Cuanto más pequeño, más pasa desapercibido. Sea lo que sea. Los ojos que miran están acostumbrados a valorar como amenazante aquello que ven, y a considerar la magnitud de la amenaza según sea su tamaño. No nos cuesta imaginar a nuestros antepasados homo sapiens sapiens, inocentes e ignorantes por entonces, huyendo despavoridos de un gigantesco dinosaurio herbívoro mientras se acercaban curiosos ante una pequeña serpiente de cascabel. Malamente podían suponer cuan distinta sería su suerte si hubiesen actuado al revés de como su instinto les impulsaba a actuar. Si era así en el nivel de lo visible, lo invisible (simplemente) no existía.

De hecho, no fue hasta el s. XVII cuando se vieron por primera vez esos a seres vivos minúsculos, invisibles al ojo humano, que hoy llamamos genéricamente “microbios”.

El tiempo ha pasado desde entonces, pero la naturaleza humana no parece haber variado mucho su comportamiento desde la Era de los Dinosaurios hasta hoy. Si entonces se tenía un miedo pavoroso a lo gigantesco, ahora hemos asociado a esta emoción también las realidades de la escala de lo minúsculo. Sobre lo invisible al ojo humano parece reinar una visión negativa, pesimista, catastrofista y, a veces, hasta apocalíptica. Salvo pocas excepciones, como los tan conocidos bifidobacterium, la opinión general tiende a asociar lo minúsculo con lo malo. Los virus se asocian a la enfermedad. Las bacterias se asocian con los procesos de corrupción orgánica. El átomo transporta la imaginación colectiva hasta las catástrofes nucleares. Y fenómenos naturales tan corrientes como las relaciones simbióticas o las mutaciones se piensan como corrupciones malévolas de una evolución “natural” lenta y ordenada.

Pero estas creencias negativas, algunas ciertas pero otras falsas, son solo una pequeñísima parte de un todo reducido y simplificado.

El divulgador científico Ed Yong (Reino Unido, 1981) ha planteado ‘Yo contengo multitudes’ (Debate, 2017; originalmente publicado en inglés durante 2016) como una obra orientada a desmentir todos estos malentendidos, a tranquilizar nuestra innata mente pesimista y, de paso, presentarnos un nuevo enfoque vital sobre “quién somos” y, más importante aún, sobre “cómo somos”.

Algo cambia en nuestra forma de vernos a nosotros mismos cuando comprendemos que hay más bacterias en nuestro intestino que estrellas tiene nuestra galaxia. O cuando sabemos que las bacterias establecen una conexión tan especial con esa parte concreta de nosotros donde se encuentran (digamos, por ejemplo, la boca), que son más parecidas a las bacterias localizadas en la boca de un extraño cualquiera que a las bacterias de nuestro cuerpo localizadas en otro sitio distinto al suyo. O que las células bacterianas viven en nuestro cuerpo, según el último recuento fiable, en una proporción casi igual a la de las células humanas. O que la simbiosis es un proceso orgánico, vital, ordinario y fundamental para el desarrollo de la vida, en marcha también dentro de nuestros cuerpos; e imprescindible para la existencia de formas de vida complejas en nuestro querido planeta Tierra. Y así podríamos seguir…

El repaso de Yong a la importancia de la vida microbiana es amplísimo y exhaustivo. Nos lleva por experimentos pasados y por otros en marcha. Apunta con su dedo hacia el futuro de lo que podría llegar a ser si seguimos investigando. Pero, sobre todo, nos presenta las muchas formas positivas en cómo la vida microbiana existe y contribuye al desarrollo de la vida de otros. Numerosísimos son los casos donde vemos la forma en cómo las células microbianas contribuyen a que otros seres y organismos desarrollen algunas funciones básicas para su supervivencia o superen algunas limitaciones críticas cuyo desarrollo comprometería seriamente su vida. Hasta el punto de defender que esta cooperación supone un pilar de vida sin el cual, como pasa en los animales de laboratorio que han sido desprovistos de esta masa bacteriana, la vida sería más una anécdota que un fundamento.

El viaje por las páginas de este ensayo se convierte en apasionante cuando pasamos a considerar su potente fuerza explicativa. Yong escribe de forma directa, sencilla y clara. Cuando entra en arenas movedizas, sabe exprimir estas cualidades para echar mano de imágenes o metáforas gráficas lo suficientemente clarificadoras como para hacernos llevaderas las turbulencias. No teme recurrir a veces a la extravagancia si, con ella, ayuda a que nos hagamos una imagen mental de cómo es la forma de vida o el organismo ante el que nos encontraríamos si tuviésemos el ojo pegado al microscopio. Y todos estos esfuerzos por hacer su mensaje siempre comprensible confluyen en una lectura fluida, agradable y que corre veloz en la mayor parte de los capítulos.

Por otro lado, más allá del texto principal, el lector también agradecerá las amplias “notas” finales, la bibliografía para que se amplíen los conocimientos que se deseen y el “índice alfabético” para perseguir algún tema particular que fuese de interés. Además de algunas ilustraciones a color. Un valor añadido a la altura de este ensayo con enorme capacidad divulgativa que lo convierte en accesible para un más amplio perfil de públicos, desde el curioso hasta aquel que busca ahondar en mayores profundidades.

Yo contengo multitudes’ (Debate, 2017) es un ensayo muy oportuno sobre un tema científico de actualidad, con una perspectiva original y vibrante, excepcional por su capacidad explicativa adaptada a distintos tipos de lector y, además, aderezado con elementos finales que le aportan un valor añadido de utilidad e interés. Ed Yong nos presenta una obra de divulgación científica redonda, ejemplar por sus muchos aspectos notables y por el equilibrio de calidad exhibido en todos ellos. Será una de las obras de periodismo científico del año y uno de los mejores ensayos sobre biología publicados a lo largo del 2017 en España.

Si lo encuentra en su librería, y le interesa el tema, sería un pecado mortal dejarlo escapar.

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