Todos nos hemos maravillado alguna vez ante algún cuadro de Vasili Kandinsky (Rusia, 1866 – Francia, 1944). Pero muy poco buceamos en la apasionante vida del artista creador de la abstracción lírica. Además de ser él un artista accidental, pasional, arriesgado. Quien llegó al arte después de haber estudiado derecho y económicas. Incluso se le llegó a ofrecer una plaza de profesor universitario de derecho. Pero rechazó todo para apostar por su pasión: el arte. Porque Kandinsky no sentía solo pasión por la pintura, sino que era también un más que decente pianista y violonchelista.

De este espíritu renacentista, de esta comprensión del arte como un todo, de esta pasión y de este compromiso con la creatividad, hay mucho en este ensayo básico, clásico, elemental y fundamental que es De lo espiritual en el arte (Paidós colección “Esenciales”, 2018; aunque originalmente publicado en 1912).

El punto de partida de Kandinsky es el arte, no la pintura. Kandinsky habla al artista, no al pintor. Y eso le aporta a la obra una validez universal, un contenido transversal y una voz narrativa capaz de alcanzar a todas las personas con capacidad creativa. Incluso a ti, que estás leyendo esta reseña. De hecho, utiliza constantemente ejemplos paralelos para la pintura extraídos de la filosofía, la literatura o, especialmente, la música. Para mostrarnos que todo está relacionado, que el creador recurre a las mismas fuentes independientemente de su arte. Porque la persona creadora, y ese acto de creación, para surgir, se conectan para Kandinsky no solo con su pasión interna y su intuición, sino también con las tendencias y las pasiones que designan su tiempo presente y, especialmente, con todo capital cultural pasado que establece al arte como una actividad universal fundamental.

Y es que en la base del discurso de Kandinsky resuenan con fuerza el espiritualismo, la mística, la psicología de los arquetipos y la unión atemporal del cuerpo-mente, tan en boga en el pensamiento filosófico de comienzos del s. XX; causa última del surgimiento de muchos movimientos de vanguardia pasados, presentes y, posiblemente, también futuros. Tanto es así que, entre las referencias autorales que cita, encontramos a la mística rusa Helena Blavatsky (conocida también con el sobrenombre de Madame Blavatsky), cuya Sociedad Teosófica -de la cual fue fundadora- también es pieza fundamental aquí. ¿Y qué defendía la Teosofía? Pues, básicamente, negaba el acceso a Dios a través de la revelación divina, y defendía fórmulas místicas de verdad paralelas a las del cristianismo.

Con estas influencias, Kandinsky sitúa en el centro de su pensamiento en lo que él llama el “Principio de la necesidad interior”, entendido como “el contacto adecuado [del artista] con el alma humana”. Una humanidad atemporal, universal.

Es en la segunda parte del libro, “La pintura”, cuando, a partir de este universalismo, entra en materia concreta para hablarnos del color y la forma, de su combinación, de su relación y, de forma significativa, de su conexión con el resto de las artes. Porque… ¿a qué se debe que la visión de un color pueda despertar en nosotros una reacción física y fisiológica?, ¿o una reacción emocional como el disgusto, la tristeza, la alegría, la ira…?, ¿o un pensamiento, o una reflexión o una idea sobre lo que ese color evoca, o sobre lo que el artista ha intentado generar, o sobre lo que la naturaleza provoca en nosotros a través del color?

Esa relación entre la mente humana y el color, a través del cuerpo, se reflexiona y explica aquí de forma extraordinariamente clara y directa; pedagógicamente apta para cualquier lector interesado. Entrando en aspectos como en la emoción del color (frío-cálido); en la textura posible del color a partir de la combinación con los básicos (negro-blanco); o de cómo la música o la literatura puede proyectar colores, recrearlos, emocionar con el color a través de códigos artísticos totalmente distintos, aunque complementarios a la pintura. Esta cromaticidad sería una muestra perfecta de cómo el arte atraviesa fronteras y conecta formas distintas de creación a través de vías psico-culturales universales.

A esta visión y discurso unitario se une más adelante la forma y la composición, ya añadiendo un aspecto más claramente visual. Con todo, según Kandinsky, esta composición también parece algo culturalmente condicionado, pues él apuesta por una forma de conectar con el arte basado en lo fundamental; en el caso de la pintura: líneas básicas y formas geométricas esenciales (triángulo, cuadrado, círculo). Se vería claro en la pintura figurativa, aquella que intenta imitar a la realidad, donde la disposición de las figuras principales siempre se resolvería a partir de alguna de estas figuras geométricas básicas. Pero sería también igualmente válida, y he aquí una de sus claves interpretativas mayores, en la pintura abstracta: la mente reacciona harmónica o disharmónicamente a una disposición coherente o incoherente de los elementos según estas mismas pautas.

Aquí tenemos la base creativa de la abstracción: la validez de unas reglas universales compositivas, la capacidad del creador para conectar con lo abstracto a través de mecanismos iguales a los de las demás artes, y la reacción de quién lo observa de una forma tan emocional como con cualquier obra de arte. Incluso, Kandinsky conecta lo abstracto con lo universal en mejor medida que el arte figurativo, pues mientras imitar a la realidad es una misión imposible -y en cierta medida frustrante, pues supone aceptar un imposible-, conectarse con lo universal y crear a partir de él (y desde el interior del artista, de su mundo vital interno) sí es viable con lo abstracto y a través de la abstracción. Situando esa conexión espiritual en el centro del proceso creativo, por encima de todo lo demás.

Así haciendo, Kandinsky nos regala en De lo espiritual en el arte (Paidós, 2018) un discurso pasional, emocionante y lleno de mensajes directamente dirigidos a nuestra forma de entender y de vivir la vida; proponiéndonos optar entre vivir un simulacro o vivir la vida con intensidad desde su raíz. Un mensaje indispensable.

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