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       Artículo de literatura

En el bosque, bajo los cerezos en flor, de Ango Sakaguchi: hombre, mujer y naturaleza


Fco. Martínez Hidalgo   08/05/2014
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     El terror en Sakaguchi esconde un sentido existencial que hace de esta obra un libro de emocionante lectura.
Portada de En el bosque, bajo los cerezos en flor, de Ango SakaguchiAunque la tentación sea grande, por favor, no leer antes de tiempo el epílogo de Jesús Palacios, “Perdido entre los cerezos en flor. Descubriendo a Ango Sakaguchi”. Por tres motivos. Primero, porque aunque por su redacción todo parezca indicar que el texto hubiera nacido más para ser Prólogo que Epílogo, los spoilers sobre los relatos contenidos en este volumen demuestran muy acertada la decisión editorial de dejar su lectura para el final. Segundo, precisamente por las claves interpretativas desarrolladas en él, su lectura final aporta una variedad de puntos de vista que enriquecen al lector paciente, mientras que pueden desvelar o imponer claves al lector más ansioso. Y tercero, porque el misterio que rodea a la figura de Ango Sakaguchi hace que la lectura sea más abierta y el placer, dada la calidad del texto, mucho mayor que si acudimos con algún tipo de idea preconcebida.

La curiosidad mató al gato. Advertido queda.

Sin embargo, comprendo la curiosidad que podría incitar a cualquier lector. No solo porque la literatura japonesa esté suscitando un creciente interés en España, sino porque si por algo destaca la ola japonesa es por su extraordinario manejo del ritmo en el género de fantástico y de terror; del que precisamente Ango Sakaguchi (1909-1955) es uno de sus principales referentes literarios.

Satori nos regala en su edición de ‘En el bosque, bajo los cerezos en flor’ (Satori, 2013, disponible en FantasyTienda) una extraordinaria muestra de la obra y el estilo de Sakaguchi. Y entre ella, por supuesto, la traducción de uno de los mejores relatos de lo extraño y lo terrorífico que jamás se haya escrito por aquellas tierras de Oriente; precisamente el que le da título al libro: “En el bosque, bajo los cerezos en flor”. Además, este tomo contiene otros dos relatos: “La princesa Yonaga y Mimio” y “El Gran Consejero Murasaki” –además del citado epílogo de Jesús Palacios. Una lectura gozosa gracias en parte, por supuesto, a la traducción de Susana Hayashi.

Para evitar nosotros también spoilers, evitaremos los aspectos más concretamente argumentales de los relatos, de forma que la lectura pueda descubrir por sí sola todos los misterios encerrados tras la escritura de Sakaguchi.

La sensación con que nos quedamos es que Sakaguchi usa el terror, al mismo tiempo, como reflexión y como advertencia, como juicio y como veredicto.

Porque el estilo de Sakaguchi guarda en su interior un extraño modernismo a la altura de pocos narradores en su época. A partir de elementos tradicionales, íntimamente conectados con lo popular y con la oralidad y con la literatura clásica, desarrolla temas universales con un estilo plenamente moderno. Por eso conviene no dejarnos despistar: tras su canónica apariencia formal, se esconde mucho más de lo que el ojo ve.

Lo que el ojo ve son las tradicionales relaciones entre hombre y mujer, con la mujer dotada de un rol negativo, vinculado a características como el sadismo o la malicia o la perfidia. Inversamente, el hombre resulta ser la víctima de sus maquinaciones o de su crueldad, sufriendo una transformación moral y, a veces, incluso física. De esta forma, se mantiene el esquema machista que legitima la posición dominante del hombre y sumisa de la mujer, invertido en su polaridad, esta vez, por la debilidad masculina o la malicia femenina; dispóngase el orden de los factores como se quiera. Sin embargo, lo terrorífico subyace a esta relación, se esconde en la motivación o en sus consecuencias, en para qué sirve a la fuerza dominante la imposición de su voluntad y su criterio, en qué se quiere y para qué se busca el conseguirlo.

Otro elemento formal de notable clasicismo es la ambientación rural, utilizando los montes o los pequeños pueblos como espacio para el desarrollo de la trama y, por supuesto, a la naturaleza como recurso estilístico, simbólico y metafórico. El comienzo de “En el bosque, bajo los cerezos en flor” es ya en sí mismo toda una muestra de intenciones sobre la centralidad de la naturaleza: “Cuando florecen los cerezos, la gente se siente alegre y feliz. (…) Pero todo es una gran farsa.” (p. 11). O también las últimas palabras de “El Gran Consejero Murasaki”: “cayendo en el río, se integró en la corriente y fluyó en ella.” (p. 130). Sin embargo, su uso va más allá de lo obvio, pues Sakaguchi pone un especial cuidado en reflejar la relación que se establece entre sus personajes principales y el entorno. No utiliza la naturaleza como un espejo donde reflejar emociones, sino que refleja las emociones de los personajes a partir de su relación con la naturaleza.

La conmoción de este ‘En el bosque, bajo los cerezos en flor’ (Satori, 2013) lleva por una doble vía. Por un lado, los elementos extraños y terroríficos emocionan y sobrecogen. A pesar de que los personajes masculinos poseen unas características iniciales a priori poco favorables para la empatía (un ladrón y asesino, un escultor ególatra, y un poderoso político), los relatos consiguen esa complicidad, llevándonos hasta la empatía, llegando a padecer en piel y estómago propios sus dolores. Quizás porque en estos días estamos poco acostumbrados a concebir como posible tanta crueldad.

Ango Sakaguchi

Pero Sakaguchi nos conmociona también con su tratamiento moderno de la soledad, motivo central del trígono que forman el hombre, la mujer y la naturaleza. La relación enfermiza entre ambos géneros no tendría sentido si el hombre (desprovisto de motivo perverso) no buscase llenar un vacío existencial que, en ausencia de mujer, la naturaleza parece cubrir de forma parcial. Sin embargo, en Sakaguchi, los intentos volitivos de no estar solo jamás son satisfechos, porque siempre existe un coste negativo, una consecuencia imprevista o no deseada, que se acaba manifestando con crueldad. Nada es lo que parece, pero precisamente por pensar que sí, la inocencia o la inconsciencia de los personajes apaga por pagar su precio.

La sensación con que nos quedamos es que Sakaguchi usa el terror, al mismo tiempo, como reflexión y como advertencia, como juicio y como veredicto: no se vaya por la vida con inocencia (o inconsciencia) si no se quieren enfrentar las terribles consecuencias de esta actitud. La soledad se nos aparece entonces como corolario, como consecuencia inevitable de vivir la vida con la prudencia necesaria, como antítesis a todo intento analgésico de cegar la vista a lo pérfido o malvado que puebla este mundo. Mantener los ojos abiertos nos hará menos felices, nos dejará más solos, pero también nos garantizará una vida más larga.

El terror en Sakaguchi esconde un sentido existencial que hace de ‘En el bosque, bajo los cerezos en flor’ (Satori, 2013) un libro de emocionante lectura.

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