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       Artículo de literatura

Libros para los niños que siempre seremos: Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos


Eidián   29/06/2012
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     No perdáis nunca la sonrisa. Eso jamás. Recordar las canciones que se dicen a media voz para calmar a los niños, esos que aún están en nosotros, esos que nos rodean.
Portada de Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos “Tu fuiste quien me enseñó la ternura de la vida”.

La existencia humana está llena de muchas cosas; algunas buenas, las pocas, algunas malas, la mayoría. Si tienes la suerte de nacer en un país de los que llaman “desarrollados”, en una familia que te desea y espera con amor… y una cantidad de dinero suficiente en el bolsillo, lo más probable es que tu infancia sea un lugar de recuerdos hermosos por los que apenas transitarán el hambre, el dolor o el miedo. Sin embargo, la mayor parte de los niños de este mundo nacen en lugares llenos de miseria, de suciedad y de desesperación y lo único que les espera es la rápida pérdida de su infancia en manos de un mundo que intenta destruirles por todos los medios. Para ellos la belleza o la felicidad son cuentos que alguien inventó solo para causarles daño. Y una de las más espantosas fábulas es hacerles creer en algo llamado ternura.

El diccionario de la RAE da una definición completamente insatisfactoria de la palabra “ternura”, calificándola como la cualidad de tierno y describiendo este último vocablo como “amable, cariñoso…”, pero el término “ternura” tiene un significado mucho más amplio y simboliza en realidad todo lo que el ser humano puede dar de si y puede comunicar a los demás. Toda la bondad que puede transmitir. Incluso muchas veces, la ternura es también esperanza, algo difícil de experimentar y aún más difícil de transmitir. Pocos son los que lo logran, pocos como José Mauro de Vasconcelos, autor de la impresionante y sencilla “Mi planta de naranja lima” (disponible en FantasyTienda) (“O meu Pé de laranja lima”, 1968, publicada por primera vez en España en 2011 por Libros del Asteroide, editorial creada en 2005 y con un catálogo magnífico), cuya forma literaria, exenta de todo recargamiento y preciosismo, transmite de forma contundente todo el dolor y la necesidad de afecto del pequeño Zezé, su protagonista.

Casi todas las críticas o reseñas que he leído sobre esta novela (algunas con errores de bulto que la sitúan en los años sesenta, por cierto) hablan de su adscripción a las novelas de aprendizaje (“bildungsroman” en alemán, que una también lee aunque odie estas palabrejas acomplejadas), hablan de si contiene elementos del “realismo mágico” latinoamericano, de si refleja la pobreza extrema del continente y del país del autor, Brasil, de si es una obra “para todos los públicos”, etecé, etecé.

Siempre he odiado los análisis de texto donde los profesores exigen que se desmenuce una obra hermosa y se reduzca a componentes básicos irreductibles, como si estuviésemos ante una ecuación matemática cualquiera. La literatura no es ciencia y carece de ingredientes primarios fundamentales a no ser que hablemos de las palabras, el papel y la tinta, pongamos hoy día procesador de textos informático. Lo demás es accesorio y aleatorio, sobre todo en una obra como esta que habla tanto al corazón como a las tripas de las personas. ¿Cómo calificar sino los sentimientos que nos producen las andanzas y desventuras del jovencísimo Zezé? Este Zezé es el propio José Mauro Vasconcelos que recrea su infancia en el barrio marginal de Bangú, en Río de Janeiro, inventando todo aquello que cree pertinente para el relato, dotándolo de una sencillez y calidez que hace que podamos sobrellevar los aspectos más terribles del mismo. Porque tiene gran cantidad de ellos, demasiados quizás para que podamos salir indemnes de su lectura.

La historia es, como su propio tratamiento, sencilla. Zezé, que tiene cinco años, cuenta en primera persona su día a día en el barrio donde vive, allá por el año 1925. Aunque no se nos da ninguna fecha en el texto la larga lista de actores del cine mudo que aparecen nos orientan con exactitud. Zezé nos presenta el barrio, las personas que le rodean, a sus padres, sus hermanos, a su profesora, la poco agraciada doña Cecilia Paim, al vendedor de tangos Ariovaldo, al “Portuga” y a su pequeño arbolito de naranja lima que el llama Minguinho y, más cariñosamente, Xururuca. Zezé es pobre, toda su familia se mueve en el umbral de la miseria de donde apenas logran escapar gracias al trabajo de su madre en una fábrica que el niño odia con tesón. Su padre está en paro y vive amargado, sintiendo sobre sí el trabajo de su mujer que realiza interminables jornadas para que su familia no muera de hambre. Si de verdad esta fuera una obra que incluyese magia en sus líneas, Zezé no percibiría la pobreza y la frustración que le rodea, escondido en su relación imaginaria con Minguinho al que quiere con locura. Pero no es así. Pese a que el niño hace del arbolito su nuevo compañero de juegos, y se convierte en el caballo desde el cual persigue a los malvados indios por las llanuras de Norteamérica, eso no es óbice para que no comprenda perfectamente todo el sufrimiento que le rodea.

Sería bueno llevar en la mochila un libro como éste que no busca reflejar la maravilla de la infancia, ni su fantasía, alegría, ni nada de esas cosas preciosas que los padres del primer mundo parecen dar por sentadas para sus hijos.

De hecho la novela se subtitula “Historia de un niño que un día descubrió el dolor…”. Y sin duda es así.

Pese a sus cinco años Zezé es inteligente, despierto, aprende el solo a leer, le encanta hacer trastadas, inocentes siempre, a sus vecinos; adora el cine de vaqueros (mudo, por supuesto) y cantar, y cantar. Tiene una sensibilidad tan desarrollada que hay pocos aspectos que puedan escapársele de las personas que le rodean. Por eso le hiere tanto que le digan que nació con el diablo en el cuerpo. Le hace pensar que no merece que le pasen cosas buenas pero lo asume y sigue adelante… todo lo que le dejan.

Los personajes son la gran baza de esta historia. Algunos parecen arquetipos de la miseria como la madre indígena del muchacho, que comenzó a trabajar con seis años, o el padre, cuya caída en la más terrible pobreza le hace sumergirse por momentos en la más absurda crueldad. No son malas personas; en realidad en el libro no aparece nadie al que se pueda calificar de malvado, pero las circunstancias hacen aflorar lo peor que existe en cada individuo, sea niño o adulto. Y allí, en medio de tanto drama, crece Zezé, en medio del inmenso amor de su hermana Gloria, de quince años, que intentará protegerle por todos los medios de ese mundo hostil; en medio del cariño y la protección que procura dar a su hermanito Luis, el inocente rey Luis; en medio de las hermosas canciones que aprende con el señor Ariovaldo que, a cambio de ayuda para vender las canciones, le da un bocadillo y las cuartillas estropeadas; en medio del afecto sin fisuras de Manuel Valadares, el Portuga, que le enseña lo que significa la ternura…

En la dedicatoria que aparece tras el título están casi todos y algunos más que se encallaron en el corazón del novelista para no salir de allí. Es tremenda la frase que dedica a sus dos hermanos, muertos ambos con apenas veinte años, y la otra que dedica a Dorival Lourenço da Silva, “Dodô, ¡ni la tristeza ni la nostalgia matan!...”.

Saber que estamos ante personas que fueron de carne y hueso como nosotros hace que las aventuras y tragedias de Zezé nos parezcan aún más grandes. La realidad pasada dota a sus relaciones con Minguinho de mayor poesía y de mayor dolor a todas sus pérdidas: las del amor, las de la amistad, las de la inocencia. En realidad, la historia de Zezé es una larga pérdida que no puede ser compensada por el descubrimiento de la ternura que le proporciona ese inesperado extraño que es el Portuga, con un coche despampanante desde el cual realizar gloriosos murciélagos por Río de Janeiro (si quieren averigüar lo que es hacer el murciélago tendrán que leer el libro. Lo siento mucho).

José Mauro de Vasconcelos Llega a ser tan feliz Zezé, a pesar de las tremendas palizas que le hacen desear no haber nacido, a pesar de las navidades sin regalos, de los castigos, de la incomprensión de los que le rodean… Y todo para volver al dolor y a las lágrimas. Porque este mundo no soporta la felicidad demasiado tiempo; siempre acaba arrebatándonosla. Es así. Zezé lo entiende también de esta manera y procura seguir con el bagaje que le han dejado aquellos que le han amado. En realidad no existe otra alternativa pero, en un mundo más amable, el no hubiese tenido seis años para aprender cuan cruel puede llegar a ser nuestra existencia.

¡Bildungsroman!, leches. Por algo suena a insulto gordo semejante palabreja…

Las andanzas y malandanzas de nuestro protagonista se nos vuelven así universales, pues nos hablan de forma directa de sensaciones que todos conocemos más allá de la omnipotente pobreza (del amor, del dolor, de la pérdida…) y los picos de ternura que aparecen, como esa manzana imaginaria en el pupitre de doña Cecilia Paim, son ese débil paraguas bajo el cual cobijarnos cuando arrecia la crueldad y el dolor.

Qué quieren que les diga, hacía mucho tiempo que un libro no me emocionaba de esta manera aunque, más que las palizas o la brutalidad, lo que me ha hecho llorar sin cesar es la bondad que destilan algunos momentos y algunos personajes, entre los que destaca el propio Zezé al que no te queda más remedio que querer. ¡Es tan difícil verle sufrir en las páginas sin que puedas hacer nada para evitarlo! Para que luego hablen de la crueldad infantil. No hay nada como ser adulto para ser cruel. Visto y comprobado.

Así, viendo el cobre que se gasta por el mundo, un individuo como José Mauro de Vasconcelos (1920-1984) destaca nítidamente, no solo como escritor, sino también como persona. Este hombre denunció desde sus páginas la condición de los pobres en su país, el tratamiento que se propiciaba a los indios o la miseria de los trabajadores de las inmensas haciendas brasileñas. Y eso que antes tuvo que escapar de Bangú (unos familiares se hicieron cargo de su educación) y estuvo años ejerciendo los oficios más variados, desde camarero hasta entrenador de boxeadores. Habiendo sido su obra traducida a más de 30 idiomas aún no entiendo como es la primera vez que llega a España. Ver para creer, que diría Santo Tomás. Estoy esperando con impaciencia que Libros del Asteroide publiquen otra de sus grandes obras, “Rosinha, mi canoa” (1962) donde destacan de nuevo la preocupación por los desfavorecidos y por la naturaleza que ya veíamos en la relación entre Zezé y Minguinho.

Un amor tan hermoso, tan inocente, tan condenado.

No es Minguinho el único árbol con nombre que aparece en el libro (el Portuga tiene a la Reina Carlota) pero es el único cuyas andanzas de verdad nos importan pues Minguinho vive y siente como un niño. ¿Qué todo está en la imaginación de Zezé? Es posible, pero el destino de Xururuca hará que nos conmovamos lo indecible, que suframos con su amigo humano y que no podamos soportar las lágrimas al final. Vasconcelos nos confirma lo poco que importa que un amigo tenga raíces o patas en vez de piernas. Es nuestro corazón lo que le da su verdadera importancia y de ahí, una vez que se entra, no se sale aunque se tengan hojas o pelos por todo el cuerpo. Vasconcelos lo sabía, lo malo es que hay muchos que parece que nunca lo aprendieron, ya se hable de plantas o de hombres.

Habrá que aguantarse y, como el protagonista de de esta novela, aceptar la vida y echar millas. Pero sería bueno llevar en la mochila un libro como éste que no busca reflejar la maravilla de la infancia, ni su fantasía, alegría, ni nada de esas cosas preciosas que los padres del primer mundo parecen dar por sentadas para sus hijos. En un momento de crisis como el que vivimos nos vendría bien reflexionar sobre tales conceptos. La novela de Vasconcelos nos revela su falacia avalada por la atemporalidad de su temática, que bien podría seguir ocurriendo en las calles del Río de Janeiro actual o en las de cualquier ciudad americana, africana, asiática o europea. Incluso europea. Sí, mejor sentir el peso de este pequeño compañero de viaje para cuando vengan esas de “las mal dadas de verdad” y aprender a soportarlo y tirar adelante, sin resignación pero sin dramas, que la mayoría de nosotros tuvimos una buena infancia para recordar. Nunca olvidemos que cuando se habla de crueldad o pobreza no se nos habla de cosas lejanas sino de cosas que están a la vuelta de la esquina, acechando. Mejor descubrirlas de la mano de un hombre sincero como el brasileño, que nos las muestra con humor a veces, con ternura cuando puede y con la brutal realidad cuando debe.

Y no perdáis nunca la sonrisa. Eso jamás. Recordar las canciones que se dicen a media voz para calmar a los niños, esos que aún están en nosotros, esos que nos rodean. Susurrarlas para alejar el dolor, el miedo, la duda…

Os dejo una versión de “casinha pequenina” (podéis oirla aquí), la canción popular que Zezé canta a su hermanito Luis, por la cantante lírica Bidu Sayao, de 1933, para que durmáis bien esta noche, para que os consuele o para que os llene de lágrimas. O todo a la vez.



A Casinha Pequenina


Tu não te lembras da casinha pequenina
onde o nosso amor nasceu?
Tinha um coqueiro do lado
que, coitado, de saudade, já morreu.

Tu não te lembras das juras e perjuras
que fizeste com fervor?
Do teu beijo demorado, prolongado
que selou o nosso amor?

Tu não te lembras do olhar que, a meu pesar,
dou-te o adeus da despedida?
Eu ficava, tu partias, tu sorrias
e eu chorei por toda a vida.

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