Javier Cercas

La Biblioteca Javier Cercas sigue ampliando sus volúmenes disponibles con la reedición de la segunda de las novelas del autor extremeño; “El inquilino” (Literatura Random House, 2019; aunque originalmente publicada en 1989). Una novela de la que descubrimos más cosas sobre su contexto gracias al “Prólogo” sin fecha firmado por el propio Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962): escrita en otoño de 1988 y publicada al año siguiente, es producto de una experiencia universitaria estadounidense que tuvo por aquellas fechas en la Urbana University -en el estado de Illinois-.

En esta novela, efectivamente, estamos ante el departamento de “Foreign languages” (lenguas extranjeras) y tenemos un profesor italiano, Mario Rota, que trabaja investigando e impartiendo docencia sobre fonología -especialmente, claro, fonología italiana-. En su mente, un mantra se instala y adquiere creciente fuerza: “todo se repite”. Un lema que nos remite a la idea del eterno retorno: al constante repetirse de los acontecimientos, a la inevitabilidad de las cosas, a la construcción cíclica de un destino que solo de nosotros depende el perfeccionarse y mejorar en las siguientes repeticiones (o no). Y que Nietzsche llevó más lejos que nadie, entre los filósofos occidentales, con su idea del Superhombre.

Una novela de campus más

Literariamente, Cercas juega con esta idea en una doble dirección. Por un lado, dotando a este “lema” filosófico de relevancia interna en la trama, pues es la idea que inspira al protagonista, lo mueve a actuar y a pensar cómo lo hace, y por tanto, se convierte en motor de la novela. Y externamente, claro, nos avisa de que nos vamos a encontrar una novela circular, una historia donde su principio y su final están íntimamente enlazados entre sí; si bien, en nuestra opinión, no de forma tan bien resuelta como sería de desear. Haciendo así, la idea central de la novela resulta clara de inicio: una reflexión sobre el destino y la posibilidad de obrar, la existencia de ventanas de oportunidad en la vida y la importancia de nuestra actitud a la hora de decidir si aprovecharlas o desperdiciarlas.

No obstante, con un planteamiento de base tan interesante como éste, la novela no sabe sacarle todo el partido. Quizás, porque su trama se deja condicionar demasiado por elementos que, debiendo ser contextuales, con el paso de las páginas acaban deviniendo en centrales de la novela. Sobre todo, aquellos relacionados con la organización institucional académica de las universidades. Hasta el punto de que el mismo autor llega a hablar de su obra como de una “novela de campus”. No estamos de acuerdo. O, si lo estamos, es solo parcialmente: “El inquilino” quiere ser una novela de ideas que acaba convertida, por demérito de un autor en formación, en una novela de campus más.

El inquilino Javier CercasDe ahí que su final parezca tan forzado o fuera de lugar. Porque estamos leyendo un final para una novela de ideas que no encaja, para nada, con la mayor parte del texto anterior.

Hasta ese final, efectivamente, tenemos la historia de un profesor universitario que, al regreso de sus vacaciones, observa cómo su vida, hasta entonces estable y anodina, comienza a girar hacia un camino por él indeseado. Y lo hace sin que, al parecer, pueda hacer algo por evitarlo. Y todo comienza con un tobillo que se tuerce mientras corre por el campus y por un nuevo inquilino que ocupa el piso enfrente al suyo: Daniel Berkowickz; quién, a la postre, será también su nuevo compañero en el departamento… y quién lo desplazará poco a poco de los afectos del jefe de departamento y presidente del comité que debe decidir si renovar su contrato, el profesor Scanlan.

Ante este cambio, vemos cómo el protagonista, Mario Rota, va entrando en una espiral de desconfianza, recelo y angustia que lo enfrenta ante todas las personas que, hasta entonces, eran importantes en su vida. Aquí, nosotros es cuando podemos entrar a valorar si estos cambios son justificados o no, si es infantilismo o es una actitud justificada, y claro, si nos parece un “ciclo” que se esté desarrollando ante nuestros ojos u otra cosa. La voz narradora sí consigue trasmitirnos la tensión de las certezas que se desmoronan, de los cambios trascendentales que se producen. Si bien, lo hace mediante fórmulas bastante manidas y habituales de los manuales de los escritores en formación, especialmente evidentes hacia el comienzo o hacia el final de los primeros capítulos.

Este estilo demasiado estático, pendiente del manual más que de dar rienda suelta a la mano autoral, lastra el comienzo de la novela, hasta bien pasado su primer tercio. Sin embargo, a partir de ahí, algo comienza a cambiar. Es cuando la descripción puntillista de los personajes y su contexto deja paso a la trama y su desarrollo, cuando comenzamos a percibir que el manual y el autor se diluyen (¡por fin!) y le dejan un mayor espacio de libertad a la voz narradora. A partir de aquí, tenemos una voz más creativa y alejada de las fórmulas, que acelera el ritmo narrativo, menos descriptiva, más extensa en sus frases, más prolija en sus análisis, imprecisa en el ritmo pero constante y firme en el tono. Una voz narradora capaz de redondear más a los personajes, de perfilarlos mejor al ahondar más en su psicología emocional.

Novela irregular

La brevedad de la novela y su irregularidad hacen que, cuando parece estar cogiendo intensidad e ir hacia algún sitio, su final nos parezca precipitado, abrupto y extemporáneo. Es, sin duda, un final coherente con el tema principal: con el tratamiento del eterno retorno como leitmotiv y con su pretendida estructura circular. Pero al estar poco conseguido, en este punto de la narración, el perfilado de los aspectos que dotan al tema de cuerpo y coherencia, la novela nos parece que queda colgada sin llegar a definir muy bien sus pretensiones.

Sobre el conjunto, para nosotros, “El inquilino” (Literatura Random House, 2019) es una novela de formación, un paso más en la transición de un Javier Cercas inexperto al excelso escritor que hoy tenemos. Repleta de inseguridades, se deja leer con entretenimiento y fluidez, pero está bastante lejana de lo que después iba a ser. De hecho, pasarían ocho años hasta su siguiente novela, “El vientre de la ballena” (1997), y más de una década hasta “Soldados de Salamina” (2001). Como ejercicio de estilo no está mal, y posee un notable potencial que no llega a explotarse como debería, pero no representa al escritor que hoy es, aunque sea un paso obligado para comprender cómo ha llegado hasta aquí.

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