Miniserie británica. BBC One. Seis capítulos. Cincuenta y tres minutos cada uno. Temporada única.

Fácil de ver, pero imposible de olvidar. Porque Broken tiene mucho de eso que hace que una serie sea inolvidable: un corazón que late con fuerza en cada capítulo, capaz de conectar con el telespectador a través del análisis sentimental profundo de problemas tan terriblemente habituales como inherentemente humanos.

El guion explora estos problemas a través de la incoherencia de los personajes que quieren mantener, contra viento y marea, dos posiciones moralmente irreconciliables. Una contradicción y una discusión dialéctica de decisiones que nos lleva, poco a poco y con un ritmo sostenido por personajes memorables, a durísimas escenas de dolor, de muerte y de redención. Porque ninguna contradicción es sostenible para siempre. Todo estalla alguna vez. Y nosotros asistimos, como privilegiados espectadores, a seis de estos momentos dónde la verdad toma el poder al asalto, de forma dolorosa y a veces incluso cruel.

Una madre quiere ser un ejemplo para sus hijos, enseñarles a vivir la vida con rectitud y honestidad, pero llevan una vida tan miserable que, a veces, esa ejemplaridad puede llegar a ser insostenible.

Un policía tiene como principal objetivo el de servir y proteger a los demás. En todas partes, existen muchos profesionales de la seguridad que creen y actúan conforme a este objetivo.  Pero también los hay que no y que, a la hora de la verdad, cuando comenten errores y hay consecuencias graves (como la muerte de un inocente), no tienen la rectitud ni la decencia de afrontarlas.

O hay personas que, tanto laboral como familiarmente, quieren demostrar una ejemplaridad fuera de toda duda. También ellas, como cualquiera de nosotros, están expuestas a tentaciones o a vicios incontrolables, que pueden mandar todo al traste.  La línea fina que separa la ejemplaridad de la ruina es tal que, una vez traspasada, cualquier consecuencia, hasta la más inesperada, entra dentro de lo posible.

Estas son algunas de las historias que tienen lugar en un barrio obrero de una ciudad británica. Todas ellas tienen como punto de unión al párroco católico de la congregación, el padre Michael Kerrigan (Sean Bean). Él también miembro de una organización profundamente moral, la Iglesia Católica, e igualmente contradictoria; pues, aunque se dice representante de una divinidad, está formada por miembros tan humanos como cualquiera. Esta contradicción está presente en Kerrigan, con una fe constantemente en el filo de la navaja.

A su Iglesia acuden los personajes secundarios protagonistas de estas historias para buscar comprensión, consuelo, ayuda o consejo. Podríamos pensar que es una función inherente a cualquier parroquia, de cualquier religión, pues es parte de sus funciones para con sus feligreses. Pero muy pronto la serie se encarga de explicarnos que no. Que depende de las personas y de su calidad humana. Y que, por eso, todo el motor narrativo descansa entre las manos del padre Kerrigan.

Él tiene una fe maltrecha en la Iglesia. Dios se observa a veces como una entidad lejana, indiferente a los problemas de la gente. Pero es su representante en la tierra y, con su juicio, capaz de distinguir entre el bien y el mal. Y con su autoridad, capaz de intervenir eficazmente ante sus feligreses y ante las autoridades y personalidades del barrio. Ejerce el poder que tiene entre las manos y que no se abstiene de utilizar en favor de lo que es justo y es bueno. Aunque, para ello, él mismo deba enfrentarse a problemas, disgustos y sinsabores.

Lo que hace interesante esta serie, y especialmente a Kerrigan, es su motivación. Sin duda, él es una persona buena que quiere hacer el bien, pero no es el bien el que motiva sus decisiones y acciones, sino el mal o, concretamente, la necesidad de expiar el mal cometido en el pasado. Aquí tenemos la humanidad, a través del error y la imperfección; el mal, a través del dolor infligido a los demás por motivos egoístas y/o deshonestos; la redención, surgida de la culpa y de la necesidad de hacer lo correcto, aunque sea a toro pasado; la conciencia, moviendo nuestra autorreflexión sobre los actos y sus consecuencias…

Todos, Kerrigan, los demás personajes, o nosotros mismos, nos vemos perfectamente reflejados, de una forma u otra, en Broken. Una serie que, aunque tenga un punto de vista moral claramente católico, es capaz de conmovernos a partir de algo tan universal, independientemente de la creencia o religión de cada quién, como es la imperfección, el error y la conciencia.

Además de la fuerza de su guion, la serie posee interpretaciones poderosísimas. Porque estas contradicciones tan humanas alcanzan una fuerza ficcional tan fuerte como la intensidad dramática de sus intérpretes. Y aquí tenemos duelos interpretativos de altura. Siendo los más memorables los del padre Kerrigan (Sean Bean) con la empleada de banca Roz Demichelis (Paula Malcomson) o, hacia el final de la serie, con la madre de su hijo asesinado Helen Oyenusi (Mura Otaru).

Tampoco se muestra Broken parca en temas a tratar: la miseria de las familias trabajadoras británicas, la posición de poder de las empresas respecto a personas que casi no tienen ni para comer, el abuso de la autoridad respecto a personas solas y/o solitarias que no tienen como defenderse ni quién las defienda, la homofobia y el racismo, el abuso de menores por parte de la Iglesia, las familias destrozadas

Broken es una serie creada y escrita por Jimmy McGover, y dirigida por Ashley Pearce y Noreen Kershaw, donde el guion y los actores saben sobreponerse con su excelente trabajo a una dirección no siempre a la altura. Aún así, posee una fuerza narrativa tal, que es difícilmente prescindible en la lista de las mejores series de 2017 y que todavía se puede disfrutar dentro del catálogo de Movistar+.

No os la perdáis.

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