En los últimos tiempos, Europa ha pasado de abanderar unos supuestos valores de la civilización occidental a renunciar a su alma, un pacto social forjado tras las ruinas, esfuerzos y afanes de la II Guerra Mundial. De un entorno economico regulado en parte para poner coto a la voracidad de los mercados internacionales, Europa ha derivado en una suerte de paraíso neoliberal que, si bien aún mantiene parte de su esencia y distancia con respecto a infiernos como el estadounidense, cada día que pasa empuja a sus ciudadanos hacia la precariedad, la merma de derechos fundamentales y la desregulación económica.

Pero hasta 2014, la UE aún mantenía cierta fachada de respetabilidad y sensación de mantener un proyecto común que, si bien titubeante, con oscuros recovecos y un dañado equilibrio de poderes entre los países que la forman, aún podía jactarse de ser la mejor esperanza para unos ciudadanos en ocasiones distanciados de sus propios gobiernos pero que tenían mejor opinión de una Europa que parecía favorecer una convergencia económica entre sus socios.

La crisis de deuda griega, que desencadenaría una oleada de réplicas en otros países del sur del continente, terminó por dinamitar la creencia en una Europa que abanderase y alumbrase un progreso social para sus ciudadanos, y sobre todo, dejó entrever –para aquellos que aún lo dudaban- quién tenía de veras el poder, quién lo ejercía de forma inmisericorde dentro de la UE, y cuales eran sus objetivos. Pero también dejó claro que ciertos gobiernos con créditos concedidos se habían instalado en la corrupción y sus ciudadanos habían fracasado en la vigilancia debida para con sus élites.

Comportarse como adultosEn enero de 2015 el economista de nacionalidad greco-australiana Yanis Varoufakis se convirtió en nuevo ministro de Finanzas griego en un país con un problema serio de deuda crónico y en medio de una lucha descarnada y desesperada con sus acreedores europeos, entre los que se encontraban las más poderosas instituciones y gobiernos del continente. El ensayo “Comportarse como adultos”, publicado el pasado diciembre por la editorial Deusto y firmado por el mismo Varoufakis, nos ofrece su versión de este conflicto, que terminó con todo un país encerrado en una prisión de deuda e inmerso en un infierno económico y social que ha dinamitado toda la estructura grecia, empujando a millones de ciudadanos europeos a la pobreza y la subsistencia.

El propio Varoufakis admite en este ensayo que estamos ante un relato parcial, pero en el que ha intentado ser justo con aquellos a quienes critica o alaba, y que ha utilizado toda la documentación disponible en distintos formatos, con el fin de no depender de su propia y falible memoria, que como la de todos, tiende a autojustificarse e hilar un relato que cuadre con su visión de la realidad y se ajuste a las acciones emprendidas de forma precisa. Yanis nos ofrece su versión, consciente de sus debilidades y fortalezas, aunque no puede resistirse, como profesor que es, a repartir lecciones y admoniciones, tanto sobre Economía como sobre relaciones humanas, tanto a otros como a sí mismo.

Antes de tomar posesión como ministro de Finanzas griego, el catedrático Varoufakis impartía clases en la Lyndon B. Johnson School of Public Affairs de la Universidad de Texas, en Austin, pero en enero de 2015, su vida cambió dramáticamente. Ganó un escaño en el Parlamento griego. En campaña había hecho una promesa solemne, sólo una: lucharía por rescatar a su país de la austeridad impuesta por la UE y el FMI, que estaba destrozando la economía griega. La Gran Depresión Griega se estaba llevando por delante todo a su paso: grandes y pequeños negocios, familias y el propio estado griego en bancarrota desde 2010; en fin, todo el tejido productivo y social, que tuvo su auge más dramático con una oleada de suicidios que afectó a amplias capas de la población, y que tuvo su origen en la pérdida de la dignidad y recursos materiales de muchos griegos. Ya la poco diversificada economía griega llevaba décadas en crisis, instalada en una corrupsión sistémica y aparentemente inevitable.

El mismo Varoufakis contribuye a alejar del misticismo el imaginario de la crisis de deuda griega. Según él, resulta tentador culpar de un desaguisado de estas proporciones a una conspiración de las élites, a un grupo de personas con enorme poder que deciden el auge o la caída de países enteros. Y él mismo reconoce que este mito del imaginario popular no se ajusta a la realidad. Según Varoufakis -aparte de en la propia debilidad económica griega- el origen de guerras económicas como ésta tiene lugar sobre todo gracias a dos pivotes básicos: la exclusión y la opacidad. Determinadas personas, independientemente de sus intenciones iniciales, se ven inmersas en una situación tal que, al descubrir ciertos hechos, se ven en el dilema de ofrecerlos o no a la opinión pública. Y la gran mayoría de ellos decide contribuir a la opacidad de los datos sobre una situación callando sobre ella, ya sea porque no se atreve a revelarlos o porque es lo mejor para conservar su trabajo o su posición social. No se trata, según Yanis, de una conspiración clásica, sino que funcionarios europeos, políticos o periodistas, entre otros, se ven inmersos en una situación en la que guardan secretos que beneficiarían la limpieza democrática de las instituciones y gobiernos europeos, y que al ocultar, crean un estado de cosas que desemboca en la ruina de un país y la imposición del drama y la desgracia como modus vivendi para la gran mayoría de sus ciudadanos.

Si alguien, comenta Varoufakis, tiene madera de héroe y cuenta la verdad a la opinión pública, priorizando el sonido de la propia conciencia frente a la posibilidad de ganar mucho dinero, terminan “como una estrella fugaz, olvidados rápidamente por un mundo que anda demasiado distraído”. Se da la circunstancia, según él, que muchas de las personas que forman parte de esta trama no son conscientes de formar parte de ella, ya que no suelen tener contacto directo con otras ramas de ella, están inmersos en su propia red local de cajas negras llenas de secretos y no son conscientes de las otras.

Varoufakis sólo veía una posibilidad para sacar a Grecia de la prisión por deudas: abrir las cajas negras, airear los secretos, limpiar la economía griega de garrapatas y especuladores e iniciar una nueva relación económica con los acreedores, instituciones y países socios de la UE. Sin embargo, éstos –y buena parte de los griegos, acostumbrados a mantener ciertas costumbres- tenían otra cosa en mente.

En 2010 Grecia entró en quiebra, y la UE, el FMI y el gobierno griego organizaron una operación de encubrimiento para ocultarla bajo la forma de un rescate. Las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional ofrecieron a este gobierno 110.000 millones de euros. Al mismo tiempo, una delegación de la Troika –que representan a la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el FMI- se instaló en Atenas para imponer medidas destinadas a reducir la renta nacional griega, cargando el pago de la deuda en las espaldas de los ciudadanos más pobres, manteniendo los privilegios de los bancos endeudados y la presión impositiviva laxa hacia los más ricos. Es decir, los ingresos de los ciudadanos se vieron reducidos de forma dramática y la economía del país adelgazó aún más, lo cual hacía más difícil el pago de la deuda, que no sólo no se redujo, sino que aumentó. Un escenario que cualquiera podría haber predicho, incluso las propias instituciones europeas, que lo último que tenían en mente era el pago de la deuda. Lo que se jugaba en Grecia era otra partida: la Troika quería enviar un mensaje a otros países en dificultades, entre ellos España. Olvídense de una reestructuración de la deuda, reduzcan las pensiones, el gasto social y privaticen todo lo posible.

Las instituciones europeas negaban a Grecia la posibilidad de declararse en bancarrota y empezar de cero, como por cierto han hecho no pocos países en la historia, con el fin de no instalar a sus ciudadanos en la pobreza permanente y en la destrucción sistemática de su tejido productivo. Grecia era un banco de pruebas para el resto de países de la UE. Los activos griegos, las propiedades públicas, serían virtualmente confiscados por las instituciones públicas y privadas de los países acreedores, y las políticas de austeridad no podían sacar a Grecia de la crisis de deuda. ¿Cómo está tan seguro Yanis de esto? Porque -siempre según su versión- los mismos responsables de la Troika se lo dijeron claramente cuando ya era ministro de Finanzas, durante una reunión con Christine Lagarde, directora gerente del FMI y exministra de Finanzas francesa, en febrero de 2015. Y durante los meses siguientes, cada reunión que mantuvo con las instituciones europeas reforzó este hecho.

Los acreedores de Grecia se comportaban como si no quisieran recuperar su dinero, y el motivo tiene su origen en la situación de los bancos alemanes y franceses tras la crisis de 2008. La debilidad económica de Grecia se debe sobre todo a la corrupción endémica, la mala gestión y la falta de inversiones. Esta debilidad es sistémica, constante durante las últimas décadas, pero la insolvencia reciente debe, según Yanis, al propio diseño de la UE. El déficit crónico de Grecia estaba a raya con el dracma, la moneda nacional anterior al euro, ya que en cualquier momento el país podía devaluar la moneda para recuperar competitividad y hacer crecer la economía. Sin embargo, con la llegada del euro, los préstamos de los bancos alemanes y franceses al estado griego catapultaron el déficit a alturas nunca vistas.

En 2009, después del hundimiento de Wall Street y la restricción crediticia que le siguió, llegó la quiebra de los bancos europeos. Ese año ya no prestaban dinero, con lo cual Grecia se declaró insolvente. Tres grandes bancos franceses, con inversiones en países periféricos, enfrentaban pérdidas de un tamaño semejante al doble de la economía de Francia. Con que fallase un 3% de la deuda periférica, los tres bancos más importantes de Francia tendrían que ser rescatados por su gobierno. A finales de 2009, los préstamos periféricos concedidos por estos tres bancos franceses se cifraban en 627.000 millones de euros. Si los griegos no cumplían con sus pagos, los inversores más importantes dejarían de prestar dinero a los gobiernos de Portugal, España e Italia. Y los bancos franceses enfrentarían un agujero colosal en sus cuentas. El gobierno francés hubiera necesitado 562.000 millones de euros de la noche a la mañana para rescatar a sus bancos.

Crisis griegaEEUU puede transferir pérdidas de este tipo a la Reserva Federal (que hace las veces de banco central), pero Francia desmanteló su banco central en el año 2000 al incorporarse al euro, por lo que tendría que depender del BCE (Banco Central Europeo) para reequilibrar sus cuentas. Pero se da la circunstancia de que al crear este banco central, se insistió en una prohibición troncal impuesta por Alemania para proteger a su moneda, el marco: nada de transferir las deudas impagadas públicas o privadas de países grecolatinos al BCE.

El pánico se apoderó de los agentes políticos y económicos franceses, encabezados por el presidente Nicolas Sarkozy y Dominic Strauss-Kahn, entonces director del FMI. Si los inversores se enteraban, Francia hubiera entrado en bancarrota y los títulos de deuda franceses hubieran aproximado su calificación a la del bono basura.

En Alemania la situación no era mucho mejor. Angela Merkel fue informada de la dramática situación de sus propios bancos, que necesitaban una injección colosal, 406.000 millones de euros, de forma inmediata. Tras inyectar este dinero –con la aprobación del Bundestag, su parlamento- se dieron cuenta de que apenas servía para coser el roto que los derivados tóxicos del mercado estadounidense habían dejado en las cuentas de los bancos alemanes, y estos ya pedían un nuevo cheque.

Si Grecia no podía cumplir con los pagos de su deuda, Merkel se vería obligada a emitir un nuevo cheque a favor de sus bancos por aproximadamente la misma cantidad anterior. Alemanes y franceses debían encontrar una forma de rescatar a sus bancos sin pasar otra vez por sus parlamentos, lo que significaría un suicidio político.

La solución llegó en forma de rescates bancarios, con la condición de que saldasen sus deudas con los bancos franceses y alemanes. Estos rescates no saldrían directamente de la UE, sino que se incorporarían entidades internacionales como el FMI, y también se tratarían de préstamos bilaterales de país a país, de forma que se enviase un mensaje claro de fortaleza económica de los países acreedores, cara a la opinión pública y los inversores.

Crisis griegaLos contribuyentes europeos pensaban que arrimaban el hombro para cubrir las deudas contraídas por otro país europeo, en nombre de la solidaridad. Pero en realidad rescataban a los bancos alemanes y franceses, mientras sólo se hacía hincapié en los -verídicos- males de la economía y las costumbres corruptas del sistema económico griego, pero no en la voracidad y extremo riesgo de las inversiones de los bancos acreedores.

Mientras pasaba la tormenta, para mantener la ilusión de que las deudas de los bancos alemanes y franceses no ponían en riesgo la Eurozona, la troika debía mantener atada en corto a Grecia, aún sabiendo que devolver la duda era imposible.

Comportarse como adultos” es la historia de la lucha griega para salir de este estado de cosas que Yanis Varoufakis llama “quiebrocracia”, y que en la práctica significó la ruina de su país hasta extremos delirantes, y el inicio de una lucha política de izquierdas que pretendió liberar el país y tropezó con la fortaleza empecinada de las instituciones europeas. Como decíamos en algún punto de esta reseña, esta situación no es fruto de una conspiración de las élites, sino de una toma de decisiones en cascada, aderezada con mentiras y conveniencia económica, que perpetúa a un país en la prisión por deudas para salvar la economía de otros países en situación de prevalencia.

Varoufakis nos cuenta su lucha y relación con distintos agentes económicos y políticos, como Angela Merkel, Mario Draghi, Wolfgang Schäuble, Christine Lagarde, Emmanuel Macron, George Osborn, Barack Obama o Luis de Guindos, todos parte de uno u otro modo del drama griego. Conoceremos su visión sobre la situación griega desde dentro, desde su participación en Syriza como sus relaciones con el presidente griego, Alexis Tsipras, y la forma en cómo a la postre el propio Yanis fue demonizado y azotado por las instituciones europeas y sus propios compatriotas, y hasta acusado de traidor por su propio parlamento nacional.

Varoufakis prometió lo que solo podía dar en caso de emitir una nueva moneda, que seguramente habría salvado el tejido productivo del país y parecía la única salida tras el proceso negociador con la Troika. El momento oportuno fue cuando recibió el primer pago de las ayudas subscritas por parte de la UE. Eso habría significado disponer de un as en la manga y una herramienta de presión, pero no lo hizo y esperó el segundo pago, que vino acompañado por unas condiciones leoninas. Para analizar por qué no lo hizo hemos de entender dos puntos, el primero el mismo Varoufakis, demasiado idealista y confiado –algo que admite; el segundo, la inoperante y gandula administración griega, con funcionarios corruptos y sin ninguna ansia por trabajar en pos de una solución duradera.

Mario DraghiEste vital testamento político supone un documento de primera mano de las cloacas europeas y del funcionamiento de unos engranajes económicos tan opacos como parciales, destinados a beneficiar a unos países por encima de otros, al menos ésta es la versión de Yanis Varoufakis. En realidad, lo que se intentaba garantizar era el mantenimiento del sistema, más que limpiarlo para hacerlo más eficiente o mantener una supuesta asimetría entre países, y ciertos países se negaban a pagar los platos rotos de la corrupción de otros, y han de rendir cuentas a sus parlamentos, que no toleran la mentira.

Comportarse como adultos” no ahorra críticas al proceso negociador de Grecia con la Troika, ni análisis de los errores, tanto propios como ajenos. Varoufakis reconoce su empecinamiento y a veces su animosidad hacia aquellos que pretendieron –y consiguieron- aprisionar a su país y reconoce que pudo hacer más y cometió errores, pero que a la postre, por la posición de los acreedores, afirma que el desenlace de la situación no pudo ser otro.

Estamos ante un ensayo tremendamente interesante a nivel social, político y económico, que une partes de ágil lectura y espíritu documental con aires de novela de suspense, con otras farragosas y de más difícil comprensión, fruto sin duda del tema que trata y de su dimensión macroeconómica. Yanis, en su esfuerzo por documentar cada paso que da, alude a tantos encuentros, anécdotas y conversaciones con agentes económicos y políticos, que en ocasiones resulta fácil perderse. La lectura detallada de este ensayo es lenta y compleja, pero llegar al final tiene recompensa, con la comprensión de un momento de la historia de la Unión Europea que nos ha sido ocultada por parte de los medios.

En relación al propio Varoufakis, el pasado 21 de marzo presentó su nuevo partido, MeRA25, con el que piensa concurrir a las próximas elecciones griegas, a celebrarse como tarde en 2019. Es también cofundador del proyecto europeo DiEM25, que busca democratizar las instituciones europeas. Como vemos, Yanis está lejos de rendirse, y ya planea nuevas luchas…

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