Alanis es prostituta en Buenos Aires desde hace un par de años, cuando llegó a la capital desde su ciudad natal, Cipolletti. En realidad, no se llama Alanis (pronunciado “Alanís”): es sólo el nombre que se ha puesto para dedicarse al oficio y no parece que sea en homenaje a la cantante estadounidense Alanis Morrissette (“Morrissey”, como le dice una asistente social). Tiene 25 años y un hijo, Dante, de año y medio de edad y al que todavía da el pecho. Cuando el piso en el que trabaja y vive con una compañera, Gisela, es clausurado por la policía tras las quejas de los vecinos del inmueble, y Alanis se queda literalmente en la calle con Dante en brazos y la escasa ropa que lleva encima, se iniciará una odisea para sobrevivir y tirar adelante: la policía ha confiscado el dinero y el móvil que utilizaba para contactar con los clientes, y además se han llevado detenida a Gisela.

Una pariente, su tía Andrea, que regenta una tienda de moda (en cuya trastienda también vive con Román, aparentemente un inmigrante ilegal, le ofrecerá un hueco y un colchón, al mismo tiempo que le busca trabajo como asistenta de hogar/limpiadora. Pero Alanis se ha acostumbrado a la prostitución, le resulta más cómoda, sabe en qué terreno(s) juega y hasta dónde está dispuesta a llegar. Y todo ello para sobrevivir y cuidar de su hijo.

Con este filme la directora argentina Anahí Berneri ha confirmado una carrera cinematográfica de la que no sabemos demasiado por nuestros lares (yo mismo, por ejemplo): películas anteriores como “Un año sin amor” (2005), “Encarnación” (2007), “Por tu culpa” (2010) y “Aire libre” (2014) han recibido numerosos premios; en la reciente 65ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián “Alanis” logró sendas Concha de Plata para ella como mejor directora y para Sofía Gala Castiglione como mejor actriz, así como el Premio Cooperación Española para la película. Una película que nos muestra, a ras de suelo y sin maniqueísmos ni juicios de valor, el mundo de la prostitución en Buenos Aires desde el punto de vista de su protagonista.

Si algo llama la atención de “Alanis” desde la primera secuencia es que su directora no quiere hacer una película convencional: no abundan los primeros planos y en cambio son numerosos los encuadres para mostrarnos fragmentariamente el cuerpo de Alanis: ora la cara, ora el pecho, ora las piernas, pocas veces de cuerpo entero; incluso el propio póster del filme trata de romper esquemas: Alanis como una Madona moderna muy desafiante. Su cuerpo es una herramienta de trabajo, pero no se presenta una mirada ávida, a menudo masculina, sino un retrato muy desapasionado, cotidiano incluso, de quien ejerce voluntariamente la prostitución. Alanis constantemente lucha con quienes le rodean y le impiden o ponen trabas a su trabajo: la policía que clausura su piso y la advierte de que no puede ejercer en él su oficio, el dueño del inmueble que la echa porque no quiere más quilombos, la asistencia social de un país que mira a un lado respecto a una profesional del sexo, la tía que querría que dejara este trabajo por algo más “decente”, las prostitutas callejeras con las que compite en los alrededores de la bonaerense Plaza Miserere, los clientes receptivos, huidizos o con gustos peculiares, el silencio y en general la indiferencia de todo el mundo.

Frente a todos ellos, ella muestra entereza y tiene las ideas muy claras. No hace alarde de su oficio, pero, para qué nos vamos a engañar, le resulta más cómodo que limpiar retretes. Tiene claro que nadie la obliga a hacer nada que ella no quiera hacer y que sobre su cuerpo sólo decide ella. Es valiente pero también inmadura, comodona y dispuesta a saltarse la ley y lo que sea, a coger dinero de aquí y allá pero también a trabajar en la fría calle para devolver aquello que se ha llevado. Quizá no tiene para comprarle pañales a Dante y seguramente no es la mejor madre del mundo, pero nadie le arrebatará a su hijo, que irá adónde ella vaya y trabaje.

A diferencia de películas relativamente recientes sobre el tema de la prostitución en las que a menudo no se oculta una visión paternalista y condescendiente –quizá “Princesas” de Fernando León de Aranoa (2005) se escape en parte a estas etiquetas–, y desde luego muy alejada de insufribles cuentos de hadas como “Pretty Woman” (1990), “Alanis” es un filme de corte (hiper)realista en el que no se juzga la prostitución per se: se asume como algo que está ahí, nos guste o no, y que forma parte de la vida en las ciudades. Mientras haya demanda, habrá oferta, parece destilarse sutilmente a lo largo del filme; o que los deseos sexuales cotidianos no se cambian con leyes ni prohibiciones.

No hay un alegato a favor o en contra, se trasciende el debate facilón y se va al meollo no tanto de ser prostituta sino de sobrevivir en esta vida siendo prostituta. Por supuesto, se podrá decir que la protagonista tiene más opciones para ganarse la vida, pero ella no se lo cuestiona ni se plantea que sea más feliz (o todo lo contrario) dedicándose a otra cosa. A diferencia de la joven Isabelle (Marine Vacth) en “Joven y bonita” (François Ozon, 2013), que eligió ser prostituta aun no necesitándolo, Alanis no lo tiene fácil en esta vida y no parece tener un bagaje que le permita dedicarse a otra cosa, pero no le hace ascos a la profesión: no discute siquiera el lado sórdido de la prostitución, lo asume sin más.

No es tampoco Christine (Riley Reough), la protagonista de la primera temporada de “The Girlfriend Experience” (Starz, 2016-), que paulatinamente encontrará en la prostitución de alto standing una carrera para vivir bien: Alanis es una superviviente y los ochocientos pesos que cobra de algunos clientes (apenas 40 euros) es algo normal, aceptable incluso. Y si tiene que ponerse “agresiva” (en una secuencia muy reveladora hacia el final del filme), lo hará a su manera con esa perspicacia que se aprende en la calle para saber qué quiere un cliente en particular; del mismo modo que si tiene que huir de la competencia, también muy agresiva, lo hará a su manera. Por supuesto que a la joven prostituta le gustaría poder tener un hogar estable para Dante y quizá un trabajo diferente, pero la realidad no es el trampantojo que una breve secuencia (un dormitorio, un escaparate, un sueño) induce a confundir; Alanis no es ninguna ingenua, ni siquiera una idealista.

Estamos, para ir concluyendo, con un interesante retrato de la vida desde abajo, en ocasiones con un estilo que recuerda al documental, y que no rehúye lo incómodo y lo desagradable, pero sin caer en una pornografía de la miseria (no es “Precious”, para entendernos). Ni directora ni actriz protagonista tienen el más mínimo interés en refocilarse en un morbo barato, sino en contarnos unos días complicados de una joven prostituta, sí, pero sobre todo de una superviviente en la gran ciudad. Y eso es lo que hace especialmente valiosa esta película que, además, diluye compartimentos estancos en cuanto a los géneros y no le importa desviarse de hojas de ruta que siguen a rajatabla la fórmula inicio, nudo y desenlace.

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