Diarios de campo

Casualidad. Que no es lo mismo que destino. Ténganlo en cuenta. A veces  es parte importante en nuestras vidas. Una presentación en un centro escolar para educar sobre la evolución. Un libro, el de “Un verdor terrible“, tremendamente mediocre, mal llamado obra científica y lleno de incongruencias y errores históricos. La necesidad de una historia biológica hermosa para atenuar tantas desgracias medioambientales. Y el convencimiento de que un científico debe ser capaz de producir artículos sin costosos instrumentales, una conexión permanente a internet o experimentos eternos.

Mi cabeza es una coctelera. Métanle cosas y verán qué combinados más majos les saco.

Como decía, casualidad. Combinación de sustancias que no se pueden prever ni evitar. Adelanto que es la explicación para la existencia y el aspecto de todas las especies animales y vegetales conocidas. La explicación es más extensa y compleja. Probablemente sean necesarios varios años de estudio de genética, ecología, física y matemáticas para comprenderla.

No vayan a creer que los científicos dedican su tiempo exclusivamente a ver series. También se esfuerzan por hacer sus descubrimientos lo más inaccesibles que pueden. No sea que alguien descubra que el 99,9 periodo de la plantilla científica no destaca por nada en absoluto, y en consecuencia el aura de respetabilidad que envuelve al sector se esfume. Qué horror, Maricarmen.

El azar, y nada más que esa bendición indeterminada de ser capaz de pasar por el ojo de una aguja sin conocer de su existencia, es el único padre de los cinco reinos. Los únicos que deben existir, por supuesto. Animalia, Protista, Plantae, Fungi y Archaea. Hoy día, en una época en la que la alfabetización es la más alta de la historia, y a la sociedad se le asocia una cierta capacidad de pensamiento crítico, tenemos el vicio de aceptar los dogmas como corderitos mansos. Y tontos.

Hace no mucho tiempo, tan poco como en el siglo XXI, la idea de que no existiera un orden en los fenómenos naturales era impensable. Incluso más, causaba una desazón existencial en los científicos de por entonces. No importaba cuál fuera su nacionalidad o condición religiosa. El nacimiento de la Teoría del Caos, la cual abordaremos próximamente en la sección de evolución animal, tardaría varias décadas.

Las propiedades emergentes aún no contaban con personas dispuestas a describirlas. Porque los descubrimientos no solo requieren de personas capacitadas, es importante también que estén dispuestas. No es casualidad, sino condición.

Me interesa señalar estos detalles porque la historia que a continuación voy a relatar es hermosa. Es la casualidad, el conjunto de situaciones inesperadas, lo que la hace bella. Tal vez estén al tanto, o tal vez  no, pero el mundo científico es fuertemente materialista. El objeto de valor son los genes, una equivalencia biológica al dinero. Y no es que los parámetros descriptivos de los fenómenos azarosos sean inmateriales. Nada de espiritualidad en este artículo obtusamente cartesiano.

Lo que sucede es que las funciones matemáticas y las características físicas que describen las cualidades de la vida son aprehensibles tan solo a nivel teórico y a una escala minúscula en el mundo experimental. Para los biólogos, los responsables de validar las teorías evolutivas, la escala subatómica queda demasiado lejos de su campo de interés.

Es una verdad triste, pero nuestras teorías se ven desmochadas en su alcance por las limitaciones de los sátrapas de la ciencia.

La casualidad que quiero abordar no es otra que la responsable de que el infraorden de los cetáceos se aventurara en el mar hace 50 millones de años.

Durante el Eoceno el clima en la tierra se caracterizaba por su uniformidad. Era húmedo y cálido, con bosques en ambos polos y un océano con temperaturas más elevadas que en la actualidad. Se estima que la biodiversidad era considerable, aunque ni de lejos tan grande como la actual. Así mismo, con una calidez constante y escasas zonas marinas de alta productividad -asociadas con aguas frías-, la biomasa no era elevada.

En los territorios que hoy son India y Pakistán, se encontraba el primer cetáceo conocido, Pakicetus.

Los pakicetidae fueron un grupo de animales del tamaño y forma de lobo, de morro y cola más alargados. La escasez de alimentos les condujo a alimentarse de los peces atrapados en las zonas intermareales, los que aparecían muertos en costas y orillas de ríos, y a capturar aquellos que nadaban en zonas poco profundas. Es probable que otros pakicétidos practicaran distintas estrategias. Sin éxito, está claro, pues hoy día solo conocemos a los cetáceos de vida obligada marina. Aquellos descendientes de pakicetus que dieron un primer paso a la vida acuática.

Pakicetus. El primer cetáceos conocido.

La vida en el agua tiene notables diferencias con las adaptaciones para la vida terrestre.

Pueden parecer obvias. Y precisamente por eso las repasaré rápidamente. El medio acuático, el marino en particular, es siempre más frío que el terrestre (menor conductividad térmica). La luz desaparece rápidamente, por lo que es necesario confiar en un sistema sensorial distinto. El sonido presenta una atenuación menor y una mayor transmisión que en el aire. Es necesario contar con estrategias para compensar la falta de agua dulce. Los organismos que obtienen oxígeno del aire necesitan desarrollar una capacidad pulmonar elevada. Nadar o hundirse, implica que o bien se adquieren sistemas de flotación y propulsión eficientes, o se estarán malgastando energías para mantenerse en movimiento. La abundancia de depredadores es mucho mayor que en tierra pues en el océano lo que te convierte en presa es ser más pequeño. Por último, el aumento de 1 atmósfera de presión por cada 10 metros es una barrera dolorosa.

Convertir al pequeño pakicetus en un perro submarinista llevaría millones de años de prueba y error. Conservamos registro de ellas. Aunque lo más probable es que esté sesgado. Ya se sabe, lo de los fósiles no es perfecto. Pero la prolongada vida de los cetáceos entre agua y tierra hizo más sencilla la deposición de cadáveres en condiciones apropiadas para su fosilización.

Pakicetus nunca fue un animal nadador. Su modo de desplazamiento en el agua era similar al de los hipopótamos, los parientes vivos más cercanos de ballenas y delfines, por otra parte.

El grupo de cetáceos en seguir a pakicetus fue el de ambulocetidae y remingtonocetidae. Estos dos grupos se pueden considerar cocodrilos mamíferos por su forma similar. Patas acortadas y una cola larga, se valían de la ondulación del cuerpo para nadar. Y de las emboscadas bajo el agua para cazar a los animales que se acercaban a beber. Aún dependían mucho de la vida terrestre, y no fueron grandes migradores. Ambulocetidae ya había perdido el oído externo -característica en los cetáceos modernos- y remingtonocetidae presentaba una cola más aplanada, lo que la hacía idónea para la propulsión.

Ambulocetus. El “cocodrilo mamífero”.

El modelo morfológico que dispersó a los cetáceos por los mares fue el de los protocetidae. Sabemos de ellos que fueron los últimos cetáceos con dependencia del medio terrestre. Su cola, una proto-aleta caudal, era larga y poderosa. Las patas traseras comenzaban a reducir su longitud, mientra que las delanteras se usaban como extremidades nadadoras secundarias. Los orificios nasales migraban a una posición dorsal, un proceso iniciado ya en ambulocetidae y remingtonocetidae.

Protocetus. El último cetáceo anfibio.

Basilosauridae fue el primer grupo conocido– lo repito siempre pues quiero que el lector recuerde que no sabemos nada- de vida obligada marina y sin relación con la tierra. Alcanzaron tamaños de hasta 18 metros. Las patas traseras estaban atrofiadas e inservibles, ya poseían aleta caudal, orificios respiratorios en la posición actual, y las extremidades anteriores eran verdaderas aletas pectorales.

Basilosaurus. La primera ballena.

El salto morfológico de protocetidae a basilosauridae es demasiado repentino. No disponemos de formas intermedias. Y aunque uno no apoye en el gradualismo filético -necesidad de encontrar especies con formas intermedias en una evolución gradual- es lógico esperar que existieran individuos de ambos grupos que presentaran adaptaciones que demostraran una transición.

Pero ¿por qué si los biólogos siempre hablamos de evolución y formas intermedias, nunca se encuentran?

Porque la vida no es un medio controlado. No es un cuadro, ni una teoría perfectamente descrita. Simplemente, no se dedica a contentarnos. Las formas intermedias debieron ser escasas y presentar variaciones imperceptibles. Por tanto, la probabilidad de encontrar organismos fósiles que muestren una graduación es tan baja que debemos recurrir a exponentes negativos para expresarla.

Dorudontidae tuvo un aspecto similar al de basilosauridae. Las principales diferencias fueron su menor tamaño y la aparición de una proto-aleta dorsal.

Actualmente se extiende la imagen errónea de que durodontinae desciende de basilosauridae. La progresión morfológica es obvia. Pero no existen pruebas genéticas. Que basilosauridae depredara sobre dorudontidae tampoco favorece la teoría. Pues esta depredación, y compartir habitat en un periodo estable, no justifican la especiación que alegan los defensores de esta teoría.

En cualquier caso el debate carece de importancia. Esta es una historia de formas. Hemos presentado a nuestros actores principales. Los cetáceos habían abandonado ya el medio terrestre. Y lo hicieron con un margen perfecto, pues pronto llegó la extinción el Paleoceno-Eoceno. Pakicetidae, ambulocetidae, remingtonocetidae y protocetidae se extinguieron. También lo hicieron muchas especies del grupo de durodontinae y basilosauridae, pero otras sobrevivieron.

El golpe que asestó este evento de extinción en masa fue devastador en tierra. Y afectó también en el medio acuático, pero en una escala inferior. Un mero aviso de la gran glaciación que estaba por llegar.

En esta brecha de millones de años apareció el megalodon. El tiburón más grande jamás conocido. Sabemos que depredó sobre los cetáceos, y mantuvo la población controlada. En aquella época los tiburones blancos, ya presentes, no eran más que sardinillas en un mar de colosos. Dorudontidae se terminó por extinguir, y basilosauridae protagonizó eventos de especiación durante diez millones de años.

Entonces llegó una gran glaciación, y tuvo dos principales consecuencias para nuestra historia: los grandes depredadores marinos de “sangre fría” murieron al no poder soportar la bajada de temperaturas, este descenso también aumentó la abundancia de recursos en el océano.

Los cetáceos pudieron aprovechar el exceso de comida y la falta de depredadores para alimentarse, especiarse y aumentar de tamaño.

El tamaño es una clave evolutiva en el océano. Es la característica de algunas de las especies con mayor capacidad migratoria, y con una mayor tasa de especiación en la actualidad.

Y me encantaría contarles más al respecto, pero corresponde a una investigación que desarrollo en la actualidad. Odiaría perder la oportunidad de publicar en Nature o Science por abrir la boca antes de tiempo.

Un mayor tamaño significaba poder viajar más lejos, y mayor protección. En esencia, el tamaño convierte a los animales marinos en “indepredables”. Así, basilosauridae fue el último de los cetáceos prehistóricos -arqueocetos-, y el origen de odontocetos -delfines, orcas y belugas- y los misticetos -ballenas barbadas.

Cetáceos y su árbol filogenético.

Y del modo en que dije al principio, esta historia se agarra a la casualidad como base para tornarse memorable. Permitan que subraye, las casualidades, digo.

Tres casualidades. La primera la representó el sensato oportunismo de alimentarse de organismos acuáticos que morían en las costas. Esta suerte de carroñerismo evitó que los cetáceos experimentaran la hambruna padecida por otros animales terrestres. También fue responsable del comienzo de la historia.

El segundo lugar, la siguiente casualidad, fue la de continuar especializándose hacia una vida completamente acuática. A pesar de los abundantes depredadores acuáticos y los numerosos retos del medio. Mientras otros mamíferos continuaban el sendero iniciado desde que la primera forma de vida terrestre salió del agua, los cetáceos avanzaron contracorriente. Cuando la extinción en masa del Paleoceno-Eoceno arrasó con buena parte de la vida terrestre, los organismos marinos afrontaron el golpe con una mayor resiliencia.

A la llegada de una gran glaciación, resultó que los cetáceos eran los únicos animales de sangre caliente en el océano. Esto, la tercera casualidad. No evolucionaron para tenerla y resistir el frío. Que yo sepa nadie informó a sus genes que necesitarían un metabolismo activo que produjera calor -lo siento, Richard Dawkins, eres un científico malísimo. Los grandes reptiles marinos y los megalodones se extinguieron pues no pudieron calentar su cuerpos. Lo cual dejó a los tiburones blancos como los escualos más grandes. Y coronó a los cetáceos como reyes del mar.

La era de los cetáceos comenzaba. Tendrían que pasar decenas de millones de años hasta que los mamíferos descendientes de unos primates decidieran retar y conducir al borde del exterminio a los señores del mar.

Somos hijos de propiedades emergentes, del caos que golpea la membrana de la realidad hasta tornarse orden aparente. Somos, como este relato, meras casualidades que aspiran a ser más.

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