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       Artículo de literatura

Una ciudad asediada, de Margaret Oliphant: una atípica y profunda ghost story


 Terror / Suspense
Alejandro Serrano   26/10/2014
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     Los fantasmas son utilizados únicamente como terapia de choque, que saca lo mejor y lo peor de cada ser humano, y no como mera fábrica de escalofríos.
Portada de Una ciudad asediada, de Margaret OliphantHace más de dos años, el sello Fábulas de Albión de la editorial Nevsky publicó una novela que, sin hacer excesivo ruido, ha resultado ser una pieza indispensable del género de las ghost stories (“cuentos de fantasmas”), tan del gusto del lector de los períodos victoriano y eduardiano, y que hoy día, con variaciones de tono y estilo, sigue proporcionando buenos ratos a los amantes del escalofrío. “Una ciudad asediada” (disponible en FantasyTienda), de Margaret Oliphant (1828-1897) –con nueva traducción de Jon Bilbao, es un buen ejemplo de este género; publicada por primera vez en 1879, comparte muchos elementos en común con la literatura de este estilo y período, pero se diferencia de la mayoría en algo esencial: Oliphant no recurre al susto gratuito, al mero terror sanguinoliento, como objetivo e instrumento, sino que utiliza las sensaciones que transmiten sus apariciones, sus fantasmas, para trasladarnos emociones y reflexiones básicas. Sus personajes aprenden algo al convivir con los fantasmas, y los segundos se comunican con los vivos con una intención precisa, no con el simple objetivo de torturarles.

La misma Oliphant, nacida como Margaret Wilson en Wallyford (Escocia), no tuvo paz alguna durante su vida. La falta de higiene y de cuidados médicos en aquella época, provocaba que mucha gente muriese de enfermedades o fiebres que hoy curaríamos o paliaríamos de forma sencilla, y Margaret hubo de cuidar sucesivamente a su madre, hermano, esposo e hijos. Ella se convirtió pues, durante toda su vida, en el pilar único e inasequible al desaliento sobre el que descansó el bienestar físico y económico de su familia; y las letras fueron su única arma. Comenzó a escribir a los dieciséis años, durante las largas jornadas en las que debía cuidar a su madre, y a los veinte años publicó por primera vez; “Margaret Maitland” (1849) se convirtió en un best-seller, y ya no tuvo dudas sobre la que debía ser su carrera.

Margaret Oliphant perteneció siempre a lo que se denominaba en aquel entonces clase alta, aunque en muchas ocasiones su única fuente de ingresos –eso sí, generosa- fuera su genio como escritora. Pero su drama fue otro: la enfermedad o los avatares de la vida se cobraron las vidas de su madre, su esposo, sus hijos y varios de sus sobrinos. Pese a su posición acomodada, los dramas se sucedieron en la vida de Margaret, como en la de muchos otros en una sociedad que convivía a diario con una altísima mortalidad. Y esto dejó huella en su literatura.

Aunque su producción es fundamentalmente histórica y costumbrista, Oliphant destacó en las ghost stories por su estilo radicalmente distinto del habitual por aquel entonces. En esa época triunfaba un género que nunca se ha dado por vencido, la sensation novel, que asentaba las bases de su éxito en un uso excesivo del melodrama, del romanticismo pasional y las emociones eróticas y también en el terreno sobrenatural, con sobresaltos gratuitos que provocaban en sus lectores cortes de respiración recurrentes.

En la novela, los vivos y los muertos viven separados por un abismo sensorial, y lo mismo parece ocurrir en nuestro mundo entre ciudadanos.

Oliphant opuso a este género su propia interpretación de las ghost stories, y su ojo clínico para valorar los estados de ánimo de una psique atormentada. Su propio infierno personal ayudó, sin duda alguna, a que su literatura exhibiera un mayor foco en las emociones, en la reflexión espiritual y moral, y la alejase de la moralina fácil, o de la vacía pose social.

El mejor ejemplo de este modo de relacionarse con lo sobrenatural es, precisamente, “Una ciudad asediada”. Huyendo de los tópicos del género, nuestra escritora utiliza un enfoque realista –hasta cierto punto- en hechos, personajes y lugares, que logra hacer partícipe y cómplice al lector de aquello que narra, debido también a la utilización de los avatares de su vida personal en sus letras. La atmósfera general, más que la simple sucesión de sustos, es la gran arma de Oliphant, junto a su fino olfato costumbrista.

En esta novela, la autora plantea una grieta entre los mundos de lo visible y lo invisible, por la que se cuelan los muertos, que invaden una ciudad de la Alta Borgoña francesa, Semur, y expulsan a sus habitantes a la fuerza. Ninguno de los vivos conoce el motivo de la invasión o las intenciones de los agresores, y la narración corre a cargo, principalmente –ya que luego tendremos otras voces en primera persona-, del Maire (Alcalde) de Semur: Martin Dupin. Éste nos dibuja una ciudad en la que cada vez tienen más peso el dinero, el egoísmo y la vida disipada, en lugar de la solidaridad, las relaciones personales y la rectitud moral. Sin hacer drama de ello, M. le Maire nos describe Semur y a sus vecinos tras haber sobrevivido al episodio que se narra en la novela, como si esto tuviera alguna conexión con lo que ocurrió, pero sin confirmarlo. El mismo lector deberá juzgar…

La expulsión de los vivos de Semur da pie a todo tipo de elucubraciones sobre los motivos de los muertos, pero también a toda una suerte de reflexiones sobre el estilo de vida en el que se hallaba inmersa la ciudad, y las interrelaciones entre sus habitantes. Oliphant demuestra ser una maestra, no sólo de la atmósfera fantasmagórica que este tipo de historias exigen, sino también de la interpretación de la psique humana. Aunque nos transmite puntualmente sensaciones de horror primario, su intención –y a fe que lo consigue- es transmitir moral y reflexiones sobre lo cotidiano.

Pese a sus motivos, Margaret no cae en la moralina fácil, ni ética ni religiosa, sino que se mueve entre ambas aguas, con el único objetivo de ayudar al lector a pensar sobre cómo trata a diario a su familia, amigos y conocidos, en qué basa su vida… le llama a que se despoje de los gestos automáticos, sencillos y vacíos con los que en ocasiones pretendemos demostrar nuestra bondad, y a basar nuestras acciones y sentimientos en algo más auténtico; en sentir de veras ese lado positivo que pretendemos exhibir, y deshacernos de la pose, de lo artificioso. De lo que nos enseñan como costumbre para quedar bien.

Margaret Oliphant

Margaret no deja títere con cabeza; critica a la masa de ciudadanos, clero, poderes fácticos… todas aquellas estructuras comunales diseñadas para diluir y eludir la responsabilidad personal, y nos empuja a hacernos partícipes de nuestra propia moral, de diseñarla y adaptarla a diario. Los fantasmas son utilizados únicamente como terapia de choque, que saca lo mejor y lo peor de cada ser humano, y no como mera fábrica de escalofríos con los que hacer sentir al lector emociones vacías; intensas, pero vacías. No, Margaret desea ir más allá, directa a la raíz, y puedo garantizar que lo hace.

Su interpretación de las ghost stories es más social, profunda y sutil que las que se publicaban en su época, y quizá por eso ha resistido mucho mejor el paso del tiempo. Estamos ante una lectura en apariencia ligera, pero llena de matices y capas de emoción, que consigue una atmósfera única, teñida en parte por lo sobrenatural, pero también por la negrura de los pensamientos de los vivos. Margaret logra sus objetivos plenamente: al tiempo que sentimos el mismo pavor de los habitantes de Semur ante la intrusión fantasmal, logramos identificar muchos de los males sociales que aquejan a esta ciudad con los que podemos ver a diario en las nuestras, y a sus ciudadanos con los nuestros. El excesivo individualismo de Semur tiene sin duda un claro paralelismo con el que domina el presente, en casi todo el mundo. Y los muertos reaccionan antes que los vivos. Pese a estar ambientada en Francia, diría que la intención de Margaret fue mostrar las debilidades y males de la Revolución Industrial, que tanto configuró el paisaje físico y emocional del Reino Unido.

La incomunicación de los muertos con los vivos que caracteriza a la novela –y a la experiencia diaria, añado- es, en mi opinión, una clara parábola de la misma falta de conexión que existe entre aquellos que prefieren el individualismo y aquellos que optan por un enfoque más comunal, más social, en las organizaciones y relaciones humanas. En la novela, los vivos y los muertos viven separados por un abismo sensorial, y lo mismo parece ocurrir en nuestro mundo entre los colectivos que menciono. Sólo una terapia de choque parece capaz de poner a ambos en comunión… en la novela son los fantasmas, pero ¿Y en nuestro mundo? ¿Una falta de recursos generalizada, por ejemplo?

Oliphant, como aguda observadora de lo cotidiano, ya en su época tuvo el tino de anticipar este problema que hoy sufrimos de manera devastadora, y que marca el devenir de nuestro mundo. Por eso novelas como “Una ciudad asediada”, por mucho que se ambienten en otra época, son tan necesarias hoy día. Hemos de mirar más al otro, y que la mirada nos sea devuelta con la misma intensidad. Debemos comprender a quien tenemos enfrente, utilizar la empatía, y aunar esfuerzos en la lucha por una sociedad más justa. No hay fantasmas que nos expulsen de la ciudad y nos hagan reflexionar. O quizá sí, y están por venir…

Por si no había quedado claro hasta ahora, recomiendo encarecidamente su lectura, disfrutaréis.

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