El padre, de Florian Zeller

No es fácil llevar a la gran pantalla un texto con origen teatral. Los lenguajes, medios y estilos son diferentes, y no es suficiente con ponerse a declamar: de hecho, esto último chirría a las primeras de cambio. Un escenario, con su público, impone y al mismo tiempo reconforta, y por ello lo que a veces parece funcionar sobre las tablas deviene frío y “sobreactuado” en un set de rodaje. Roman Polanski sabe cómo hacerlo, ya sea llevando “Un dios salvaje” de Yasmina Reza al cine en 2011, o “creando” una película como “La venus de las pieles” (2013) a partir de un texto del dramaturgo David Ives, que a su vez se inspiraba en una novela decimonónica de Leopold von Sacher-Masoch; ya fueran cuatro o solamente dos actores, como sucedía respectivamente, el duelo interpretativo permitía lucirse a los actores y que los “espectadores” (¿de cine o de leatro?) nos lo pasáramos en grande.

Más complicado es cuando el dramaturgo/director de cine/director de teatro es la misma persona y lleva un texto propio del escenario a la gran pantalla y la cosa no le funciona del todo bien: le ha pasado hace nada a Cesc Gay (adoro a Cesc Gay), que presentó su versión teatral de “Sentimental” (2020), basada en su obra “Los vecinos de arriba”, y donde uno se queda con la sensación de que se lo habría pasado mucho mejor con el original teatral, mientras que con la adaptación cinematográfica parece que todo está demasiado “teatralizado”; en cambio, el paso de un ámbito a otro le funcionó muy bien a Gay con “V.O.S.” (2009), por ejemplo, donde ese lenguaje escénico se incrusta con más naturalidad. [Nota: nadie como Cesc Gay crea estupendos diálogos y conversaciones en el cine español actual, y se nota que se siente cómodo con el lenguaje teatral; Sentimental, que quede claro, no es una mala película, ni de lejos: pero “suena” demasiado a teatro.]

Quizá por esa dificultad de ir de un terreno al otro, a veces un proyecto puede, si no naufragar, sí chirriar. No es el caso de lo que nos presenta Florian Zeller, dramaturgo, novelista y ahora director de cine francés, que traslada al celuloide su obra “Le Père” –estrenada en París en 2012, para luego pasar a Reino Unido en 2014, Estados Unidos, Argentina y España (Teatre Romea de Barcelona) en 2016, Australia en 2017 y más de cincuenta adaptaciones por todo el mundo– a la gran pantalla con soltura, buen pulso con la cámara y un toque muy del lenguaje cinematográfico, cosa que hace que “El padre” sea una más que atractiva apuesta para estos días de fiestas (si rompes tu confinamiento en casa para acercarse una sala de cine).

Anthony (Anthony Hopkins) tiene 80 años y un carácter mordaz, y aunque se empeña en vivir en su piso, lleva ya un tiempo viviendo con su hija Anne (Olivia Colman). No quiere tener a ningún cuidador cerca, pero su memoria ya no es la que era y se olvida de caras, objetos y situaciones. Gradualmente, Anthony empieza a desconectarse de la realidad, en lo que parecen señales claras de demencia senil; y no sólo es que olvide cosas, sino que la confusión le lleva a ofuscarse con quienes le rodean, a los que no acaba de reconocer, ya sean su hija Anne, su yerno Paul o la cuidadora Laura. Las cosas se complican cuando Anne toma la decisión de irse a vivir a París, lo cual significa buscar a alguien que se encargue de cuidar a su padre en casa, pero ¿será eso posible? ¿Podrá Anthony valérselas por sí mismo?

Póster de El padreLa cinta de Zeller, que asume aquí la dirección de su propio texto, convertido ahora en un guion de cine escrito a cuatro manos con Christopher Hampton (quien ya se encargara de la traducción al inglés del texto teatral original en 2014), consigue superar los escollos que uno podría imaginar en estas lides (si vas a la sala de cine sin saber todo esto, cosa que ahora te estoy destripando, pues mucho mejor). Se percibe y no se renuncia del todo al entorno teatral, circunscrito ahora a las diversas habitaciones de un apartamento (como hiciera Polanski en “Un dios salvaje”), pero de manera (más) natural, del mismo modo que Hopkins y Colman interpretan sus papeles sin la excesiva gravitas que suele imponer el ámbito escénico. Enseguida empezamos a notar que hay cosas que no cuadran, pero nos dejamos llevar y “sentimos”, como Anthony, esa confusión que nos lleva de una secuencia a otra con la impresión de habernos perdido algo por el camino. Y eso es quizá lo mejor del filme: sentirnos tan confundidos como Anthony en su demencia, tratar de entender qué está pasando (procura no hacerlo: siéntelo) y por qué las cosas no son como las recordábamos.

Que la película no oculta tampoco que el guion/texto dramático está concebido para el lucimiento de los actores protagonistas, y con secuencias/escenas idóneas para los roles secundarios, tampoco es un demérito (y a veces lo es): al contrario, uno disfruta plenamente con dos monstruos de la interpretación como Anthony Hopkins, que ya demostró de lo que era capaz muchos años antes de “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991), y una Olivia Colman que lleva tiempo siendo mucho más que la detective sargento Ellie Miller (“Broadchurch”) la reina Isabel II (“The Crown”), por si no había quedado más que claro con su papel de la reina Ana en “La favorita” (Yorgos Lanthimos, 2018). La mordacidad de Anthony, que aporta un toque de comedia. y la desesperación de Anne salen a la luz para mostrar también la emoción y la sensibilidad con la que Zeller muestra los estragos de la pérdida de la memoria, traspasando la gran pantalla y afectando al patio de butacas: de un modo u otro, “conocemos” a esos personajes, vivimos con ellos, los recordamos.

El resultado es un perspicaz y conmovedor retrato de la demencia senil, de la confusión de los recuerdos en quien va perdiendo la memoria y del sufrimiento de quienes a su lado lo viven y también padecen; a su vez, es una película que permite que disfrutemos del buen hacer interpretativo de sus actores: no sólo los dos protagonistas: añadamos a los siempre estupendos Mark Gatiss, Olivia Williams y Rufus Sewell, así como la cada vez más sólida Imogen Poots; incluimos un “actor” no físico que acompaña con sutileza: la música de Ludovico Einaudi. Y demuestra que también es posible que un dramaturgo/director teatral sepa trabajar con sobrada eficacia como guionista/director cinematográfico. Pero, claro, con (todos) esos mimbres…

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