadada forma.

Y esta es tal vez el mayor valor de «El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes», su apego al realismo, su capacidad para mostrarnos la vida tal cual es, o al menos cómo puede ser.

Țîbuleac es una de esas voces con timbre propio y musical que hay que seguir, como el fulgor verde de una madre, hasta el final.

Alejandro Serrano
Cofundador de Fantasymundo, director de las secciones de Libros y Ciencia. Lector incansable de ficción y ensayo, escribo con afán divulgador sobre temáticas relacionadas con el entretenimiento y la cultura cercanas a mis intereses.

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